De clubes y suizas centroamericanas

No sólo era preocupante, desde cualquier punto de vista, escuchar la simplicidad con la que el Presidente de la República, doctor en Ciencias Políticas,

“¿A quién queremos parecernos?”, expresaba Óscar Arias en una entrevista concedida a Pilar Cisneros dos semanas antes del referéndum “¿A qué club queremos pertenecer? ¿Al de Ecuador, Bolivia y Cuba, o queremos pertenecer al club en que están México y todos los demás; Chile, por ejemplo, con sus 54 tratados de libre comercio aprobados? ¿A quién queremos parecernos? ¿A Chile o a Bolivia? ¿A México o a Cuba?” (http://www.youtube.com/watch?v=75P6o4-VPMs&NR=1).

No sólo era preocupante, desde cualquier punto de vista, escuchar la simplicidad con la que el Presidente de la República, doctor en Ciencias Políticas, se refería a las implicaciones de firmar o no un tratado de libre comercio de la envergadura política e histórica del que finalmente se firmaría con Estados Unidos; sino también, digna de preocupación y profundo análisis, la lógica explícitamente maniquea y apocalíptica desde la cual construía su argumentación; sobre todo cuando apuntaba, con total convicción, que la negativa a firmar el tratado nos llevaría a un “suicidio colectivo”.

Esta idea del suicido colectivo, no sólo le permitía plantearse a sí mismo como una especie de Mesías-Salvador de la nación costarricense, sino también como un defensor irrestricto de la Vida y el Bien de la colectividad. La discusión sobre el tratado se insertaba, de ese modo, en un esquema apocalíptico vida-muerte, cuya base fundamental era el temor.

A pesar de que en esa misma entrevista el Mandatario fue enfático al asegurar que nunca había leído el memorándum Sánchez-Casas, y que, de haberlo hecho, nunca hubiese aprobado la utilización del miedo como arma política; lo cierto es que el miedo aparecerá como el eje desde el cual construirá todo su discurso a favor del acuerdo comercial. Así pues, y contrariamente a lo que él mismo indicaba, en esa entrevista previa al referéndum llevaría al plano discursivo el “espíritu” del memorándum Sánchez-Casas. 

Paralelamente al eje discursivo del miedo y sus resonancias apocalípticas, establecía una relación entre dos conceptos relacionados directamente con el tema de la identidad: ser/parecer: “¿A quién queremos parecernos?”, repetía una y otra vez,  “¿A cuál club queremos pertenecer?”. Se trataba, pues, de pertenecer a un club, o sea, a un grupo selecto y con cierto “estatus” o, en su defecto, al club de los países “perdedores” y, evidentemente, “subdesarrollados”; parecernos a una élite “prestigiosa”, “ganadora”,  -de acuerdo con el modelo que la ideología del libre mercado pregona como sinónimo del éxito-, o por el contrario, adherirnos a esa otredad repudiada y representada por países como Cuba y Bolivia.

No firmar el tratado equivalía entonces a ‘suicidarse’, ‘anularse’, ‘no-ser’, ‘perder la identidad’: “¿Queremos seguir siendo la suiza centroamericana o queremos convertirnos en la albania centroamericana?”. Se inscribía, de ese modo, una visión marcada por la fatalidad y el campo semántico de la pérdida. Quedarse fuera del tratado era perder, no sólo la oportunidad de mejorar y surgir, sino también perder la supuesta excepcionalidad democrática que nos ha caracterizado como país.

Resultaba sumamente coherente, dentro de la lógica de su discurso, que el Presidente eligiera justamente el término “club”, por la connotación y las implicaciones semánticas de esta palabra -estatus social, excepcionalidad y exclusividad-. Firmar el tratado implicaba entonces una suerte de “ascenso en la escala social”, análogo a lo que podría representar, en el imaginario de una persona de segmentos sociales empobrecidos, acceder a un segmento social más favorecido y, con ello, a los privilegios materiales respectivos. El símbolo del éxito, de acuerdo con la lógica arista, es representado por la posibilidad de ingresar a un club –pensemos en el Indoor Club, el Club Hípico La Caraña, el Country Club, o cualquier otro recinto privado de esparcimiento para las clases hegemónicas-.

Se trataba, pues, de presentar el tratado como un medio unívoco de ascensión social, mediante el cual Costa Rica no sólo seguiría resguardando su identidad nacional –anclada en el mito de la Suiza Centroamericana y la excepcionalidad del país-, sino también la única vía para acceder al idílico y paradigmático desarrollo económico de países como Chile, México o Singapur.

La imagen del club –espacio físico e imaginario-, es metáfora doble: tierra prometida y paradigma de éxito. Firmar el tratado es ingresar en un espacio exclusivo y anhelado por medio del cual todos los costarricenses podrán convertirse en ciudadanos del “primer mundo” y “de primera clase”. La fantasía de la inclusión y la movilidad social es directamente evocada para sustentar la argumentación.

Era tanta la vehemencia y la convicción del Premio Nobel al defender el tratado, que, estamos seguros, es cuestión de esperar: muy pronto, sin duda alguna, seremos partícipes y beneficiarios de lo que implica ser una suiza centroamericana, la única suiza centroamericana dentro del Club de Chile y Singapur. 

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