Vivencias de un 8 de marzo

A la memoria de Annaliza Llaguno Thomas (1991-2011).El 8 de marzo es conocido históricamente como el día internacional de la mujer trabajadora, fecha en

A la memoria de Annaliza Llaguno Thomas (1991-2011).

El 8 de marzo es conocido históricamente como el día internacional de la mujer trabajadora, fecha en la que recordamos una de las tantas tragedias que vivieron miles de mujeres trabajadoras en las cloacas modernas del capitalismo, llamadas fábricas. La importancia de este día es trascendental para hacernos reflexionar sobre el vínculo tan estrecho que existe entre el capitalismo y el patriarcado, como dos sistemas que se relacionan entre sí para garantizar el dominio y dependencia de la mujer.

Todos los años, la conmemoración de este día se disputa entre el consumismo de baratijas inútiles que aprovechan los comercios del país y los rituales bochornosos de la institucional estatal. La mayoría de los hombres se sienten felices y librados de culpa, por lavar los platos, comprar unos chocolates a su novia o “felicitar” a sus compañeras de trabajo porque hoy es su “día”. En el fondo es lo mismo que pasa el día de la madre, todos nos contentamos con regalar una “licuadora” a mamá o con llevarle el desayuno en la cama.

Afortunadamente en medio de tanta tontería y falsedad, existe un grupo de mujeres y hombres sinceras y sinceros que se atreven a salir a la calle a reclamar y devolver el significado histórico que tiene esta fecha: la lucha por la dignidad de la mujer en la sociedad.  Esta es una tarea que corresponde tanto al movimiento feminista como a los hombres conscientes de su papel en esta lucha diaria.

Importantes figuras del movimiento feminista, obrero y socialista en general saltan a nuestra memoria en estos momentos: Emma Goldman, Luisa Michel, Federica Montseny, Carmen Lyra, Simone de Beauvoir, Eunice Odio y Talía Rojas, son muchas de las luchadoras que nunca se cansaron de reclamar un espacio digno para miles de mujeres.  Todas ellas disputaron con su vida un lugar en la historia, no para jugar los rituales institucionales del poder, sino para construir lo que querían: una vida libre y justa.

Este 8 de marzo cobró un significado totalmente diferente para mí.  Mientras las calles eran disputadas por el comercio, los rituales institucionales y el movimiento feminista, yo me encontraba en el hospital en una Unidad de Cuidados Intensivos con varias de esas mujeres anónimas que nunca serán registradas en los libros de historia.  En este momento quiero rendir homenaje a una de ellas: mi hermana.

En una camilla amplia, llena de claves que atravesaban su cuerpo y muchas máquinas que mantenían funcionando sus órganos dañados, estaba la única mujer entre cuatro hermanos. Ese día, pasaba por una de sus constantes crisis, en una lucha aguda que la mantuvo ocho días en disputa, cada segundo que pasaba su vida se deslizaba entre una máquina y la muerte. En medio de esta realidad, sus deseos de vivir nunca fueron tan fuertes; puedo decir con toda confianza, que ese 8 de marzo será el día en que mi hermana dio todo lo que estaba a su alcance para seguir adelante.

En medio de la crisis que mantenía su cuerpo en dura fragilidad, lo único que se me ocurrió hacer fue leerle poesía y Benedetti fue el testigo de nuestro encuentro. Mientras buscaba los poemas que más le podían gustar, la veía ahí vulnerable y luchadora, serena y rabiosa, rebelde y amorosa, todos estos sentimientos que cruzaban su personalidad. A pesar de estar inconsciente, su cuerpo batallaba por otra oportunidad. Y es que en ese momento entendí uno de los enigmas que más me ha atormentado: la vida y la muerte pueden ser dos caras de la misma moneda; son dos complementos del mismo proceso.

Hoy entiendo que como ella, ese día había miles de mujeres más en una situación similar y no puedo dejar de pensar en el coraje y fortaleza que implica dejar de existir por decisión propia, a pesar del dolor que nos causa a todas y todos los que la queremos. Ese día la poesía fue la única forma de comunicación que encontramos los dos; al otro día su cuerpo no resistió la travesía y decidió descansar.

Ese 8 de marzo quedará grabado en mi corazón como el último día en que Annaliza, una mujer joven con muchas alegrías y dolores, dio todo lo que estaba a su alcance para luchar. Este será el día en que pongamos más atención a las voces silenciadas, a las pequeñas luchas, a las contradicciones y sobre todo a la fortaleza de muchas mujeres que deciden tomar la vida en sus propias manos.  Sin víctimas ni verdugos, defendiendo la alegría hasta nuestro último aliento. Amor y libertad hermana.

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