Obama mantiene ventaja en elecciones de difícil pronóstico

Una lucha cerrada, en la que el presidente Barack Obama aparece aún con alguna ventaja, es la que se libra en torno a la

Una lucha cerrada, en la que el presidente Barack Obama aparece aún con alguna ventaja, es la que se libra en torno a la presidencia de Estados Unidos, aunque a solo tres meses de las elecciones del 6 de noviembre próximo, no puede darse como un hecho su triunfo sobre el republicano Mitt Romney, exgobernador de Massachusetts.

Un sondeo de la cadena NBC y el diario The Wall Street Journal de fines de junio le daban a Obama una ventaja de apenas tres puntos, 47% a 44%, un empate técnico, una cifra similar a la que se ha venido difundiendo en encuestas más recientes.

Sin embargo, una corresponsal del diario español El País en Washington decía que “Obama cuenta con la gran ventaja de liderar en los llamados swing states (Estados que no tienen definido su voto) y parte como favorito entre los jóvenes, los afroamericanos y los latinos. Además, el presidente sigue siendo una figura popular: el 48% de los encuestados tiene una buena opinión de él; mientras que Romney sigue sin convencer a los votantes: solo un 33% lo ve con buenos ojos, en tanto que el 39% tiene una impresión negativa del exdirectivo de la empresa de capital riesgo Bain Capital”.

Todavía es temprano para tener una visión más clara del posible resultado y la atención de los analistas se concentra en diversos aspectos de la campaña, entre ellos su costo y su financiamiento.

Se estima que ese costo podría acercarse a los $5000 millones. Los medios siguen, como una verdadera “competencia”, los millones que cada comando recauda mes a mes, mientras se multiplican las advertencias sobre las consecuencias que, para la política del país, tiene la creciente influencia de los grandes capitales en las campañas.

GIRA

El tema fue objeto de la reciente gira que el candidato republicano hizo a Inglaterra, Polonia y, sobre todo, a Israel, donde Sheldon Adelson, el magnate del juego —­al que el New York Times acusó, en un editorial, de ser poco menos que un mafioso—, le organizó una cena para 150 invitados especiales. «Ningún estadounidense está dedicando mayores cantidades de su dinero para derrotar al presidente Obama como Sheldon Adelson», decía el editorial.

La gira de Romney resultó en una sucesión de polémicas, repetidas en cada una de las escalas hechas por el candidato republicano. En Israel, arropado por Adelson, reivindicó a Jerusalén como su capital, contra acuerdos internacionales que no reconocen el derecho de ese país a ocupar la ciudad. Esto desató la crítica de los palestinos y la sorpresa de la comunidad internacional.

También, Romney enfrenta una polémica en Estados Unidos por su papel como propietario de la empresa Bain Capital y la estrategia de esta firma, “de externalizar puestos de trabajo enviándolos a países como China o India”.

Además, a Romney se le acusa de invertir su fortuna en paraísos fiscales, como Bermudas, Islas Caimán o Suiza, sin que el candidato republicano acepte hacer públicas sus declaraciones de renta anteriores al 2010.

En todo caso, el candidato republicano evita definir con mayor precisión sus posiciones. En cambio, el presidente Obama, su rival, ve cómo el “encanto” con el que llegó a la Casa Blanca hace casi cuatro años se disipa, en medio de una crisis económica que no da tregua.

Según una encuesta de fines de julio, un 56% del electorado estimaba que la administración Obama había transformado de una manera negativa el país, mientras que solo un 35% creía que la transformación había sido positiva.

BURBUJA

La situación económica sigue siendo la mayor preocupación de los norteamericanos. Persiste no solo un débil crecimiento económico, sino indicadores de que la crisis está lejos de solucionarse. Este es el principal desafío de la campaña de Obama.

En marzo pasado, el periodista Dean Baker recordaba, en el periódico inglés The Guardian, algunos de esos indicadores. Entre otros, el creciente déficit comercial, que podría llegar este año a unos $640 000 millones (equivalente a 4% del Producto Interno Bruto del país) y un débil consumo interno, con ajustes de salarios que no compensan siquiera la inflación.

Como telón de fondo, está la deuda pública, que tampoco cesa de crecer y que ya a finales del año pasado había superado los $15 000 millones.

“Estados Unidos funcionó con un déficit creciente, que llegó a 500 o 600 mil millones de dólares. Ese tipo de políticas refuerzan al capital financiero, porque esos títulos de deuda son operados por el sector financiero, que los transforma en derivados y consigue multiplicar por cinco el valor”, explicó el economista brasileño Theotonio dos Santos, al analizar la situación económica de Estados Unidos.

Dos datos más muestran otros aspectos de la crisis. El primero es que cerca de 10 millones de empleos se han perdido desde que empezó hace ya casi seis años. El segundo es el proceso de concentración de la riqueza y la ampliación de las disparidades sociales hasta niveles nunca vistos. Estadísticas recientes del buró de censo de Estados Unidos muestran que casi la mitad de los norteamericanos viven actualmente en condiciones de bajos ingresos o de pobreza.

Una de las razones que explican esta situación es el proceso de concentración de la riqueza, que se ha acelerado en los últimos 30 años. De acuerdo con un estudio de Emmanuel Sáez —de la Universidad de California-Berkeley—, para el 2008, los ingresos del 1% superior era de casi $1.14 millones anuales, mientras que el del 90% de la población de menores ingresos alcanzaba apenas los $31 244, como promedio.

Se pueden leer en los medios los más diversos diagnósticos, como el que publicó Global Research en el 2010, en el cual advierte sobre la gravedad de la situación.

En un estudio titulado “Situación financiera desesperada, la mayor burbuja de deudas en la historia del mundo”, se señalaba que “la  mayoría de los estadounidenses sabe que la economía de EE.UU. anda muy mal, pero lo que no sabe la mayoría es hasta qué punto es realmente desesperada la situación financiera del país”.

Y agregaba: “La verdad es que lo que estamos viviendo no es simplemente una ‘depresión’ o una ‘recesión’. Lo que estamos presenciando es el comienzo del fin de la mayor maquinaria económica que el mundo haya visto. Nuestra codicia y nuestra deuda se están comiendo literalmente viva a nuestra economía. La deuda total gubernamental, corporativa y personal ha llegado ahora a un 360% del PIB, lo que es más que lo que alcanzó jamás durante la era de la Gran Depresión”.

“Hemos desmantelado —agrega el informe— casi en su totalidad nuestra otrora colosal base manufacturera, hemos enviado a millones y millones de puestos de trabajo de la clase media al extranjero, hemos vivido mucho más allá de nuestros medios durante décadas y hemos creado la mayor burbuja de la deuda en la historia del mundo”.

El estudio termina señalando 50 estadísticas muy reveladoras sobre la economía de EE.UU., “que son casi demasiado demenciales como para creerlas…”. La primera es que, en el 2010, Estados Unidos emitiría casi tanta deuda nueva, como el conjunto del resto de gobiernos del mundo.

Este será, sin duda, el mayor desafío del próximo gobierno, ya sean otros cuatro años de Obama o un primer período del republicano Romney.

La realidad es que las expectativas despertadas por Obama se difuminaron pronto. Quizás por el hecho señalado por el analista George Friedman, en un artículo reciente sobre “La elección, la presidencia y la política exterior”.

“La presidencia norteamericana está diseñada para decepcionar”, afirma, al iniciar su artículo que, si bien está referido a la política exterior, no deja de señalar un aspecto que incide en la política norteamericana, en general.

El presidente está atrapado por la opinión pública, por la injerencia del congreso y, sobre todo, por las realidades geopolíticas, asegura.

Los presidentes, concluye Friedman, “hacen historia, pero no como quisieran. Están constreñidos y acosados por todos lados por la realidad”. Una frase que recuerda el permanente debate sobre las diferencias y, sobre todo, la importancia de esas diferencias entre los candidatos demócratas y republicanos que, si bien existen, al final parecen limitadas por este marco referencial de la “realidad”.

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