Quijongueros, coyotes de las mismas faldas

El jurado del Premio Nacional de Cultura Popular Tradicional 2014, del Ministerio de Cultura y Juventud, reconoció el aporte musical de los quijongueros.

Para este miércoles 27 de mayo el Ministerio de Cultura programó la entrega de los galardones nacionales en el Teatro Nacional, entre ellos a dos de estos sobresalientes músicos que aún hacen sonar su cuerda.

UNIVERSIDAD viajó a Guanacaste para conocer y escuchar sus vidas y su arte.

Eulalio “Lalo” Guadamuz Guadamuz

Es febrero en Bagaces, Guanacaste. El viento entre los árboles parece la lluvia que no cae. La tierra brilla con el sol de la media mañana, como un pozo lleno de olominas. El aire huele a mar sin mar. En medio de un terreno amplio colindante con el río Potrero, aparece don Lalo Guadamuz Guadamuz, arqueado de vivir casi 90 años y de tocar el quijongo. Es como su quijongo: enjuto y sonoro, alegre. Tiene el rostro surcado de arrugas, quemado por los días ardientes y secos de la llanura. Así es. Con su voz quebrantada que trata de aspirar el aire perdido por la suma de los tiempos, y las manos que no se cansan de buscar los materiales para construir su instrumento preciado, una y otra vez. Ese que toca desde que tenía 13 años.

Fue amor a primera vista, aunque tal vez no haya sido su primer amor. Trabajaba don Lalo chiquillo en una finca que le dicen Monteverde, cuando a los güilas los ponían a hacer labores. Había un señor cuya tarea era ser guacho: “Alguien que ocupaban antes las cocineras para que les moliera el maíz, les jalara la leña, les sacara el agua, barriera los patios, cuidara los chanchos… y para todo aquello que pudieran hacer”. Pues este guacho tenía un quijongo, y don Lalo adolescente escuchaba a escondidas el extraño y disonante instrumento mestizo, posiblemente de origen africano, aunque también indígena. Y fue así como aprendió, tesoneramente; lo fabricó muchas veces, lo entonó las más –aunque no era músico– hasta que lo logró.

“No soy hijo de músico: mi papá no tocaba marimba, ni guitarra, ni dulzaina, pero cada quien trae su signo y eso es lo que soy”.
Premio Nacional de Cultura Popular Tradicional 2014

En aquellos tiempos, abundaban los quijongueros en esta zona de Bagaces, la única donde asegura el músico que llegó a verlos; por eso aprendió a crearlo mirando y a tocarlo oyendo. Luego, leyó solfa en la filarmonía de vientos de su pueblo, en donde tocaba dulzaina, quijongo, marimba y contrabajo. Don Lalo es tan músico que hasta para andar a caballo dice que lo es. “Un músico camina con la bestia al paso, no porque no pueda montarlo, sino para cuidar el instrumento que lleva”. Un día, cuando se quemó la alcaldía donde estaban los instrumentos, no tocó más. Solo su quijongo. “Me gustan las jícaras que se oigan con la voz perfecta”.

Don Lalo busca una vara derecha de ‘guácimo ternerero’ (Guazuma ulmifolia), la pela con el machete, la carea, le hace un boquete arriba y abajo para que el alambre de llanta de carro no se escurra; la arquea, amarra el alambre, coloca la jícara y el pañuelo y la entona. “Las pequeñas me dan el sonido”. Con ese quijongo vuelven a cobrar vida “El diablo chingo”, “Pasión”, “Soy como soy”, “Morenita”, “Fidela”, “La cajeta”, “El zapateado”, “El cambute”. El quijonguero no quisiera que la tradición desaparezca. Dice con desaliento que los muchachos prefieren ir a jugar bola, que no tratan de aprender la música. “Yo no soy hijo de músico: mi papá no tocaba marimba, ni guitarra, ni dulzaina, pero cada quien trae su signo y eso es lo que soy”.

Isidoro Guadamuz de la O

En Santa Cruz centro vive don Isidoro Guadamuz de la O. Por la calle frente a su casa pasan y pasan automóviles, motos y buses sin cansarse; por estar la puerta francamente abierta aturden e interrumpen la conversación. Don Isidoro se sienta en un sillón de la sala, se coloca el quijongo entre las piernas y apoya su dedo pulgar del pie al final de la larga vara de guácimo ternerero. Es inquieto y no puede dejar de tocar mientras habla.

A los 10 años, en tercero o cuarto grado, llegó un señor de Matapalo de Santa Cruz llamado don Trino o Trinidad Zelaya –cuenta el músico con facciones indígenas–, casi sin arrugas a sus 80 años y con voz ronqueta. Don Trino hizo un espectáculo con el quijongo y nadie de toda la muchachada, ni siquiera los maestros, se intrigó; “solo yo, que se me dio por preguntar cómo y por qué”. El quijonguero lo mandó a buscar una vara de achote, cuerda de ‘bejuco de ventanilla’ –que se le llamaba así porque la gente lo ponía en las ventanas y sonaba “uuuu”– y una cuyundita delgada de cuero de vaca. “Pero no me servían”. Don Isidoro siguió de necio y de necio hasta que usó la vara de guácimo ternerero, un alambre de llanta de pick-up y una jícara de ‘jícaro llanero’.

“Ahora la juventud está por otra calidad de música y creen que el quijongo es feo; pero, para mí, es el más bonito que he tocado. Este es el instrumento mío”.
Premio Nacional de Cultura Popular Tradicional 2014

El músico ha compuesto cantidad de canciones. Se dice autor de “El brinco del sapo” y “La tanela”, entre otras piezas. Cuando tenía 9 años lo mandaron a tocar la tuba en la banda municipal; luego, con 11, lo pasaron al saxofón tenor y, cuando se fueron los bajistas, el maestro lo “acomodó” en ese instrumento. También ejecutó la trompeta durante una década, pero después ya no quiso tocar más y se dedicó solo a su amado quijongo, que sonaba en escuelas y colegios, aunque también en su íntima soledad.

Don Isidoro daba clases en la Escuela de Música de la Universidad de Costa Rica; enseñaba teoría, iniciación, formación en trompeta, trombón de vara, violín… en estas lides logró que 12 profesores aprendieran el quijongo sin continuar con su ejecución. “Ahora la juventud está por otra calidad de música y creen que es feo; pero, para mí, es el más bonito que he tocado. Este es el instrumento mío”. Los alumnos le preguntan que quién los va a buscar para que toquen el quijongo, y don Isidoro les responde que lo hagan por lo que dan al pueblo de Guanacaste y Costa Rica, para que no se pierda la tradición del quijonguero.

Felipe Quirós Quirós

Don Felipe vive en el centro del pueblo de Bagaces, en medio de vecinos pared con pared, tiendas, aceras y calles asfaltadas. La entrada de su casa es un espejo donde se refleja el sol, tan fuerte alumbra a esa hora de la mañana. Nos recibe su voz apretada en el pecho de asmático, su figura delgada encumbrada por una mata de pelo canoso. Nos conduce a un pequeño solar al fondo, donde tiene arrecostado el quijongo a la par de una silla, un perico enjaulado −tan verde como suelen ser− y un ventilador bullicioso.

Don Felipe se sienta, abraza el quijongo y le arranca un sonido que se mete entre las fibras de eso que llamamos alma, algo en el puro centro del cuerpo. Dice que es muy nuevo tocando el instrumento, que hace 13 años le gustó el sonido y que nadie le enseñó a tocar. “Yo veía a mi papá y a otro señor de Bagaces, y con solo ver me puse a tantearle y a buscar las notas”. Buscó, buscó y encontró las primeras piezas; siguió buscando y buscando y mejoró el sonido de la jícara, hasta que “le vino a encontrar más de la cuenta”.

“Cualquiera dice que no tiene ninguna gracia, pero ya usted vio las notas que yo le saco a ese quijongo”.
Felipe Quirós Quirós

Su primer quijongo fue hecho por las manos de su padre, quien junto a su tío era quijonguero. No recuerda muy bien el nombre de las piezas que interpreta; una se llama “El conejo” y otra “La cucaracha”, con arreglo de Jorge Acevedo, con quien anduvo en lugares tan distantes y disímiles como San José, el salón de Artes Musicales de la Universidad de Costa Rica… hasta en Liberia, en el Pelón de la Bajura.

Don Felipe cumplió en mayo 79 años, es pensionado y viudo; no estudió porque en ese entonces no había escuelas “así como ahora, que donde quiera hay”; además, porque su papá le pedía que le ayudara con las labores del campo. Entonces, de pequeño trabajaba duramente con un machete para chapear y con macanas para hacer huecos y cercas. También laboraba en la chocola, “cuando uno iba a golpear una montañuela con hacha −no con sierra−”, en los tiempos del inicio de la ganadería cuando se abrían potreros y se sembraba arroz.

“Me gusta el quijongo”, dice entre toses. Don Felipe augura que el quijongo va a desaparecer si “los que se están levantando no quieren aprender, primero porque tienen que ir al monte a escoger la vara, labrarla, amarrarle un pañuelo para que amacice la jícara”. Pero ya de esos ‘coyotes’ casi no quedan. “Y eso sería una lástima porque parece nada, solo una vara y un alambre ahí puesto, que cualquiera dice que no tiene ninguna gracia, pero ya usted vio las notas que le saco a ese quijongo. Es una lástima que nadie quiera aprender a tocar”.

Premios Nacionales de Cultura Popular Tradicional

2013: Evangelista Blanco, creador de figuras de ciprés del parque de Zarcero

2012: Georgina Acevedo, por el rescate y proyección de la cultura popular guanacasteca y nacional.

 

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Don Felipe

Don Isidoro

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