Los amantes debutantes y sus redes

Quizás otros, en las décadas que siguen, se sentarán a rumiar sus recuerdos de cuando las redes sociales y el celular hicieron de sus

Quizás otros, en las décadas que siguen, se sentarán a rumiar sus recuerdos de cuando las redes sociales y el celular hicieron de sus romances algo más febril y sagaz. De mi parte, he de reconocer que casi no supe de cartas, ni telegramas, ni “dar cuerda” en las tardes de retreta; pero naciendo en los albores de los setentas, sucede que por despiste he vuelto a tararear una vieja canción de Serrat -Los Debutantes-, y me he echado a nostalgiar de cómo nos íbamos adentrando, hace no tanto tiempo, en las querencias y las ausencias de aquel modo quizás más artesanal y con menos cables (que no es lo mismo que decir wireless).

Ya que todavía a mí me tocó, desde un teléfono público, hacer la llamada de rigor con el corazón cimbrando en las entrañas y el pulso alterado de brazo a brazo.

Sólo para buscar que al otro lado de la galaxia, el vetusto teléfono, con su noria interrumpida de seis dígitos escritos a mano, fuera “levantado” por aquellos ojos que nos llenaban de cascabeles.

Aunque sólo fuera para  oír la voz y colgar. Ya que el aire denso se colaba en el aliento, para trabar la lengua que solía practicar a solas las frases introductorias de manera angelical. Y nunca se sabía realmente de quién era la voz al otro lado (madre, padre, hermanos, hermanas, y demás familiares: familias con más de 2.4 hijos (as) las de entonces…).

Además, no solo era la voz y las manos anegadas imposibles para la quiromancia, sino que el susto desarticulaba el resto de los sentidos. Ese gesto de llamar era como empezar a afeitarse: se sangra, pero se vuelve a intentar…

Febriles, entonces, puede ser, aquellos y aquellas que buscan aquel nombre como una oración, y acurrucados en su habitación, envían los abreviados y tímidos textos del debut; padeciendo el furor de la ardiente paciencia en lo que tarda, si es que ha de llegar, la esperada riposta con su breve alborozo de luces… o sus ingratas primaveras de arrabal.

Caminando. Si se avanzaba en el cariño y en el desasosiego, cobijados por el parque o la catedral, uno propondría un tierno alarde para pasar la tarde colgado en el rubor de aquella sonrisa. Retorciendo frases de un tal Gustavo Adolfo e imaginando roces para abrevar la sed… Pero si de camino ella nos insinuaba pasar más allá de su portal, conocer a su mamá, intentar no fastidiarse con sus hermanos, entonces bien podría suceder un acto trivialmente hermoso. Un acto que nos ponía casi a punto de caramelo para que el primer adiós coincidiera con el primer beso. Ese episodio consistía en que ella nos permitiera ver su álbum de fotos. Horribles álbumes que los paleógrafos del futuro han de explorar a carbono 14, el por qué tenían aquellos colores y diseños de parques, lagos, cisnes y parejas entre playas, ocasos y praderas, con una exasperante intención de quedar en el registro del mal gusto para siempre. Pero la apariencia de aquellos libracos era intrascendente. Ese viaje por las fotografías familiares y de ella, íntimo y dilecto privilegio de pocos, era como sacarse una piedrita del azoro. Era como definitivamente empezar a respirar sin asistencia. Era colocar una posesa flor de luna en el incierto ojal del porvenir. A partir de ahí todo parecía transformarse. Y nada valía a nada a nuestro alrededor.

Sagaces, entonces –se me ocurre-  aquellas y aquellos que a espaldas de su Facebook, conservan un alijo sepia digital donde el dulce anzuelo de la mirada, apenas trasluce las memorias de los temporales y los días que fueron de sol; sólo para que mientras se pasa la vida debutando, quede una región de perfiles e imágenes a la espera todavía de ser explorada… desde el fondo del pozo hasta el brocal.

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