Colateral

De vez en cuando, en un mismo espectáculo, se conjugan el filme de género, las tradiciones de una cultura, un espacio/tiempo concentrado y reflexiones

De vez en cuando, en un mismo espectáculo, se conjugan el filme de género, las tradiciones de una cultura, un espacio/tiempo concentrado y reflexiones estimables sobre la condición humana. Ejemplo excepcional de esto es Los siete pecados capitales, gracias al brillante guión original de Kevin A. Walker y a la eficiente dirección de David Fincher.

Una notable muestra de estos logros es Colateral, atractivo thriller que explora el género policial -en particular su faceta del mundo gangsteril-, que recrea patrones muy estadounidenses, hace un uso notable del mundo visto desde un taxi, y deja sabrosas reflexiones éticas.

Éste es un típico policial, ambientado en el hormigueo de la urbe posmoderna; en una noche agitada y peligrosa un criminal solitario es antagonista por casualidad de un inocente (que al final lo llega a imitar), y un coro de otros delincuentes y policías o detectives les sirven de referencia. No faltan los iconos: vehículos automotores, armas de fuego, teléfonos. Las tendencias recientes, que diluyen las barreras entre ambos lados de la ley, aquí son aún más ricas, porque ponen en duda la perspectiva y los prejuicios morales.

No deja de ser un road movie, pese a su breve recorrido, y hasta recuerda a Bergman, tan afín a los viajes y a las introspecciones psicológicas (claro, aquí la violencia aparece como exterior y no como explosión interna). No faltan la pareja dispareja, el blanco Vincent y el negro Max, personalidades opuestas (apropiadamente interpretadas por Tom Cruise y Jamie Foxx), ni las buenas paradojas: el chofer va a ciegas mientras el pasajero impone el rumbo, el asesino realiza su cometido con precisión y evita daños innecesarios, pero el inocente provoca con su torpe reacción víctimas imprevistas.

El cine latinoamericano también se ha montado en un taxi para urdir relatos convincentes, como en la popular «Taxi para tres», que maneja hábilmente el paso de lo patético a lo ridículo y viceversa. O en «Taxi un encuentro» de Gabriela David, la tímida y sagaz argentina, que conocí en el Festival de Cine de Viña del Mar, donde ganó el Premio al mejor filme con un relato, asimismo, de marginalidades y esperanzas rotas. El espacio reducido, el azar y la necesidad que determinan los pasajeros y sus mundos insólitos en fugaz relación con el chofer, tienen una potencia formidable. En el caso de Colateral se pasa finalmente del retrovisor del auto a las puertas de vidrio y metal de un tren subterráneo, éstas determinan el final, cuando ambos protagonistas ya no conducen sino que son conducidos, y realizan su destino. Max, mediocre al inicio, se transforma en el espejo del otro y aprende a creer en algo y a asumirlo hasta las últimas consecuencias, no en las mentiras y excusas que lo nublaban. Vincent, fiel a sí mismo, se entrega a la muerte sin perder un ápice su dignidad y convicción admirables.

Admito haber disfrutado mucho de un filme que solo flaquea en algunas exageraciones usuales. Y aprecio, inmensamente, el estímulo de un personaje como Vincent, que reta los lugares comunes. Porque, sicario como es, resulta paradigma moral. Coherente y disciplinado, no se aparta para nada de sus objetivos, y no duda en arriesgar su vida, no por la recompensa, sino por el valor absoluto del deber cumplido. Carece de crueldad, esto es esencial. Quiero decir, no hace más daño que el indispensable para lograr sus objetivos, ni disfruta en modo alguno de ese daño, mientras que en el mundo es constante el ejercicio de la crueldad, el regodeo en el sadismo, así sea en crímenes espantosos o en los pequeños infiernos cotidianos. Pero, es un asesino a sueldo; su trabajo es ciertamente inmoral. Vale pensarlo. Y disfrutar del viaje.

 

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