Las mil y una historias

A los tres años adquirió la adicción incurable por las narraciones. En su casa a unas las llamaban «cuentos» y formaban parte del repertorio

A los tres años adquirió la adicción incurable por las narraciones. En su casa a unas las llamaban «cuentos» y formaban parte del repertorio tradicional.

Las otras eran «sucedidos», historias que en teoría fueron hechos reales transfigurados por la magia del relato. Ambas estaban enmarcadas por una guerra lejana que, sin embargo, lo invadía todo mediante la radio, los noticieros cinematográficos, los periódicos y las revistas que leían sus padres y sus abuelos.

Por un momento se creyó que estaba a punto de acabar su impunidad de espectador. El avance japonés en el Pacífico resultaba incontenible. Se preparaba la invasión de México como punto de apoyo para atacar a Estados Unidos. Había oscurecimientos y ejercicios militares en las calles.

La batalla de Midway lo cambió todo. Se alejó el peligro de los bombardeos aéreos y el desembarco en Baja California. Él pudo volver al amparo de las ficciones y a partir de entonces enterarse de que era muy afortunado: estaba en posibilidad de llegar a la vejez sin conocer los desastres de la guerra, un privilegio que muy pocos seres humanos han tenido.

Hoy, cuando se vuelve a mirar hacia el abismo de la infancia, lo rodean la matanza incesante, las torturas, los secuestros, los cadáveres que penden de los puentes y, en los últimos tiempos, los coches bomba. Todo se disuelve en un horror que crece día tras día y, no obstante, quedan las ficciones que desde Scherezada son un medio de aplazar la sentencia de muerte.

Antes de enseñarle a leer su abuela fue la transmisora de ese mar de historias que llegaba de la antigüedad para fluir hasta el impredecible futuro. Gracias a ella conoció lo que después sabría eran partes de Las mil y una noches. Le fascinaron sobre todo la historia de Aladino y las aventuras de Simbad. Allí encontraba otro mundo en el que jamás pondría el pie y sin embargo le parecía tan real y tan vivido como su paso cotidiano por una Ciudad de México que ya no existe y ahora es tan espectral como los lugares de la fantasía.

Qué pobreza la de su vida sin la compañía de los cuentos y las novelas. Gracias a esas páginas ha podido habitar en Troya y en las islas de Odiseo y de Robinson, conocer la España de Cervantes y Galdós, la Francia de Balzac, Dumas y Victor Hugo, la provincia de Flaubert y Maupassant, los orbes submarinos y espaciales de Verne, las aventuras en el Tercer Mundo de Salgari, la Rusia de Pushkin, Gógol, Dostoievski y Tolstói, el día de Joyce y la noche de Proust. En el último año, cuando ya no lo esperaba, ha vuelto a hundirse durante muchos días en las novelas de Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes y Mario Vargas Llosa.

Él nunca hace enumeraciones. En la primera que le solicitaron acerca de las personas que determinaron su vocación literaria omitió a su abuela, Emilia Abréu de Berny, a la que debe todo. No podía esperar de ella ni recompensas ni represalias. Por eso le duele tanto esa íntima ingratitud. Hoy intenta repararla.

De las mil y una historias habrá leído, en una existencia consagrada a la lectura, menos de doscientas. Y le duele darse cuenta de que morirá sin leer lo que hacen los nuevos escritores y no tendrá oportunidad de regresar a aquellos libros que iluminaron su paso por la Tierra. Uno se va, el cuento de la tribu humana sigue y seguirá hasta el fin de los tiempos.

Tomado de Babelia

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