La soledad del juzgador

La obra, que no pretende ningún rigor científico y a la que no le alcanza ni para pedir prestada alguna firmeza mediante citas de

Un libro egolátrico publicado en el 2007 por la periodista Elisa Beni, esposa del juez español Javier Gómez, Presidente del Tribunal que juzgó los atentados madrileños del 11 de marzo del 2004, desnuda al juez como ser humano con preocupaciones, dubitaciones y temores.

La obra, que no pretende ningún rigor científico y a la que no le alcanza ni para pedir prestada alguna firmeza mediante citas de autoridad, puede servir al análisis riguroso, si se mira bien entre sus letras, del problema más descuidado y a la vez más delicado de la impartición del derecho: la subjetividad del juzgador que niega la objetividad del derecho.

En primer lugar, la comunicadora pone en evidencia, al relatar ciertas intimidades del proceso penal dirigido por su marido, que este se tomó la licencia de participarla de detalles que ella ve como primicia allí donde un jurista solo nota indiscreción y peligro. El juez no solo ventilaba con su esposa su estado anímico y consustancial desgaste por el enorme proceso, sino sus dudas existenciales en torno a las decisiones interlocutorias que iba fijando en el tránsito al dirigir el debate, esas mismas dudas que en teoría no le están permitidas al juez como simple aplicador cuasimecánico de las disposiciones legislativas.

La esposa confiesa con orgullo periodístico y saltándose olímpicamente la puesta en evidencia de su compañero, que él le adelantaba algunas primicias en el curso del caso más noticiado de la historia judicial española. Inverosímil contraste difícil de perdonar a un juez admirado por sus formas severas al conducir el debate así como por sus poses de formalista inapelable conocedor de su oficio.

El problema no es la imprudencia de la periodista, condición casi consustancial a su oficio espectacular (según la concepción “moderna/populista” de la comunicación colectiva que ha sustituido a San Francisco de Sales por el engañoso patronazgo del raiting), sino que tan alto juez cometiera infidencias íntimas y se dejara espiar por quien no por ser su esposa ni mucho menos por ser periodista, tenía «derecho» a saber más que cualquier mortal sobre el expediente más celosamente resguardado por razones de Estado.

De ahí el mérito de un libro escrito casi como un diario de corte intimista al que en definitiva debe reconocerse el evidenciamiento  de lo que en el fondo todos temíamos, y aún más los que litigamos el derecho, pero nadie se atrevía a asegurar: los jueces, por encima de toda teoría mecanicista, son seres humanos a los que resulta imposible desprenderse del subjetivismo que tanto daña las buenas causas.

El ideal es que el juez se autovacune y con profesionalismo evite el asomo de narices ajenas al proceso litigado. Pues bien se ha dicho que es deplorable el cura que resuelve un asunto contraindicando sus convicciones, pero es admirable el juez que lejos de permitir el asomo de las suyas, se limita a aplicar el derecho reprimiendo todo viso de intención personal.

Ese es el gran juez, el reconocible profesional de la judicatura. No es otro que el que evita ventilar sus causas aún en su círculo más cercano, el que defiende sus razones solo apoyado en el derecho predicho por el legislador, por todo, su camisa de fuerza, siempre guiado por las constancias del expediente que, a la luz de sus conocimientos jurídicos, le permiten resolver objetivamente.

Desnuda así con cándida ignorancia y no sin antes desgarrar el ropaje sin mácula de la objetividad e imparcialidad que solo pueden producir los jueces positivistas, que el juez, o al menos su juez, suele adoptar su decisión por corazonada solo para luego buscar apoyo justificador en alguna norma conteste.

El peligro es limítrofe con la barbarie de la inquisición a cuya causa dedica la autora la siguiente flor: “La justicia no es mera técnica, aunque tenga mucho de técnica compleja, sino un latido del espíritu que busca la verdad sobre cualquier cosa”. ¿Con qué se come un latido del espíritu? ¿Acaso con salsa de capricho cortada con el filoso cuchillo de la ignorancia? ¿Realmente alguien con mínima formación o al menos con un detalle de cuidado puede defender la búsqueda de “la verdad sobre cualquier cosa”? ¿Aún sobre el debido proceso?

No hay «Nada más intolerante que la verdad» según Mario Bunge. Clara confirmación de nuestra sospecha inicial: lo escrito por una periodista que además es esposa, rebasa y por mucho, los límites de la prudencia y el respeto mínimo que amerita la alta figura del Juez. La responsabilidad, no obstante, no debió recaer solo en la autora del libro sino también y quizá sobretodo, en su marido, de quien salieron las informaciones y, previsiblemente, la autorización final para que el escrito se publicara. ¿O acaso lo habrá escrito ella y publicado sin el consentimiento del protagonista de su montaje idolátrico, hasta hoy, el único beneficiado por tan polémica publicación?

En este caso el juez transgredió la prudencia que le legitima y la seriedad que le abastece, contradiciéndose con la frase que su propia biógrafa le atribuye, con cuyo sentido, eso sí, coincidimos plenamente: “Un juez es por definición un profesional de la presión”. Un juez indiscreto no sabe aguantar la presión, esperemos que sean los menos.
La periodista Beni olvidó citar a Kafka, posiblemente no lo cuenta entre sus lecturas, el juez Bermúdez si lo debe recordar: “sufrir un proceso es casi peor que haberlo perdido”.
Con jueces indiscretos, ayunos de objetividad y maleables, el sufrimiento sin duda ha de ser mayor. Para los demás jueces, esos que sí logran convertirse en profesionales de la presión, todo el reconocimiento.   

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