Año de colipatos

No es que una golondrina haya hecho verano -como dice el adagio- muy de mañana hoy 1º de agosto, aquí en Heredia. Pero, como

No es que una golondrina haya hecho verano -como dice el adagio- muy de mañana hoy 1º de agosto, aquí en Heredia. Pero, como en los tiempos de infancia, mi corazón se ha sobresaltado de alegría al ver una colipato. Y después otra, y otra, y otras más, maravillosamente puntuales, para saber que ¡han retornado al Valle Central!

Diáspora noble y bondadosa, a la vez que misteriosa. No son como esas langostas o chapulines que, formando inmensas «mangas» o masas migratorias -documentadas incluso en los registros bíblicos-, arrasan con cuanta vegetación hallan a su paso. No. Durante su silenciosa, pertinaz y extensa travesía por los cielos americanos, en la que desafían soles implacables, lluvias desbocadas y vientos a veces inclementes, por combustible cuentan con apenas las reservas nutritivas almacenadas en sus cuerpos, las cuales complementan con el néctar de las flores de guaba, cinco negritos y algunas otras plantas (una vez, en 1976, bajando de Talamanca, vi centenares colgadas de las inflorescencias de un árbol de targuá); al parecer, solo los machos liban arena a orillas de ríos, buscando sales minerales.

Expuestas a tantas inclemencias y riesgos, eso sí, cuentan con el abrigo protector de sus colores. Porque sobre el trasfondo negro de su cuerpo resaltan múltiples líneas verde-metálico. De allí su bellísimo nombre científico, Urania fulgens, que alude al verde del planeta Urano, refulgiendo en la hermosa sencillez de estas criaturas de colas largas, cuya esbelta silueta incluso ha inducido este año a la famosa casa Lladró a comerciar una preciosa escultura de porcelana con su forma y nombre. Sí, colores aposemáticos -como les llamamos los entomólogos-, para advertirle a las aves depredadoras que, si las picotean, sufrirán de inmediato serias náuseas y vómitos y no repetirán su agresivo acto.

Y es este su don, pero a la vez su maldición. Incapaces de generar sus propias defensas, sus larvas han evolucionado la capacidad de adquirir o «secuestrar» de sus plantas hospedantes las sustancias defensivas (alcaloides) que necesitan para ello. Dichos hospedantes son algunas especies de bejucos muy grandes, llamados Omphalea, pero cuando las larvas consumen sus hojas año tras año, suben tanto los niveles de alcaloides que la planta se torna incomible. Es entonces cuando los adultos deben migrar, buscando bejucos menos tóxicos en otras zonas. Sin embargo, al ser liberados de dicha presión, meses o años después los bejucos se tornan susceptibles de nuevo.

Por mucho tiempo se pensó que las migraciones se iniciaban en México y culminaban en América del Sur, pero hoy, gracias sobre todo a los estudios del Dr. Neal G. Smith (Instituto Smithsoniano, Panamá), así como a entomólogos locales, como Jorge Corrales, sabemos más, para descifrar tan intrigante acertijo. Por ejemplo, ahora se sabe que hay migraciones locales. En realidad, aquellos bejucos aparecen en sitios muy húmedos de ambas costas, y con ellos conviven las colipatos, desde el Parque Nacional Carara hasta Punta Burica. Por tanto, las migraciones ocurren desde el Pacífico Sur hacia el Caribe, normalmente a través de las depresiones de las montañas, aunque algunas muy audaces han sido observadas a más de 3500 m de altitud, por las alturas de Chirripó.

También, ahora se sabe que todos los años hay migraciones, pero de mucha menor cuantía, casi imperceptibles. En cambio, las migraciones masivas, que comienzan en agosto y pueden prolongarse hasta noviembre, se presentan en ciclos más o menos fijos y predecibles. Smith -quien tiene registros desde 1850- señala que dichos ciclos eran de ocho años hasta mediados del decenio de los 50, cuando parecieron acortarse a cuatro años, aunque Corrales ha documentado ciclos de seis años aquí. ¡Un enigma más, junto con el hecho de que los ciclos parecen ser coincidentes en todo el ámbito de distribución de la colipato, desde México hasta Ecuador!

Pero lo bueno es que, también por algún insondable misterio, las generaciones nacidas en los nuevos sitios invariablemente regresan al terruño de los ancestros ayer en diáspora. Y fue con esa certeza que rematé mi artículo «Las colipatos» (Semanario Universidad, 3-XI-95), escrito durante su fortísima migración de hace un decenio, al decir: «Ellas no volverán,  pero sí sus descendientes. Por dicha siempre estarán aquí, reeditando esta maravilla de la creación, reavivando el latir del tierno corazón de nuestra infancia». Porque sí, las querremos aquí siempre -aunque nunca desentrañemos la totalidad de sus arcanos-, colmándonos los ojos y el alma con su sola presencia, sencilla y magnífica a la vez.

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