Contradicciones políticas

Para lidiar con la realidad y  poder tomar las mejores decisiones posibles en el contexto de su propia falibilidad, el ser humano cuenta con una facultad: la razón –que identifica e integra el material provisto por los sentidos-. Y también cuenta con un método: la lógica –la integración no contradictoria-. Estas dos herramientas le permiten […]

Para lidiar con la realidad y  poder tomar las mejores decisiones posibles en el contexto de su propia falibilidad, el ser humano cuenta con una facultad: la razón –que identifica e integra el material provisto por los sentidos-. Y también cuenta con un método: la lógica –la integración no contradictoria-. Estas dos herramientas le permiten a uno adquirir e incrementar su conocimiento, es decir, su capacidad de sobrevivir y prosperar como ser humano.
El método que usa la razón para identificar e integrar el material proporcionado por los sentidos es la lógica. La lógica nos permite llegar a conclusiones objetivamente, al derivarlas de los hechos de la realidad –en última instancia, de la evidencia proporcionada por los sentidos-. Pero este método debe  identificar los hechos que observa de manera no contradictoria, porque las contradicciones no pueden existir: una contradicción es la prueba de un error. Cuando usted piense que está frente a una contradicción, revise sus premisas. Siempre encontrará alguna equivocada.
Antes de señalar ciertas contradicciones políticas, veamos dos contradicciones de una filosofía relativista, el pragmatismo. Esta declara que uno debe ser «práctico», sin tener principios absolutos. El prag¬mático dice que todo es relativo, que A será A hoy, pero puede ser B  mañana. Así exhibe un fenómeno psicológi¬co –la “racionalización”- que provee a sus emociones de una falsa justifi¬cación, ocultando sus verdaderos moti-vos. Por ejemplo, al decir «quizá fue cierto ayer, pero no lo es hoy», lo que el pragmáti¬co desea es aceptar con¬tra¬dicciones sin que nadie se lo recla¬me. Y al decir «no hay nada absoluto», evade que contradictoriamente está afirman¬do un supuesto absolu¬to.
Pasando al ámbito político, una contradicción es que si se trata de dirigir pequeños negocios que requieren solo el buen sentido, el político juzga que los ciudadanos son incapaces de ello, por lo que debe “regularlos”; pero para la más importante decisión de elegir al gobier¬no de todo el país, el político no solo considera capaces a esos mismos ciudadanos, sino “pueblo sabio”. Fréderic Bastiat señala cómo el político proclama la sabiduría del votante cuando hay elecciones: ¡el pueblo no se equivoca! Pera ya electo, ese político nos ve como ignorantes y nos “protege” contra nosotros mismos. Otra contradicción. Además, ¿cómo es que personas que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismas pueden dirigir bien a quien debe conducirlas a ellas?
Otra contradicción relacionada a esto es que después de proclamar, según la democracia, que cada persona puede postularse y es capaz de gobernar el país, el político la declara incapaz de gobernarse a sí misma.
Por otra parte, pero similarmente, el político intenta justificar un sistema de seguro social obligatorio bajo la premisa de que los trabajadores no tienen ni la sabiduría ni la fortaleza moral para ahorrar con el fin de cuidar su salud y su futuro. Pero entonces no es fácil silenciar las voces que preguntan si no es contradictorio decidir el bienestar de una nación mediante el voto de personas incapaces de manejar sus propias vidas; si no es absurdo poner en una posición de supremacía  a quienes necesitan urgentemente que alguien les impida desperdiciar sus propios ingresos. Una contradicción más.
El político también intenta justificar que el Estado asuma la beneficencia diciendo que el ser humano no tiene compasión, y que por lo tanto no ayudará a los más necesitados a menos que sea forzado. Pero si eso es cierto, ¿no es esta más razón para quitarle al Estado esta función, porque este consiste de funcionarios que son esos mismos seres humanos sin compasión, pero con un poder ilimitado para obligar a otros? Otra contradicción.
Finalmente, un aspecto de la “igualdad” proclamado por ciertos políticos es el ideal de una “parte justa de la riqueza para todos”. Pero, ¿quién va a decidir? Alguien tendría que decidir qué parte es “justa” y debe necesariamente tener la autoridad de imponerle sus decisiones a otros. Pero, ¿no contradice esto el principio de “igualdad”? ¿Son los que deciden e imponen sus decisiones iguales a aquellos por quienes están decidiendo? ¿No estamos aquí ante una situación contradictoria como la descrita por George Orwell en “Rebelión en la granja”, donde los chanchos que gobiernan proclaman que todos los animales son iguales, pero que los chanchos son “más iguales”?

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