Secretos desacralizados de una alquimia literaria

Entrevista con Graciela Montes y Ema Wolf, ganadoras del premio Alfaguara de novela 2005.Ema Wolf y Graciela Montes se mimetizaron con su trabajo literario.

Entrevista con Graciela Montes y Ema Wolf, ganadoras del premio Alfaguara de novela 2005.

Ema Wolf y Graciela Montes se mimetizaron con su trabajo literario. Narradoras las dos, amigas de muchos años, se tomaron el escribir una novela con desenfado pero con disciplina, como se hubiera hecho nueve siglos atrás. Escogieron una propuesta y empezaron a armarla, con mucho oficio con el deseo de contar una historia, la de cómo se escribió un texto. Durante 5 años ambas se dedicaron a su principal proyecto. Mucho trabajo de investigación y de elaboración. Cada una escribía un capítulo y lo presentaba a la otra para discutir y resolver. Mucha corrección hecha en voz alta.

La discusión básica fue respecto de la historia de quién iban a contar, si era la de Marco Polo, que era ya muy conocida y trabajada, o en la del escriba, que es otro sujeto histórico, pero que casi nadie conoce, eso suponía dificultades, pero también muchas posibilidades.

La aventura de estas dos escritoras, que por lo general han trabajado libros para niños y adolescentes, era un reto para la idea de que la literatura es un oficio solitario.

Hablamos con ellas sobre ese proceso y su resultado: «El turno del escriba», con que ganaron el premio Alfaguara sobre, al menos, 148 novelas también argentinas que se presentaron a concurso.

 

 

¿De dónde surge este personaje del escriba?

Graciela Montes: Es un personaje real, los libros de historia lo mencionan como, en el prólogo del libro de Marco Polo, se dice que compartió con éste en algún momento en una cárcel de Génova. Sobre el escriba Rustichello había muy poco material. Él tradujo y adaptó una serie de novelas de caballería, a pedido del príncipe Eduardo de Inglaterra, estando en el sur de Italia. Algunos se conservan, incluso se pueden ver en internet. Entonces, con base en este personaje es que armamos la novela, que no pretende contar una versión más de Marco Polo y sus viajes, sino la historia de cómo se escribió un libro a finales del siglo XIII.

Los pormenores de esa relación son ficción nuestra. Con base en investigación intentamos reconstruir de manera verosímil esa época de los inicios de la modernidad.

En la novela de la impresión de que quien construyó el texto fue el escriba Rustichello más que Marco Polo.

Ema Wolf: Es pasar de la oralidad a la escritura.

GM: Se pone el acento en la escritura. Es una vuelta de tuerca a lo que tradicionalmente se imaginó de Marco Polo como un narrador dotado. Cosa bastante poco verosímil en un narrador que es lo que era. Nosotras lo vemos como un comerciante, que tiene buen ojo y sagacidad para algunas cosas pero que de alguna manera su visión es pragmática, para actuar sobre la realidad, para comerciar. La actitud de cronista, narrador maravillado, se lo atribuimos en la novela a nuestro escriba.

Eso reanima la discusión sobre la figura del autor. ¿Quién escribió en realidad «El libro de las maravillas del mundo» conocido como «Los viajes de Marco Polo»?

EW: Es una coautoría. De no haber existido Marco Polo no habría existido el libro. Uno proporcionó la materia prima y otro la procesó para transformarla en un texto que puede ser disfrutado y captar un público. Si te acercás al libro de Marco Polo podrás notar una disparidad muy grande en los capítulos. Algunos son aburridos, tediosos, con largas enumeraciones de mercaderías, ciudades, precios, allí imaginamos la cabeza de ese mercader a que se refería Graciela, y otros momentos son intensos, donde hay pequeñas historias completas o voluntad de llamar la atención sobre ciertas informaciones extraordinarias sobre las costumbres, animales, religiones, etc. Entonces era posible pensar que había dos cabezas en la confección de este libro: una más objetiva y otra más cargada de intención. Ese aspecto es el que nos llevó a construir el personaje de Rustichello de Pisa, a partir de los pocos datos que había sobre su vida real. Es el que deviene escritor escribiendo. Un simple copista que le sugiere a Marco Polo hacer el libro sobre sus recuerdos a partir de que están los dos presos. Pero también para él si consigue un libro a partir de lo que recuerda Marco Polo que interese de nuevo a las cortes, quizás consiga su libertad. De ahí en adelante mostramos el oficio del escritor en su parte más modesta, simple y esforzada. Todas las angustias y dificultades que tiene alguien que empieza a andar en este terreno.

A veces lo cautivan unos pasajes que le cuentan y quiere irse por ahí, pero tiene que ser fiel a lo que le dicta el viajero.

EW: Claro, está siempre navegando entre la honestidad de respetar el relato de Polo y las ganas de salirse de él y continuar su propio relato.

Es mucho el dilema del escritor, del cronista. También la vida del escritor es así de alguna forma. Aunque en este caso el escriba termina casi condenado al anonimato.

GM: Todo escritor está condenado a separarse de su obra.

Volvamos al trabajo de ustedes como autoras. ¿Se asemeja, de alguna forma, al pasaje ese en que Rustichello y Marco Polo se ponen de acuerdo para ser los autores del libro?

EW: No hubo dos posturas tan claras como las de ellos. El tema fue casual, estábamos reunidas charlando en un bar que se llamaba Marco Polo y se nos ocurrió hacer el experimento de trabajar juntas.

GM: Era un juego. Pero se nos fue haciendo muy grande. Probamos las primeras páginas, los borradores. Teníamos que definir una voz, un estilo. Teníamos que establecer un narrador común a las dos, es un narrador omnisciente, que adopta el punto de vista de Rustichello, contemporáneo, con un poco de sorna a veces, describe con párrafos largos, con muchas subordinadas, tiene un ritmo su exposición, un registro del castellano muy amplio, con pocas marcas locales, con incorporación de palabras de distintos idiomas, que circulaban simultáneamente en ese abigarrado puerto de Génova en el siglo XIII.

EW: Una vez establecido eso no es tan difícil. Los diálogos fue otra discusión. Vimos que no funcionaban y decidimos no emplearlos. Así venían muchas decisiones.

GM: Era muy importante despojar a los personajes de otro tipo de vínculo que no fuera el interés de Rustichello en Marco Polo como proveedor de historias. El tema era muy delimitado para no perdernos en el libro.

Se nota que la obra pudo ser muchísimo más extensa.

EW: Claro, nos circunscribimos a esto que queríamos contar era la confección de ese libro tan particular. Los viajes de Marco Polo es un libro muy abierto, es decir que ha pasado por muchas manos, tiene muchas versiones y formas. No existe el ejemplar original. Cada copista lo intervenía. Esto hace que se ponga entre paréntesis la autoría, incluso sobre lo que cuenta Marco Polo. Hay quienes aseguran incluso que Marco Polo nunca llegó hasta China, sino que estuvo en el imperio tártaro hasta algunos lugares pero no en el corazón del imperio y las historias le fueron contadas por viajeros a lo largo de los caminos.

Nosotras apuntamos a un momento de toda esta gran fluidez que nunca termina y que incluye nuestro propio libro, que vaya uno a saber de quién es. Apuntamos ese momento en que una persona decide poner por escrito una historia. Eso es lo esencial.

GM: Señalamos un milagrito, un pequeño milagrito, en que a este desgraciado copista, por una vez en la vida se le da la ocasión de juntarse con este proveedor de historias fantásticas y él decide que no dejará pasar esa oportunidad.

¿Cómo fue la logística de trabajo de ustedes como autoras?

EW: Cada una trabajaba en su casa tranquilamente. Los acuerdos para avanzar tenían que ver con los nudos de la secuencia. El primer capítulo sería de la Génova de la época, con la llegada de los presos; el segundo era el contacto de Marco Polo y Rustichello; en el tercero ya hablan; etc. Lo demás, de qué manera cada una resolvía el paso siguiente de la secuencia, quedaba librado a la imaginación de cada una. Ya con el capítulo escrito se sometía a la consideración de la otra y lo discutíamos. Con mucha confianza. Algo mínimo como un adjetivo, reconocer que otra persona te puede dar un adjetivo mejor.

GM: La que había sido escritora en el capítulo siguiente sería lectora y así íbamos, por turno. Hubo más hora de lectura que de escritura.

EW: El trabajo era completo, las dos hacíamos todo y lo corregíamos todo. Las decisiones tenían que ser lo mejor para el texto, no para cada una. A veces había alternativas distintas para la resolución de un párrafo y las poníamos para llevarlas luego a la lectura común y ahí escogíamos. Hay hechos muy concretos en la escritura, no está todo librado a la subjetividad, de ningún modo.

GM: Todo esto es como la trastienda, la carpintería de la escritura, que una la tiene aún cuando escribe sola.

Definitivamente la apuesta era grande. Incluso la amistad de ustedes dos.

EW: La apuesta fue en los primeros capítulos, si funcionaba seguíamos.

Para este experimento que hicieron escogieron una época particular. ¿Se podría hacer en una época contemporánea?

EW: En principio en una obra autobiográfica o de fuerte sentido autobiográfico, creo que no. Tampoco creo que se pueda hacer a cuatro manos un libro demasiado experimental.

GM: Hay escuelas literarias que han hecho algunas cosas, pero no creo que puede hacerse algo más extenso.

EW: En relatos más bien plásticos o en obras de géneros como la novela de misterio, el policiaco tipo Ellery Queen.

Volverían a hacer un proyecto como este.

EW: No creo. Es algo que ya hice. Colaborar sí, es algo que hemos hecho mucho. Antes de este libro hacíamos una revista con otros colegas. El ejercicio de la corrección y la edición sí es algo a lo que estamos acostumbradas.

GM: Además para qué. Cualquier otra cosa tendría que competir con esta.

¿Cuáles proyectos literarios siguen ahora?

EW: Tengo algunos materiales ya iniciados, pero hemos estado muy ocupadas.

GM: Yo tengo una novela para adultos, pero apenas tengo unas páginas. Como escritora una siempre tiene algún material por ahí.


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