Lectura semiótica del cuento “Cementerio de cucarachas” de Laura Fuentes Belgrave

Al estudiar los textos de la cultura, según Iuri Lotman (2003), se llega a la conclusión de que el texto no es un mero recipiente pasivo, contenedor de un significado, sino más bien un “generador de significados”. Desde esta perspectiva, dice Lotman, el texto (de la cultura) es el que precede más bien al lenguaje. […]

Al estudiar los textos de la cultura, según Iuri Lotman (2003), se llega a la conclusión de que el texto no es un mero recipiente pasivo, contenedor de un significado, sino más bien un “generador de significados”. Desde esta perspectiva, dice Lotman, el texto (de la cultura) es el que precede más bien al lenguaje. En este ensayo se pretende hacer una lectura semiótica del cuento “Cementerio de cucarachas”, (Fuentes, 2006, p. 17-18) del cuentario homónimo de la escritora costarricense.

El texto se divide en dos partes. En la primera, la voz narrativa dice que el patio de su casa es de cemento resquebrajado (Fuentes, 2006, p. 17), en cuyos huecos “de profundidad ignorada” se arrojan las cucarachas una vez que son golpeadas a escobazos porque –el narrador cuenta– “… nos resistimos a darles el zapatazo destripador de estelas blancas”.

En la segunda parte, se relata que “el presidente de mi patio es un psiquiatra” (p. 17); en este punto, se narra mediante un “nosotros” inclusivo que la figura del presidente-psiquiatra es necesaria, ya que “… precisamos de alguien que escuche padecimientos mentales… alguien que nos recete fármacos para evadir la situación nacional”.
Más adelante (p. 18), se cuenta que “la figura más popular de su patio fue la de un padrecito, que lanzaba cucarachas de +amorodio contra prostitutas y homosexuales”. Comenta de este personaje que fue convertido en un “semidiós” al cual – nuevamente la primera persona plural inclusiva – “nos resistimos a darle el zapatazo destripador de estelas blancas”. Finalmente, el narrador habla de que su tío fue asesinado, cortado en pedazos, quemado y arrojado en alguno de los huecos del “cementerio de cucarachas”. Su asesina –inquilina del tío–, según la voz narrativa, “… no quiso pagar el alquiler que le debía e hizo acopio de sus dotes de Freddy Kruegger”.

El texto cierra con una oración que pone en relación la parte I con la parte II: “… y sin embargo, siempre nos hemos preguntado qué sucede dentro” (Fuentes, 2006, p. 18). El narrador aduce que el “nosotros” –que lo incluye en una colectividad– siente “amorodio” (mezcla de ambas palabras ‘amor’ y ‘odio’) por las cucarachas, por lo que no se les mata de una vez, sino que se les deja medio moribundas. La especie de “rito” de arrojar los desagradables insectos a medio morir en el hueco es entrelazada por la voz narrativa –en la parte II– con ciertos personajes que están en el imaginario colectivo, con el contexto que “retrata”.

El “presidente-psiquiatra” tiene una relación con la figura de Abel Pacheco de la Espirela; la valoración de la voz narrativa respecto de este personaje hace pensar en que hay una necesidad por “evadir” lo que sucede en la realidad nacional. Este aspecto se ve referido en “el fármaco” que menciona el narrador: “alguien que nos recete fármacos para evadir la situación nacional, cuya oscuridad nos alienta a imaginar una especie de limbo y nos hace vivir en mundos perversos” (p. 17).

La relación que establece la voz narrativa entre las cucarachas del patio y el padrecito, tiene su representación en “la realidad”, en el “Padre Minor”, su emisora de radio –Radio María–, las noticias sobre su enriquecimiento y su implicación en el caso del asesinato de Parmenio Medina. Se evidencia la relación con las cucarachas por el “amorodio” que afirma el narrador que el “nosotros” inclusivo, desde el cual enuncia, no ha querido darle muerte a esta “cucaracha” de su patio.

Puede verse en este texto de Laura Fuentes una relación de significado entre el lugar de enterrar muertos-humanos y el de los insectos que el narrador construye: lo desagradable de matar a las cucarachas y dejarlas “medio tontas” para, luego, echarlas en el “hueco-cementerio” tiene la misma carga de lo desagradable en ciertos personajes y figuras públicas incómodos –el presidente psiquiatra, el padrecito– que el colectivo (nosotros) no se decide a “matar”.

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