El teatro del horror en noticieros y periódicos

Desde hace mucho tiempo, tanto los penalistas como las autoridades estatales y el ciudadano común, defienden la tesis de que las penas tienen tanto

El filósofo del derecho y penalista costarricense Minor E. Salas, en un artículo intitulado “Theatrum Horroris: Nacimiento del derecho penal como espectáculo” (2008. Buenos Aires: Cuadernos de Doctrina y Jurisprudencia Penal – Casación. N. 6/7), establece una peculiar conjetura histórica sobre un fenómeno propio de la aplicación Estatal de las brutales penas corporales. Estas han acompañado la historia de occidente desde la antigüedad y hasta la temprana contemporaneidad. Salas apunta que las penas corporales aplicadas en espacios públicos (v.g. plazas) fascinaban a las multitudes, quienes se reunían para presenciar el sufrimiento personal de individuos a los que no conocían y con los que no tenían nada que ver.

Desde hace mucho tiempo, tanto los penalistas como las autoridades estatales y el ciudadano común, defienden la tesis de que las penas tienen tanto un fin (valor) como una función (real) preventivas del delito (posición general que, por otra parte, ha tendido a ser desmentida también por la criminología). No obstante, según se desprende de los múltiples e impresionantes ejemplos históricos documentados por Salas, en el caso de la aplicación pública de las severas penas corporales -por lo demás, una desgracia privada para el condenado- por lo menos una de sus funciones reales y normales, fue el macabro entretenimiento que significaba para las muchedumbres. Empero, hoy día ya no existe esta forma de penalización y el Estado mantiene escondidos a los delincuentes en las cárceles.

Me gustaría presentar una sencilla hipótesis sobre un tema relacionado aunque diferente: la insistencia de muchos noticieros y periódicos costarricenses en atragantar al público con desgracias privadas posee una semejanza notable con el fenómeno socio-histórico ya comentado sobre las penas corporales como mero espectáculo. Nótese el bajo valor informativo de las constantes reseñas sobre la agresión sufrida por fulano o el accidente automovilístico en que participaron tal o cual personaje. No nos permite tomar posición sobre medidas idóneas para solucionar algún problema social o natural general, sea nacional o internacional. No explica las consecuencias o causas de algún fenómeno problemático. Alguien podría replicar, quizá, que el ver constantemente quién fue asesinado y a quién arrestó el OIJ permite inferir las dificultades en seguridad ciudadana que sufren algunas regiones del país. Respondo: eso no es lo que se presenta en los reportajes o reseñas (si aparece tal cuestión, apenas lo hace como un sucedáneo).

Otra luz se nos presenta, si contemplamos la marejada indiscriminada de ‘sucesos’ que se exhiben como una forma de entretener, como un Theatrum horroris. Aquí, en la relación de los noticieros y ciertos periódicos patrios con su público, lo relevante parece ser recrearse con el espectáculo de la desgracia privada. Las mentes permanecen dormidas y el desarrollo enterado de opiniones sobre problemas generales estancado. Después de todo, ya cada quien tiene sus dificultades personales. ¿Para qué preocuparse con crisis económicas, sociales o naturales? Mejor un suceso. Se busca así, el placer voyeur de contemplar las vidas privadas de otras personas, en especial si sufren. No obstante, si por ventura se excluye la mención de desgracias, normalmente se substituye por alguna historia de la buena vida de x persona. En suma, más vouyerismo.

En síntesis: existe una semejanza relevante entre la pena corporal pública como espectáculo, propia del occidente de tiempos pretéritos, y la insistente y todo-abarcante presentación de ‘sucesos’ en noticieros y algunos periódicos nacionales: la desgracia personal y privada como espectáculo para las masas. Debo agregar que considero dis-valiosa tal forma de espectáculo. Esta práctica impide o estorba la posibilidad de que el ciudadano se informe sobre acontecimientos o problemas que sí son de importancia, tanto para su vida en su correlación con otras personas como para su participación en la sociedad de la que forma parte. Esto, ayudar con el Sapere aude (atrévete a pensar) de Kant, es lo que debería considerarse valioso en los medios de comunicación de una sociedad que pretenda ser educada y con las miras en ciudadanos responsables y sensatos. Para el individuo, el camino es quizá más sencillo: no comprar ciertos diarios y apagar el televisor.

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