Destellos desbordantes

Un golpe de pétalo. Así, de manera un poco amanerada, describo la impresión que me provocaba la lectura de Ganamos el partido,

Ganamos el partido

Mario Zúñiga Núñez,

Poesía

Editorial Germinal

2015

Un golpe de pétalo. Así, de manera un poco amanerada, describo la impresión que me provocaba la lectura de Ganamos el partido, primer poemario de Mario Zúñiga Núñez. Tal vez porque conozco a Zúñiga Núñez como ensayista y como antropólogo social, no esperaba este golpe benévolo y propiciatorio proveniente de la médula poética.

¿Por qué medular? Porque se trata del trance que enfrenta un hijo ante la inminente muerte de su padre. Temática difícil, proclive al sentimentalismo y a la afectación. Sin embargo, el poeta sale bien librado con una poesía sincera, pulcra, rigurosa, coloquial, fuerte y tierna, sin ceder a los lugares comunes o a la palabrería hueca: “… la respuesta / es puntal: / si no habláramos de eso / nos veríamos obligados / a decir cosas / que realmente / nos pertenecen”.

La agonía del padre se ve trasvasada con/por diálogos e imágenes de la primera infancia, pasando por la adolescencia hasta el violento remate con la adultez. El fútbol es propicio para enfrentar el coraje y el sui generis cariño paterno, con sus olvidos y sus consecuentes metamorfosis: “… en cuanto a la transformación / lo usual / aparecen colmillos / manos y pies / se convierten en patas / un pelaje espeso / le invade el cuerpo / se ha completado ya / cuando transcurren / cinco minutos / del silbato inicial / entonces / aúlla y ladra / para que caigamos en la cuenta / los jugadores de nuestros equipos / son inútiles / los contrarios / son mejores / o hacen trampa / o están en escandaloso / contubernio / con el árbitro”.

Dividido en cuatro partes (Los globos y el helio, Agua salada, Cinco poemas para Javier y Frente a la montaña (fragmentos de un diario), la concisión y síntesis del libro nos abofetean con terneza y asombro: “¿Qué escribe uno cuando padre ha salido del peligro?”. El paso por las cuatro breves estaciones nos deja un buen sabor a boca poéticamente hablando, un temblor casi espasmódico en términos sencillamente humanos: “la muerte tiene eso: / de un día para otro / se bebe un vaso / que parecía / desbordado”. Así de espeso, al duro y sin guantes, pero dicho con tino y prudencia, casi aforísticamente, con destellos desbordantes.

El padre sabe de fútbol y el hijo de literatura. El primero intenta hacer fintas y driblings ante La Vencedora. El segundo toma apuntes y compara citas, para tratar de describir e imaginar un confuso y doloroso partido donde su padre ya no es el delantero brillante sino defensor casi vencido ante el ataque despiadado por parte del equipo enemigo, cuyo goleador se desplaza rampante por la media cancha con el balón en bandolera. “Alguna síntesis debería obtenerse de esto. Por ejemplo: cuando esté repuesto vamos a hacer algo que jamás hemos hecho juntos, / emborracharnos / hasta olvidar / que existe / la muerte”.

Saludo con vehemencia este poemario en la brevedad de esta reseña. Y me congratulo por el nacimiento de un nuevo grande poeta en este territorio balcanizado, mercadeado y diezmado desde la economía neoliberal y la política clientelista electorera; territorio que, no obstante, promete mucho en términos literarios dada la pléyade de nuevos y buenos poetas, narradores y ensayistas que, para regocijo de quien esto escribe (y espero que para muchos más), continuamente nos sorprenden. ¡Enhorabuena!

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