Mano a mano con Juan Gelman

Radicado en Ciudad de México, Juan Gelman resiste con el periodismo y la poesía. Acaba de publicar Miradas (Seix Barral, 2005), una recopilación de

Radicado en Ciudad de México, Juan Gelman resiste con el periodismo y la poesía. Acaba de publicar Miradas (Seix Barral, 2005), una recopilación de artículos sobre poetas, escritores y artistas, unidos precisamente por una «mirada» original e iluminadora, resuelta, la mayoría de las veces, a aclarar persistentes equívocos.

¿Cuál es el mayor equívoco que existe respecto de usted?

Que escribo exclusivamente poemas políticos que ni llegan a poemas, se quedan en panfletos.

¿Qué originó este equívoco, su juventud militante o su imagen luchadora durante y después de la dictadura de su país?

Pienso que el origen radica sobre todo en el contexto político y social que vivió América Latina en los años 60, cuando siguiendo a Cuba proliferaron los movimientos guerrilleros y los malos poetas con buenos sentimientos. Los que criticaban – con razón- a estos últimos metían a todos los que militábamos y/o escribíamos a veces poemas políticos en el mismo saco, y no siempre lo hacían por razones poéticas; rascando un poco, asomaban sus razones políticas. Algo de eso persiste en el ambiente todavía.

 

 

¿Basta leer sus poemas para combatir este error?

Espero que sí.

A usted no le gusta el término «comprometida», ¿qué apellido le conviene a su poesía?

La poesía es una señora sin apellido.

¿Señora?, ¿entonces está casada?, ¿con qué o con quién?

La poesía siempre está casada con alguien, supo René Char.

Después del horror que le tocó vivir en Argentina y que sigue denunciando, por ejemplo, en artículos sobre Afganistán e Irak, ¿no ha llegado a pensar, con Adorno, que ya no es tiempo para la poesía?

Nunca. Creo que Adorno omitió un concepto cuando dijo que después de Auschwitz ya no se puede escribir poesía. Debió haber agregado «como antes de Auschwitz». La humanidad ha padecido a lo largo de los siglos toda clase de desastres naturales y otros provocados por el hombre y, sin embargo, la poesía nunca cesó. Ni cesará hasta el fin del mundo.

¿Qué es lo que la mantiene viva?

La realidad que obsesiona a los poetas.

¿Y cómo es esa realidad?

Depende de cada quien. Para mí es la niñez, el otoño, el amor, la muerte, la pérdida, la injusticia social, la deshumanización acelerada de nuestra civilización, el deseo de una vida fraternal y mejor para todos, los límites de la lengua, la poesía.

¿Por qué se ocupa de tantos creadores judíos en «Miradas»?, ¿buscaba entender sus propios orígenes?

De los más de cien poetas, escritores y artistas considerados o mencionados en este libro, unos son judíos, como Heinrich Heine, otros, negros como James Baldwin, o izquierdistas como Gillo Pontecorvo, o fascistas como Robert Brasillac, o estadounidenses como Charles Ives, o italianos como Alberto Giacometti, o muy altos como Gustave Flaubert, o de corta estatura como George Sand. No los elegí ni por su religión, nacionalidad, talla, color de piel o ideología y menos para entender mis orígenes. En todos ellos me interesan, ante todo, su mirada sobre la propia creación y, luego, cómo se instalaron, o fueron instalados, en la relación obra de arte/sociedad.

Pero sí debe haber en usted preocupación por los orígenes, tratándose del «único argentino» en una familia de inmigrantes.

Me crié en una zona de Villa Crespo, barrio de Buenos Aires, llena de inmigrantes. Los chicos éramos argentinos y los padres, rusos, polacos, árabes, siriolibaneses, turcos, italianos. Viví mi ser argentino con naturalidad durante mis estudios y luego cuando empecé a trabajar. Ser hijo de inmigrantes me marcó de otra manera: en casa se hablaba ruso, idish, ucraniano y castellano, había oleajes de una vida en Europa del Este, el ghetto, los pogroms, la opresión zarista y, también, la maravilla de los versos de Pushkin que mi hermano mayor, Boris, me recitaba en ruso cuando yo tenía 4 o 5 años. No le entendía una sola palabra, pero el ritmo y la música de esos versos me llevaban a otro lugar, a lo que me parecía el corazón del misterio. Creo que alentaron mi anhelo y mi sueño de entrar en él. Le pedía a mi hermano que me los recitara una y otra vez y todavía guardo en la memoria algunos de esos versos.

«¿Por eso escribo versos?/ ¿para volver al vientre donde toda palabra va a nacer?» se pregunta en «Carta a mi madre». ¿Hombre y poeta surgen de este primer exilio?

Así es para mí. Luego viene la palabra que toca al recién nacido en su cuna y abre una herida que no cerrará nunca.

¿Por qué llevó a su máxima expresión en este caso el uso de preguntas?

Escribí ese poema cuando estaba en el exilio. Creo que preguntaba de muchos modos a mi madre por qué se había muerto conmigo lejos.

¿Cuánto han influido en usted los otros exilios?

Mucho, y bien usa usted en plural esa palabra. Como tantos, me he sentido exiliado de una vida mejor para todos, libre, fraternal, humana, sin exclusión de nadie. Luego, como tantos, padecí el exilio de la tierra donde conocí esa otra patria que es la infancia. Viví entonces en países donde no se hablaba el castellano y es ése otro exilio brutal. En Roma tuve que pelearme con la liquidez y suavidad del italiano que allí se habla: contradecían mis sentimientos de furia, impotencia y dolor por la pérdida del país, de familiares, amigos y compañeros que la dictadura militar argentina «desaparecía». Cada una de esas pérdidas fue, es, un pedazo de exilio interior.

Le tomo prestada una pregunta: «¿qué olvido es paz?»

Todo olvido es paz. Para que sea, a veces hay que atravesar un duelo, a veces hay que esperar que haya justicia.

Elytis y Borges son mencionados en «Miradas» como dos casos de autocrítica severa, ¿ha tenido la tentación de corregir algunos poemas tempranos?

La tuve, sí, pero siento que corregir esos poemas publicados sería una deslealtad con el momento de su creación. Trato de corregir antes de publicar.

Y respecto de su vida, ¿»corregiría» algunas de sus acciones si fuera posible?

Todo ser humano se equivoca y más que corregir errores del pasado, que está ahí, irreversible, hay que hacerse responsable de ellos. Me refiero, claro, a los que ya no se pueden corregir.

¿Es tiempo de imaginar otro socialismo, después de que el real se ha derrumbado?

Creo que sí, como creo que, en vez de ser posmodernos, hay que inventar otra modernidad.

¿Cree que los cambios políticos han tenido que ver con la renovación de su poesía?

Habrán influido, como toda realidad, pero creo que lo que usted llama renovación de mi poesía es el resultado de un desarrollo interior abonado por las experiencias de vida, la reflexión, la lectura, las visitas al pasado, la atención al presente y el repensamiento del futuro. Y la edad, claro. Es un proceso que escapa a cualquier voluntarismo.

¿Qué valor tiene para usted la ternura, esa «dulce creencia» que suele aparecer en sus poemas?

Tal vez, más que un valor, sea una manera de sentir la belleza todavía de este mundo.

¿Sigue considerando que «a este oficio me obligan los dolores ajenos/ trabajar con las palabras, con la sangre» («Arte poética»)?

Sin duda, aunque no fueron, ni son, las únicas motivaciones que me sientan a escribir. El verso completo dice todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

¿Y qué lo «obliga» al periodismo, que ha ejercido por tantos años?

Podría contestar «hay que comer, ¿verdad?», pero ésa sería una respuesta incompleta. Se puede comer ejerciendo otros oficios. El periodismo me apasiona, me hace pensar, me hace ver escondrijos de la realidad, lo que el Poder oculta. Cuando fui cronista me enriquecieron la vida gentes que no hubiera conocido de otro modo. Y me gusta mucho investigar y entrevistar.

¿Cómo ha cambiado el amor en su poesía desde esos primeros versos escritos a los nueve años hasta «País que fue será»?

Los años van mostrando más rostros del amor.

¿Qué significó como joven poeta haber sido «apadrinado» por Raúl González Tuñón?

Significó un espaldarazo que me alejó un poco de mis timideces. Con él comparto y de él recibí una buena dosis de amor a Buenos Aires, los encuentros con algún fulgor perdido en sus rincones más oscuros.

¿Qué otros poetas latinoamericanos estimularon su vocación, como influencia o por rechazo?

Como rechazo, ninguno. Rubén Darío, Ramón López Velarde, César Vallejo, Pablo Neruda, Drummond de Andrade, Idea Vilariño, Gonzalo Rojas, Raúl González Tuñón, Vicente Huidobro, Olga Orozco, Oliverio Girondo, Nicanor Parra, Juan Peláez, José Coronel Urtecho, Enrique Molina, Emilio Westphalen y otros de una larga lista me estimularon y estimulan todavía. La poesía latinoamericana ha gozado y sigue gozando de muy buena salud.

«Un día de mayo moriré», escribe en «País que fue será». ¿Un saludo a César Vallejo?

Es un homenaje a César Vallejo, como otro verso de ese libro es un homenaje al gran novelista argentino Juan José Saer, recientemente fallecido en París.

Parece que ha llegado el momento en que «condecorarán al poeta/ por usar palabras como fuego». ¿Qué siente hoy ante todos estos reconocimientos?

A la alegría y la emoción primeras siguen las dudas sobre uno mismo, la insatisfacción con lo escrito y finalmente la pregunta de para qué sirven los premios de poesía cuando uno insiste en atraparla en soledad y en la intemperie. Pero alientan a los poetas a insistir y confirman que la poesía es necesaria.

Entre tantos premios, su nombre también «suena» para el Nóbel, ¿cree que se le haría justicia a la literatura argentina?

Me encanta el enunciado de su pregunta, su doble sentido posible y, en mi caso, más que probable. Mi respuesta acude al sentido argentino más popular de esa palabra: quiere decir fracasar, no alcanzar lo deseado y hasta hay una expresión corriente, «Sonaste, Maneco», que equivale a «perdiste».

«Tengo sed de esta ciudad» escribe en «Ciudad de México» y más adelante: «calles que hacen y deshacen/ el tiempo que nos resta». ¿Se quedará allá?

En México me quedo y quedaré.

¿Qué le ha dado ese país como para decirlo con tanta convicción?

Me ha dado un gran amor.

Y «lo argentino», ¿no lo echa de menos, o lo lleva con usted?

Lo llevo conmigo, claro, y por eso mismo puedo quedarme en México. Y luego, permítame decirle que somos muchísimos los millones de latinoamericanos que compartimos los mismos dolores, sueños y esperanzas. Eso crea una patria más grande que la propia. Finalmente, como dijo algún francés, aquí abajo la patria más importante es la vida.

Para usted, el dolor se parece a su país, ¿cómo lo ve hoy?

Saliendo de ese dolor, pero con muchas laceraciones y heridas abiertas todavía, fruto de una herencia devastadora.

¿De quién está más cerca «el otro» que aparece en sus poemas, de Borges o de Rimbaud?

Más bien está cerca de mí. El otro es yo.

¿Cómo es ese otro Juan?

Es argentino, se llama Juan Gelman, vive en México y escribe poesía.

«La desmemoria saca monstruos al sol», ¿por la memoria o por la verdad seremos salvados?

No hay verdad sin memoria. Para los griegos de Pericles, el antónimo de olvido era verdad.

¿Después de la rabia, cómo asume hoy la muerte violenta de tantos seres queridos, empezando por su hijo y su nuera?

Son dolores para siempre, pero el tiempo atenúa la dificultad de vivir con ellos. A veces, por una razón cualquiera, irrumpen con la densidad de antes, con el mismo furor.

¿Fue sanador el encuentro con su nieta, hace dos años?

Lo fue, sí, cumplí el legado de mi hijo de encontrar al suyo. También fue sanador dar sepultura a los restos de mi hijo, secuestrado, torturado y asesinado por la dictadura militar argentina en 1976. Pasaron 13 años antes de recuperarlo y destinarle un lugar de recuerdo y homenaje, de devolverlo a su historia y a la historia y la cultura de nuestra civilización. Ahora procuro lo mismo con los restos de mi nuera, María Claudia García Irureta Goyena de Gelman, secuestrada a los 19 años de edad cuando estaba encinta de siete meses, trasladada clandestinamente al Uruguay, donde los represores esperaron que diera a luz antes de asesinarla para quitarle la hija y entregársela a un funcionario policial de la inteligencia uruguaya que consumó el robo anotándola como propia.

¿Se preguntó alguna vez, como W. H. Auden, «si el acto más radical de la poesía no consiste acaso en preferir la acción a la escritura»?

El poeta es un ciudadano como cualquier otro y ninguno de sus actos en el plano cívico ciega las obsesiones que lo obligan a escribir. Pueden segar su vida, como la de Francisco Urondo, un gran poeta que cayó combatiendo contra la dictadura militar argentina y dejó un libro inédito escrito en los momentos más duros de esa resistencia. La acción no sustituye a la poesía. Y viceversa. ¿No tienen los chilenos a Pablo Neruda?

 

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