Un derroche de vida

Lo primero que asombra y es, en parte, causa de su vitalidad, es que se trata de un bosque nuboso en la  inmensidad del

Ella, múltiple y diversa desde el ángulo que se le  mire, es un bloque principal, el islote más grande, Manuelita, y una decena de formaciones rocosas de menor tamaño, sumando una área de 24 km².

Lo primero que asombra y es, en parte, causa de su vitalidad, es que se trata de un bosque nuboso en la  inmensidad del Océano Pacífico, solitario y lejano más de 500 kilómetros del punto continental más próximo.

Sí, permanece cubierta de nubes y de lluvias casi siempre. Un fenómeno especial de convergencia de vientos y corrientes marinas a su alrededor, es responsable de esta condición.

Hace unos dos millones de años, la parió sobre las placas marinas un volcán oceánico. Y fue desde entonces una criatura fuera de lo común. El azar se la obsequió a Costa Rica hace unos 141 años. Nos llegó como bendición, como esa otra joya de los tesoros que es Guanacaste.
Llegar al amanecer y ver su silueta allí en medio del profundo e inmenso mar sobrecoge y obliga al silencio, pero dentro de sí uno dice como con asombro: “Y es nuestra”… “y de la humanidad”.

La isla principal es de base rocosa cubierta de tierra donde, con la humedad y el calor del mar tropical, toda semilla estalla; está cubierta de vegetación y fauna diversa, aunque una parte numerosa no es nativa ni endémica, sino introducida desde tiempos coloniales.  Pero ver al Cuclillo de Coco, una de las aves endémicas en tierra, amarillo por debajo, castaño oscuro por encima, cara negra, la cola (traje de bailarina flamenca) larga, negra con bolas blancas, y saber que en ningún otro lugar del planeta se va a encontrar, llena el día.

Los pasos pensados de las caminatas, por lo resbaladizo del terreno húmedo, fortalecen con aire puro y con la vista de musgos goteantes en las ramas de los árboles sembradas de bromelias. Y al final de la jornada el premio mayor: la catarata del Río Genio, el más grande de la Isla, y el relajamiento total bajo la caída del agua.

Muchos ríos cruzan la Isla, hay cataratas en el interior, pero son las externas el mayor espectáculo arribando al mar: se precipitan algunas en caída libre, otras vienen bajando escalones, otras volantes como la “Velo de Novia” y algunas rozando suave paredes acantiladas. Al circunnavegar, se van observando una tras otra como si se viera una cebra extraña que se rayara de agua. Y múltiples cavernas sobre la línea de encuentro de la roca con el mar. Dentro de algunas de ellas llueve siempre, otras dejan ver el otro lado de la Isla.

Los islotes, a diferencia de la isla principal, son rocosos sin cobertura vegetal o con muy poca vegetación: pompones de zacate endémico, algunos árboles. Y en los de roca desnuda es donde anidan cientos de aves marinas como fragatas y piqueros entre otras de bellas formas y combinación de colores.  Ahí, como al alcance de la mano, están los nidos, los pichones y su interacción vital transcurriendo al lado de la de colorines cangrejos pegados a la roca.

Pero nada se iguala a lo que hay propiamente en el mar, ahí las cosas pasan al ensueño. Mediante el simple buceo de pulmón, superficial como es, se ingresa a un alucinante mundo: tiburones Martillo y Punta Blanca nadan serenos con los visitantes humanos, peces Trompeta China, decenas de estrellas de mar reposando  en el fondo y de repente, como salida de la nada, una Manta Raya o cualquier pez paseando sus colores, pero lo mejor aún está por vivirse allí cerca de la roca en Manuelita, y es cuando una escuela de peces rojos, de cientos de peces rojos pequeñines, medianos, grandes (¿Ardilla, Pargos?) dejan al visitante en el centro de su marcha lenta y sinuosa, y de inmediato otro cardumen de otra especie, esta vez Cochitos, negros, una raya celeste en la base de las aletas. Entonces es cuando se piensa que se está alucinando. Saca el visitante la cabeza y se quita la careta para saber si está en la realidad, y Manuelita lo devuelve a la fantasía con su espectáculo de pájaros marinos en los nidos o haciéndole en vuelo una corona en lo alto.

La Isla del Coco derrocha vida, allí adquiere su sentido absoluto el “Costa Rica, pura vida”.
Pero la Isla es frágil y muchas adversidades están al acecho, sobre todo la pesca indiscriminada y el aleteo de tiburones. La declaración de la Isla como Patrimonio de la Humanidad es un hecho de histórica importancia en la protección de tanta riqueza y belleza, así como la declaración de área protegida, pero todo esto no es suficiente. Se necesita de la contribución de cada costarricense para financiar campañas educativas de conservación, y brindar mejores condiciones técnicas y humanas a los valientes y sacrificados guardaparques que la protegen contra persistentes enemigos.

Existen organizaciones privadas sin fines de lucro como la “Fundación de Amigos de la Isla del Coco” (FAICO), que realizan actividades permanentes orientadas a recaudar fondos para la protección de la Isla, y últimamente para que más costarricenses podamos contribuir disfrutando a la vez de tanta belleza.

En nuestro país hay tradición de aprecio a la Isla del Coco. Los costarricenses conocemos de su existencia, poco de su historia, pero nos han enseñado que es valiosa y hermosa. Sin embargo, nada permea la conciencia de amor y protección como estar allí, como vivirla intensamente, porque la Isla del Coco no se puede vivir de otro modo.

Visitarla no es fácil. Existen limitaciones de diverso tipo, dadas sobre todo por la lejanía; pero quien pueda hacerlo no debe privarse de llevar su espíritu a ese pedacito tico del paraíso terrenal.                      

 

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