Paciencia piojo que la noche es larga

Larga noche hacia mi madre
Carlos Cortés
Novela
Alfaguara
2013 Un padre asesinado de seis balazos, una madre loca y en descomposición, una familia josefina desclasada y atávica

Larga noche hacia mi madre

Carlos Cortés

Novela

Alfaguara

2013

Encontrar un camino allí donde él no lo encontró. Esto es lo que dice Gilles Deleuze acerca de Kafka, quien nunca lo pudo hacer y justo por ello, repitió y repitió, con obsesivas repercusiones, su carta al padre.  No todos los padres son iguales, pero en literatura, su búsqueda es uno de los temas recurrentes, uno de los grandes temas, uno de los arquetipos: el padre que otorga un nombre, que da un lenguaje, un país, un reino, el padre que prohíbe y que posibilita la transgresión de los mandatos, el padre que le permite al hijo ver el mundo, ver a las otras mujeres y dejar a la madre atrás. El resto es caos.

Un padre asesinado de seis balazos, una madre loca y en descomposición, una familia josefina desclasada y atávica y un niño huérfano que la vida lo llevó a ser un adulto que escribe atormentado, con dificultad, encerrado en un galerón, un informe obsesivo en el que nos habla de todos menos de sí mismo. Esto es lo que encontramos en Larga noche hacia mi madre, la más reciente novela del escritor costarricense Carlos Cortés, publicada por la editorial Alfaguara y merecedora en Guatemala,  en el año 2013, del premio centroamericano Mario Monteforte Toledo.

En esta novela el narrador emprende una búsqueda circular y repetitiva de los fantasmas que lo atormentan; confía, tal vez con ingenuidad, que escribiéndolos o contándoselos al lector implícito en su informe, algún día los llegará a matar, a sanar, a curar. El narrador sufre y goza con su escritura mientras se refiere a las crisis psicóticas de su madre encerrada en una habitación de pesadillas en una casa ubicada en las cercanías de la Sabana, o recluida en el asilo Chapuí de San José de Costa Rica. La misma madre que contra todo y contra todos luchó por dejarse al menos un hijo del hombre a quien amó y padeció, que es el mismo que tantas veces la traicionó y que tantas veces la enamoró. El tema del traidor y del héroe, título de Jorge Luis Borges que no por casualidad le sirve al narrador para referirse a su padre.

Hablar de sí mismo no es hablar del padre o de la madre, pero el narrador, que es el personaje central en esta obra, no lo sabe y por ello no encuentra la salida al laberinto que la vida le puso como familia; por ello no se libera de su angustia, de su soledad, de su culpabilidad, de su desamparo, de su odio; por eso la escritura no lo redime, porque él vuelve una y otra vez al padre asesinado a balazos del que tiene que inventarse recuerdos a partir de los objetos dejados tras su muerte, recuerdos a los que se aferra el hijo para que lo protejan de la madre extraviada, de la madre delirante, de la madre a la que se le descompone el cuerpo mientras lentamente va perdiendo la mente, de la madre que dio todas sus fuerzas para que él naciera.

“Mientras escribo esto, en un intento por contar lo que ocurrió, me alejo de las referencias inmediatas. El cuarto en que escribo, la mañana luminosa, el trabajo, esta instantánea de vida cotidiana adquiere una distancia insípida. La realidad es la obsesión de recordar lo que ignoro, que no forma parte de mi experiencia y es el núcleo esencial de mi memoria: la muerte de Q. Mi vida es el intento por entender una irrealidad que, sin embargo, me vuelve real.”

Novela psicológica, novela de un solo personaje con muchos otros que residen en desorden en su cabeza y que salen al mundo de la comunicación y los lazos sociales mediante la escritura, mediante una escritura honesta e inútil, firme, directa, amiga de lo descompuesto, que de alguna forma implica la confianza ciega de su autor en que ella lo salvará de las ruinas circulares de su vida, para citar de nuevo a Borges, aunque todavía ese momento esté lejos de llegar o para él no llegue nunca.

“¿Alguien podrá entender que pierda mi vida emborronando papeles para dibujar día tras día el mismo dibujo de un recuerdo vacío? Vacío, sin esperanza alguna, porque la remota ilusión de que vuelva se desvaneció y ahora queda la forma de un fantasma naufragando en mi corazón. Me encierro todos los días en este lugar e intento hablar con una lengua muda, enmudecida, balbuceante, mutilada de raíz. El galerón es el mejor lugar. Sucio y precario. Revistas viejas, calendarios, muñecas rotas, juguetes desechados, diplomas amarillentos, trofeos descabezados, placas, fotos, chucherías y adornos inservibles forman este museo personal de los esfuerzos inútiles. Trabajos de amor perdidos. Nada o muy pocas cosas son mías. Escribiré hasta que venga el calor de la mañana y me arroje afuera.”

La familia enferma, rezaba un viejo lema de la antipsiquiatría y esta novela de Carlos Cortés podría servir como prueba de refuerzo, su personaje arrastra los tormentos familiares por donde vaya, los lleva de San José a París y luego de vuelta a la capital costarricense donde siguen creciendo encerrados entre las montañas que rodean el Valle Central. Estos tormentos, estas obsesiones atraviesan sus relaciones de pareja y su paternidad,  sus relaciones profesionales y su forma de pensar, esos fantasmas son el cristal con el que este personaje ve el mundo. Habla y escribe sobre su madre enferma, ese es el largo viaje, la larga noche, y para acercarse a ella no puede dejar de apoyarse en los recuerdos borrosos de su padre y en su propio y personal odio empozado.

“Volví para cumplir un oficio aprendido desde la infancia, en el que mi madre y yo somos expertos. Seguíamos siendo expertos. Poner la otra mejilla, tener paciencia, soportar a los otros, sabernos destruidos por dentro y aguantar.”

La indagación en la memoria, reconstruir el pasado familiar, armar el rompecabezas al que siempre le faltan piezas, intentar encontrarse y hacer de esto una ficción para ser leída, para presentarse. Todo ello está en el centro de esta novela costarricense, psicológica y familiar, tal vez la mejor de su autor, con la que profundiza y vuelve a temas ya tratados en algunas de sus obras anteriores afinando su estilo. Temas que, con la paciencia que las señoras aconsejaban a sus hijos valiéndose de la metáfora de los piojos, retornan y acechan, trabajan y presionan para ser escritos y ser considerados literatura.

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