Las palabrotas

En las disquisiciones que se hacen en estos días acerca de las palabras obscenas, me parece que se olvida una cosa: la tradición de

En las disquisiciones que se hacen en estos días acerca de las palabras obscenas, me parece que se olvida una cosa: la tradición de desprecio por el sexo que arrastran las expresiones populares, en razón del cual la denominación de los órganos genitales es utilizada como insulto y las metáforas más usuales tienden a envilecer el acto de acoplamiento (comparándolo hasta con el uso de la escoba. Y aquí cabe preguntarse si no será precisamente esa sexofobia contenida en algunas expresiones lo que determina su éxito). Es indudable que el lenguaje popular de la obscenidad, de la agresividad obscena, tiene un sentido claramente conservador de alejamiento, de desvaloración, de afirmación de superioridad sobre un mundo inferior. Prueba de ello es que hablar de manera soez nunca ha liberado a nadie; y tampoco se puede decir que en nuestras regiones, donde los dialectos están más cargados de interjecciones y locuciones obscenas, se encuentren costumbres más francas y faltas de prejuicios que en otras partes. Diría incluso que frecuentemente es verdad lo contrario.

El uso popular es un modelo al que hay que recurrir por lo que tiene de reserva de creatividad, de imaginación, y no por lo que tiene de repertorio de términos empobrecidos. La gran civilización de la injuria, de la agresión verbal, ha quedado reducida en la actualidad a repetición de estereotipos mediocres. Un lingüista ha observado muy justamente que decir hoy «no inteligente» es mucho más ofensivo que decir stronzo. Tampoco la ilustre tradición de las metáforas estercolarias parece dar muchas alas a la fantasía.

Por lo que se refiere a la cultura de los mass-media, censores y censurados no me suelen parecer enemigos en frentes opuestos, sino corrientes complementarias del mismo partido, de la misma estrechez de horizontes. Detrás de una aparente falta de prejuicios puede esconderse la más retrógrada de las mentalidades.

Dicho esto como premisa, añadiré que una vez que se es bien consciente de los aspectos conservadores o regresivos de la utilización de palabras obscenas, puede apreciarse mejor su insustituible valor, que yo clasificaría en tres categorías, a tener en cuenta para su adecuado uso.

Primera: la fuerza expresiva, en virtud de la cual la locución obscena sirve, como una nota musical, para crear un determinado efecto en la partitura del razonamiento hablado o escrito. Ello implica una orquestación especial que lo subordine todo a ese efecto, pues, en caso contrario, la fuerza expresiva se debilita, se deteriora, se desperdicia. Está claro que esta estrategia lingüística no puede andarse preocupando de si la palabra utilizada es regresiva, falocéntrica, misógina o cualquier otra cosa; al contrario, su expresividad depende a menudo de las connotaciones más negativas. De lo que hay que preocuparse es de que la palabra no pierda su fuerza, de que sea utilizada en el momento justo: si su uso se hace corriente y anodino, ya no sonará con ese relieve cromático en que reside su valor. Ello significaría una pérdida en nuestra gama expresiva. Las palabras obscenas están más expuestas que las otras al abuso expresivo y semántico, y en este sentido creo que hay que ocuparse de «defenderlas»: defenderlas de la utilización perezosa, desganada, indiferente. Ello, naturalmente sin meterlas en una campana de cristal o en un Parque Nacional, como preciosas cabras monteses verbales. Es necesario que vivan y circulen en un hábitat adecuado.

Nuestra lengua tiene términos de una expresividad inigualable: el mismo término cazzo se merece todo el éxito que, desde Italia central, le ha permitido imponerse a los sinónimos de los otros dialectos. Incluso en otras lenguas europeas, me parece que los términos equivalentes resultan mucho más pálidos. Hay, por tanto, que respetarlo, haciendo de él un uso apropiado y no automático, porque de lo contrario es un bien que se deteriora y habría que hacer intervenir a Italia nostra.

Segunda: el valor designador directo, es decir, el uso de la palabra más sencilla para designar un órgano o un acto cuando de verdad se pretende hablar de ese órgano y de ese acto, prescindiendo lo más posible tanto de los eufemismos como del uso metafórico. Existe una actitud, digamos, de «laicización» de las palabras obscenas, en el sentido de emplearlas ni más ni menos que como se usa cualquier sustantivo de cosa concreta o verbo de acción, disolviendo su aureola sacramental: actitud moralmente compartible, siempre y cuando no se olvide que la elección entre una locución u otra para decir la misma cosa está siempre preñada por la cultura y acaba por transmitir significados distintos. La transparencia semántica de una palabra es inversamente proporcional a su connotación expresiva. Diría que la elección debe tener en cuenta el contexto, con el fin de obtener el máximo de significado, el cual se puede alcanzar, según los casos, mediante el uso del eufemismo, del término científico o del término popular.

Tercera: el valor de situación del razonamiento en el mapa social. El uso de palabras obscenas en un discurso público (político, por ejemplo) pretende indicar que no se acepta la división entre lenguaje privado y lenguaje público, ni una jerarquía social de lenguajes, etc. Por más que comprenda e incluso comparta estas intenciones, parece que el resultado suele ser la adecuación al desbarajuste general y no la profundización y el descubrimiento de la verdad. Creo poco en la virtud de «hablar francamente» porque suele significar entregarse a las costumbres más fáciles, a la pereza mental, a la debilidad de las expresiones banales. Sólo en la palabra que indica un esfuerzo por volver a pensar en las cosas, desconfiando de las expresiones comunes, puede reconocerse el arranque de un proceso liberador.

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