Sergio Ramírez: Confesiones sobre Amanda

Atraído por un personaje casi mítico, que él mismo ayudó a salir de un olvido impuesto casi hasta el anonimato, el escritor nicaragüense Sergio

Atraído por un personaje casi mítico, que él mismo ayudó a salir de un olvido impuesto casi hasta el anonimato, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez volcó los fantasmas de una obsesión en su más reciente novela, La fugitiva. En ella, el mismo Ramírez como narrador indaga la trágica vida de una escritora cuyas cualidades para el éxito operaron en su contra y cuyo afán de libertad la condenó a la prisión de la soledad. Esta novela de estructura compleja aunque de lectura muy fluida, está conformada por las declaraciones de tres mujeres mayores que cuentan al investigador lo que recuerdan del personaje principal, quien protagoniza la novela pero solo mediante la referencia de las otras.

En esta entrevista el escritor desvela algunos aspectos acerca del procedimiento con que escribió esta novela y del personaje en que se basó.

Cuando vine a presentar hace dos años El cielo llora por mí, anuncié que ya había empezado a escribir esta novela que me había tomado muchos años, pero que la investigación estaba lista y hablé sobre esto de las tres voces con que está compuesta. La redacción me tomó estos dos años.

Que me parece que esa estructura es todo un reto. Son prácticamente tres monólogos.

Sí, son monólogos pero guiados por una estructura de preguntas que no aparecen en el texto.  Me pareció más atractivo y que se salía del molde, no narrar yo y no narrar al personaje central, sino componer un retrato de distintas perspectivas, y que fueran mujeres quienes narraran la historia.

El reto era diferenciar los lenguajes. Debían hablar en claves diferentes. Eran testimonios orales, que se supone que eran entrevistas editadas por mí. La oralidad era muy importante, lenguaje oral no escrito.

¿Cuánto de lo que dicen es real, es decir con base en entrevistas reales?

Yo no hice entrevistas. Tenía la documentación. Todo lo que sabía, sobre el personaje en que se basa y sobre la época, que eran muchas cosas, lo repartí, lo puse en boca de los personajes que cuentan su historia.

¿Es una novela experimental?

Toda novela para mí es experimental porque trato de buscar nuevas formas de narrar. Trato de no repetir procedimientos. Me parece que la novela es eso. La literatura es eso, estar inventando cosas siempre, no admitir que experimento es solo de los más jóvenes.

Eran varios retos, entre otros escribir de una costarricense.

Sí, escribir de una costarricense y de una época de un país, sin serlo yo. Aunque viví aquí muchos años, no tengo ese conocimiento que se puede tener cuando se ha vivido toda la vida. Yo llegué a los 22 años, me formé y maduré aquí, era una atmósfera que aprendí a conocer muy bien; pero tuve que hacer una investigación muy a fondo porque no solo se trataba de una novela sobre un personaje, sino sobre una época. Una época que yo no había vivido, los 20, 30 y 40. Tenía que crear esa otra atmósfera y eso se hace investigando. Los periódicos completos, desde las informaciones a los anuncios comerciales, luego planos de la ciudad, todas las referencias de la ciudad.

¿Le atraía más el personaje o la época?

No, todo estaba construido para mí alrededor del personaje complejo que voy conformando por etapas a través de lo que cada una de las mujeres que habla sobre ella va diciendo. Es un personaje muy contradictorio. Cuento cómo se ve ella misma, cómo la ven las amigas, las contradicciones de su vida, su contexto familiar, con la sociedad, sus pensamientos, que obviamente son brillantes, sobre la sociedad y sobre ella misma, su afán de ser escritora con una literatura distinta, su gran belleza, la desgracia de su vida familiar. Todo eso lleva a crear un mosaico muy complejo y me llevó a que no narrara yo sino las tres mujeres que tienen fragmentos de un retrato que se logra al unir las distintas partes y poder verlo con sus contradicciones.

¿Cómo funciona entonces la protagonista, si no tiene una voz propia en la novela?

La protagonista es Amanda Solano. La acción de ella es narrada por otras. Alguna vez pensé que haría falta la voz de Amanda al final y poner un legajo de cartas de ella, pero luego pensé que no, que cerrara con las palabras de Manuel Torres.

Esa imprecisión favorece también el carácter un poco mítico del personaje. ¿El orden de aparición obedece a una propuesta cronológica?

Primero quería narrar desde la voz de doña Gloria Tinoco la intimidad, la adolescencia. Una compañera que conoce sus secretos desde el Colegio de Señoritas, sus afectos, su primer matrimonio desgraciado, la sociedad en que crecen. Pero todo esto está contado desde la visión de esta mujer aristocrática, desde su soledad en una casa en Barrio Amón, con un lenguaje desde la seguridad que le da su clase social.

Luego la siguiente voz, la de Marina Carmona, es la que aclara el panorama social. La fija más científicamente. Se trata de una psicóloga que también fue amiga suya de la adolescencia pero habla de ella desde un punto de vista más académico. La conoce muy bien, sus angustias, su segundo matrimonio, sus aspectos políticos, su exilio en Guatemala, su literatura.

Finalmente está la tercera voz, la de Manuela Torres. La cantante que vive en México. Ella conoce a Amanda en Costa Rica, una noche en la presentación de Tomás Garrido Canabal, pero su relación se da en México donde Manuela vive con esa inquina que tiene por Costa Rica y que no es más que una declaración de amor reiterada. Con ella se narra ese episodio final.

Es en el personaje de Marina donde se habla de la obra de la protagonista.

La visión acerca de la obra de la tenía que dar un personaje con esa visión; una académica que podía analizar su obra y lo que implica para su vida.

Volviendo al personaje que inspira la novela, Yolanda Oreamuno ¿Cómo aparece su interés como escritor por ella?

La obra era parte del misterio de Yolanda Oreamuno. Yo llegué aquí en 1964, apenas hacia tres años había repatriado sus restos y oí hablar de esta mujer que siempre estaba en las tertulias con los escritores de su época, se hablaba de ella con algo de misterio. Por eso me interesé por leer La ruta de su evasión, que era un libro que no se conseguía porque no se había editado en Costa Rica. Sí había leído A lo largo del corto camino la edición que hizo Lilia Ramos, que reunía otros trabajos de ella y fragmentos de novelas. Alfonso Chase me prestó un ejemplar de la edición publicada en Guatemala de La ruta de su evasión y como yo estaba trabajando en Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) decidí reeditar esa novela en 1980 e hicimos una presentación en el Teatro Nacional.

¿Literariamente qué le pareció entonces esa novela de Yolanda Oreamuno?

Me gustó mucho. Me parece que es una exploración muy distinta que se hace en la literatura centroamericana. Este libro se publicó en 1948. No tiene par. Si leemos una novela como la de José Marín Cañas El infierno verde, que es sobre la guerra del Chaco, aunque es atrevida todavía tiene un peso vernáculo, en el lenguaje. En el resto de Centroamérica no encuentro más que las noveletas de José Coronel Urtecho, despojadas ya de todo peso vernáculo, Hombres de maíz o las Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias, que es otro tipo de propuesta pero todavía vernácula. Entonces era una novedad que una mujer escriba una novela en una verdadera introspección literaria, donde el personaje sea escuchado desde dentro, un conflicto familiar, una trama urbana en un escenario urbano donde los personajes son examinados desde dentro. No es una novela fácil de leer.

Como escritor nicaragüense ¿Esta es su novela tica? Un pendiente con esa etapa de la vida en Costa Rica.

Sí. Aunque se refiere a una época que yo no conocí. Pero además por el personaje, que es totalmente novelesco. La desgracia que trae consigo querer ser distinto, esa es la base de este personaje. Una mujer cuya belleza además se vuelve su propia enemiga, su talento le estorba a los demás, vive en la dualidad en una sociedad en la que es vedette, sale en las pasarelas y las páginas sociales, pero a la vez es contestataria; no es un personaje fácil, en blanco o negro. El concepto que tiene sobre los hombres, las relaciones sexuales, el matrimonio, tener un hijo, la falta de estabilidad no solo emocional sino por ser una mujer enferma desde joven, todo eso va conduciendo a un verdadero drama. Aquí no hay un deus ex máchina que venga a salvar a esta mujer, los dioses la abandonan.

Otro personaje que aparece y también es muy trágico es el de Edith Mora; basado también en una mujer con una vida atormentada como la poetisa Eunice Odio.

Sí, pero ella es un personaje en segundo plano. Lo que pasa es que tienen vidas parecidas con énfasis muy distintos. Yolanda Oreamuno no tenía esa militancia política que tuvo Eunice Odio. Eran temperamentos muy distintos.

Como escritor es un ejercicio difícil controlar a un personaje que puede cobrar mucha fuerza y afectar la estructura de la narración.

Sí. Eunice tuvo un final mucho más dramático que el de Yolanda, su vida es mucho más dramática al final. Pero tenía que escoger porque ocupaban el mismo espacio y eso no podía ser en la novela, así que Edith es un personaje en segundo plano.

Es muy interesante la construcción de lo tres personajes que cuentan la historia. Son ancianas que recuerdan hechos muy anteriores, se contradicen, aportan retazos, fragmentos que el lector une para conformar un retrato del personaje protagónico. Construir esos personajes es un gran reto y un gran acierto literario.

Si vas a crear un personaje al cual le vas a poner una grabadora al frente, tenés que sentarte realmente frente a ese personaje. Tenía que meterme realmente en esa situación. Estar en ese casa en barrio Amón, tener a esa señora en frente, escucharla como habla, sus perspectivas, su recuerdos y necesidades. Las preguntas intentan guiar lo que cuenta, pero ella no respeta a veces y sigue su propio hilo. En ese aparente desorden va construyendo la historia; así tiene que ser, porque así es el personaje.

El siguiente, que es Marina Carmona, es mucho más metódica, se pierde menos, intenta responder a las preguntas. Está entrenada para eso. Pero incluso hay momentos en que incluso la confronto y le digo cosas que ella desconoce y se siente herida en la confianza porque ella piensa que siempre fue su mejor amiga.

¿Cómo fue preparar esa caracterización de cada una para luego conversar con ellas?

Lo primero es crear una voz, si no, no sería posible. Hablan de manera distinta, tienen una cultura diferente. Aunque estuvieron en el mismo Colegio de Señoritas, Gloria se casó bien y se dedicó a su hogar, abandonó las veleidades de la adolescencia, las manifestaciones, el apoyo al Partido Comunista a las huelgas bananeras; en cambio Marina hizo estudios académicos, tiene una coherencia ideológica aunque es crítica.

Mientras la tercera narradora no tiene nada de eso, es una bala perdida, habla con mucho desparpajo.

Hay una marca de clase en los personajes.

Claro, ella viene de una familia rural de Heredia y piensa que con vender unos animales va a poder irse a México para cantar y triunfar.

Es impresionante en el momento en la novela en que se da la confrontación entre Amanda y Manuela, porque este personaje de Amanda, mitificado a lo largo de toda la obra, victimizado, de pronto la fulmina con una mirada y Manuela siente la humillación, que nunca alcanzará el lugar desde donde Amanda la mira.

Claro, a pesar de que acaba de agredirla tan violentamente, aquella mirada la hiere profundamente.

Otra cosa muy importante es el ritmo, porque es en este tercer personaje que se entra en otra forma de narrar y expresarse.

Ella además es más egocéntrica, dice claramente que ella en realidad es la famosa, la que tuvo éxito. Ellas serán famosas en Costa Rica, pero yo triunfé en el mundo, dice. Triunfó en Europa, en México, lo cual es cierto.

Pero en conflicto de estas mujeres no ha terminado. Su confrontación con la sociedad.

Ese retrato de la sociedad costarricense también es muy interesante, se presenta muy contradictoria.

Yo quería hacer énfasis en la novela en que se trata de una sociedad patriarcal muy conservadora, que pretende reducir a la mujer a un lugar, que cuando intenta sobresalir le serruchan el piso o le cortan las piernas, pero a la vez es una sociedad que se está moviendo, mantiene una dinámica social, lucha contra una dictadura con un movimiento que se parece al que hoy estamos viendo en el norte de África, con estudiantes y maestros, los triunfos de las huelgas bananeras, las reformas sociales, la abolición del ejército.

¿Contrasta con la sociedad contemporánea?

Bueno, eso no es asunto de la novela. Pero sí, hay muchos cambios. En los años 60 en que yo viví aquí, San José era una ciudad provinciana donde la gente conocía, no había nada multitudinario, no había masas, no había congestión de tráfico, la universidad era pequeña,  una sociedad más cerrada.

Tiene eso que ver con el inicio de la novela que es en el cementerio con un tipo de descripción pormenorizada.

Quería que esta fuera una novela periodística, en el sentido de que es una búsqueda de ese personaje. Empieza por narrar la llegada de los restos a San José, en 1961 y lo hace como las notas que recoge un periodista que tiene que irse al periódico a escribir la nota. Entonces se abre una pregunta acerca de quién es aquella mujer y la respuesta tratará de hallarse en la novela.

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