Justicia, desigualdad y daño colateral

Cuando la ausencia de justicia prevalece es difícil enrumbarse en el camino hacia la paz. Hoy, una de las fuentes más significativas de injusticia

Cuando la ausencia de justicia prevalece es difícil enrumbarse en el camino hacia la paz. Hoy, una de las fuentes más significativas de injusticia es la desigualdad. De acuerdo con el eminente sociólogo Zygmunt Bauman, la dinámica de los asuntos planetarios actuales “no augura una “nivelación” de las condiciones humanas a nivel mundial”. El advenimiento de la igualdad nos acercaría al establecimiento de la paz mediante el triunfo de la justicia; mas, el que esto llegue a concretarse se perfila hoy como una utopía destinada a perecer. Ciertamente, en una sociedad “liberalizada”, “privatizada” e “individualizada” de consumidores: ¿qué posibilidades tienen la ética y la justicia de prosperar y florecer?

El camino hacia la paz parece estar plagado de arduos retos y dificultades. Según muchos pensadores, dicho pasaje tortuoso solo podrá ser recorrido —y el “destino alcanzado”— en un nivel global, dado que las obstrucciones a la paz (en la forma de injusticias diversas, entre ellas la desigualdad) se gestan y se reproducen en un escenario sociopolítico y económico que es inevitablemente supranacional e intercultural: en un contexto geopolíticamente enmarañado y biosistémicamente imbricado. La tarea de erradicar la desigualdad se presenta, por lo tanto, como una labor que requerirá de un esfuerzo exorbitante, hercúleo incluso; y es una tarea para la cual estamos equipados, hoy, con herramientas y medios que resultan a todas luces inadecuados.

El escenario, definitivamente, es poco prometedor, dado que el “mercado sin fronteras” que impulsa el capitalismo autorregulado de tipo neoliberal es, según Bauman, una “receta perfecta para la injusticia y para el nuevo desorden mundial”.  La “apertura perversa” de las sociedades que es suscitada por la “globalización negativa”, sostiene dicho autor, es, por sí sola, “causa de injusticias y, de modo indirecto, de conflictos y violencia”. No es necesario añadir, por obvio, que la desigualdad (la cual ha sido grandemente ampliada por el progreso de la globalización liberal) no solo obstruye el establecimiento de la armonía en la convivencia nacional y planetaria —y ni qué decir de la emergencia de una globalización más “positiva”; propulsada y conformada por la polifonía cultural— sino que, a su vez (y de manera inter-retro-activa), atasca e impide la recuperación del sistema económico mundial.

En este sentido, el economista y Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, sostiene que, de hecho, la desigualdad es una de las razones principales por las que la economía de los Estados Unidos está todavía tan deprimida y el desempleo tan alto (La Nación – 7 de mayo, 2012). La parálisis y confusión con las cuales se ha respondido a la crisis, sugiere Krugman, tienen mucho que ver “con los efectos distorsionadores de la gran riqueza en nuestra sociedad”. El autor sostiene que “la polarización política ha seguido muy de cerca la desigualdad en los ingresos” y apunta a que el sistema político de los EEUU “se ha combado y se ha paralizado debido a la fuerza de una pequeña minoría adinerada”. Ciertamente, el dinero compra poder. La plutocracia prospera y florece —asfixiando y usurpando el lugar de la democracia— en el campo fértil que ha sido abonado con dosis altas de desigualdad socioeconómica e injusticia crónica. Y en dichas condiciones, no hay espacio para que enraíce y fructifique el diálogo, el consenso y la colaboración al servicio del interés nacional. En la ausencia de las refrescantes y vigorizantes aguas emancipadoras y autoafirmadoras de la justicia social no puede germinar y desarrollarse una economía sana; la búsqueda de un bien común, ni mucho menos la paz, en ningún lugar del planeta.

Con todo, ciertamente cometeríamos un grave error si consideráramos al aumento en la desigualdad como un problema cuyas raíces e implicaciones son estrictamente económicas. Bauman se pregunta si en realidad es posible y viable el modelar y justificar (la injusticia de) la desigualdad como un mero “daño colateral”; el cual no afecta, acaso, la calidad, la viabilidad y la capacidad operativa de la totalidad sociocultural. La desigualdad —lastre inicuo de la paz— es en sí misma un peligro (además de una aberración ética y estética) para la sociedad en general. Su aumento, indisputablemente, origina problemas que afectan a la sociedad en su conjunto. En fin, si aspiramos a arraigar en la realidad social las condiciones globales necesarias para una vida digna y agradable haríamos bien en seguir la sabiduría antigua, la cual nos dice: “Si quieres paz, preocúpate por la justicia”.

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