Pasión y delirio en Clarice Lispector

CUENTOS REUNIDOSClarice LispectorTraducción de Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario MoralesAlfaguara. 529 páginas.La obra de Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río

CUENTOS REUNIDOS

Clarice Lispector

Traducción de Cristina Peri Rossi, Juan García Gayó, Marcelo Cohen y Mario Morales

Alfaguara.

529 páginas.

La obra de Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, 1977) admite bien los adjetivos temblorosos: es extraña, singularísima, de una sorprendente energía agonizante, a un paso del delirio, a un paso del esplendor. Su prosa se enhebra, no articulando el mirar con el decir, sino imponiendo al decir la complejidad convulsa de las sensaciones, emociones y sentimientos, un sentir que se complica con insólitas derivaciones oníricas que la acercan al surrealismo, y que a la vez hace resaltar, dentro de argumentos en general nebulosos, la tribulación de una sintaxis consciente de su insuficiencia, a punto de romperse y que no obstante fluye como irrigada por la sangre del corazón.

Lispector es una escritora a la que se le percibe en cada página; sus personajes, más que entidades autónomas, parecen más bien figuraciones, enmascaramientos que usa la autora para desalojar de sí las turbulencias de su relación con el mundo. Esta apreciación es menos notable en las novelas, aunque no faltan puntualizaciones, aquí y allá, de su propia voz insertada en la narración, pero en los cuentos es insoslayable. Y eso se debe, sin duda, a la libertad y particularidad de su estilo, que no cabe considerar una destreza adquirida, sino más bien una pulsión, un modo de respirar.


Lispector comenzó a escribir muy pronto con su personal estilo ya formado; publicó en periódicos sus primeros textos con apenas quince años y la aparición de su primera novela, Cerca del corazón salvaje (1943), produjo un enorme revuelo en el mundo literario brasileño, que no terminaba de creer que una joven de 23 años hubiera concebido una novela tan extraordinaria y sugerente, y tan desapegada del realismo imperante en su país. La originalidad de esa novela estriba, no sólo en la expresión minuciosa y matizada del mundo interior de una muchacha en busca de una identidad que la fortalezca, de un yo que debe construir tras la muerte de su padre, sino en la prodigiosa imantación de su estilo, nada complaciente, que penetra en lo oscuro, trabajando desde lo indecible, y al hurgar en lo más recóndito del alma femenina produce un universo generado por otra lógica, una lógica impetuosa, obsesiva, guiada más por el símbolo de las cosas que por las cosas mismas.

Esa lógica interna, cuyo origen es una perturbación, es el dispositivo que pone en marcha sus cuentos, que por lo común se resisten a quedar enmarcados por la austeridad y concisión que exige el género. El lector deberá desistir de hallar en ellos peripecias, anécdotas o historias, y en caso de encontrarlas verá que no pueden ser contadas porque, por decirlo así, producen el texto, pero no son el texto mismo, que se abre a impulsos de una comunicabilidad subyugada al silencio, a punto de embarrancar en el vacío. La vida aquí nunca es un estado de conciliación, sino un revulsivo. En el cuento titulado Amor, una mujer regresa con su bolsa de la compra y ve a un ciego mascando chicle. El hecho es trivial, pero el efecto sobre ella es sobrecogedor; no es un ciego, es la aparición del mal: ‘Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían con un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad’. Y la mujer advierte lúcidamente, frente a sus hijos, que ‘amaba con repugnancia’. En Los desastres de Sofía, una alumna recibe un elogio de un profesor, y en su rostro ve algo ‘anónimo como un vientre abierto para una operación de intestinos’. En El reparto de los panes, una comida familiar se transforma en una percepción de comensales desconocidos, en una estampa onírica de un ‘almuerzo que no tenía la bendición del hambre’. La relación de la cosa, un cruce, para entendernos, entre Kafka y Cortázar, no es sino una reflexión enajenada acerca de un reloj de marca Sveglia, donde este nombre ocupa el lugar de la pasión. ¿Dónde estuviste de noche? es un sueño orgiástico, un delirio que recuerda la pintura de El Bosco, con personajes que son moldes de sombras: hay un Él-ella, un Ella-él, un millonario, un cura, un judío, un masturbador, un estudiante, una vieja… y un epílogo: ‘Todo lo que escribí es verdad y existe. Existe una mente universal que me guió’.

Los enunciados de Lispector sobre la escritura, que brotan de improviso en sus textos, resultan desconcertantes, pero sugestivos, son expresión de su agónica lucha, que está en la raíz de su escritura, por ensamblar vivencias y conceptos: ‘Yo quería llegar a la página 9 en la máquina de escribir. El 9 es casi inalcanzable. El número 13 es Dios. La máquina de escribir es’ (La relación de la cosa). ‘Amo los objetos en la medida en que éstos aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa’ (Tempestad de almas).

Esta estupenda edición de Cuentos reunidos, a cargo de Miguel Cossío Woodward, organiza sus libros de textos breves siguiendo su orden de publicación. No están todos los cuentos, nos advierte en el prólogo, y aún andan muchos dispersos en periódicos y revistas. Pero se trata de una edición que no tiene precedente en lengua española. Un regalo para los adictos a Clarice Lispector.

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