Sarapiquí, cuando las aguas bajan y la pobreza sigue

Para muchas familias en Sarapiquí, más que una tragedia, las inundaciones significan una nueva oportunidad de recibir la atención y ayuda que no ven

En el albergue que se instaló en la iglesia evangélica Ágape, en Puerto Viejo de Sarapiquí, al tímido sol que se asomó el pasado viernes lo ven con desconfianza. La emergencia provocada por las inundaciones de las últimas semanas en el Caribe parece que por fin terminará, pero la mayoría prefiere esperar.

Para muchos en estos albergues, y contrario a lo que se pueda pensar, la “llena” que los sacó de sus casas es casi “una bendición”, o una coyuntura en la que -por unos días al menos- no deben preocuparse por llevar comida a la mesa, tienen un baño limpio, un techo seguro y un piso que no sea la básica tierra.

Esta inundación es solo un problema más de la larga lista que deben sortear todos los días, cuando el resto del país no les tiene la mirada puesta.

Estos refugios temporales, que para muchos son sinónimo de catástrofe, representan para buena parte de estas familias una oportunidad para tener algo de ayuda estatal que los salve finalmente de esa casa que se inunda cada cierto tiempo.

Todos saben que el agua bajará tarde o temprano, pero aunque la emergencia pase, la pobreza los seguirá cubriendo hasta el cuello.

Pocos hombres como Geiner permanecían en los albergues temporales en Sarapiquí, pues la mayoría salía a trabajar, o bien a cuidar los bienes en sus casas inundadas.
Pocos hombres como Geiner permanecían en los albergues temporales en Sarapiquí, pues la mayoría salía a trabajar, o bien a cuidar los bienes en sus casas inundadas.

El agua o el ladrón

Encontramos a las casi 200 personas de este albergue en Puerto Viejo de Sarapiquí, entre el tiempo de levantarse y la hora del desayuno. Al fondo del amplio salón, la pastora evangélica Ivannia Rivera empieza a llamar por lista a cada familia para entregar los tiquetes de la comida y una naranja para cada niño.

El carácter de la pastora intenta poner orden en aquel caos de niños corriendo y llorando, decenas de madres que conversan mientras dan el pecho y jóvenes embarazadas que no ven la hora en que puedan estar algo más cómodas.

Los pocos hombres que todavía se ven temprano en la mañana, van desapareciendo poco a poco. Algunos tienen que irse a trabajar, otros van de regreso a sus casas para cuidar las pocas cosas que le arrebataron al agua.

Uno de esos hombres es el esposo de Ana Lisbeth Villalobos. Mientras ella y sus hijas permanecen en el albergue, él y su hijo adolescente se quedan en la casa a cuidar lo que quedó sin dañarse.

“Se dañaron las camas, colchones, ropa; pero mi cocina de gas me la robaron con todo y el cilindro. Aquí lo que no se pierde por el agua, se pierde por el ladrón. Uno no duerme tranquilo por eso”, explicó.

Como buena parte de los vecinos de El Naranjal que se refugiaron en esta iglesia, Ana Lisbeth espera que la emergencia sirva para que finalmente saquen a su familia de ese lugar y la reubiquen en una vivienda que el agua no pueda alcanzar.

“Igual esto va a seguir. Si a mi familia la sacan de ahí, otra gente se va a ir a meter en ese lugar. Es algo de no acabar”, añade.

A diferencia de Ana Lisbeth, que dice estar urgida por volver a su casa tras cuatro días de ausencia, para Aurora Ortiz no hay mucho por qué volver.

“La llena me sacó de la casita, esa casita es de piso de suelo. Ya no me puedo quedar ahí. Cuando me levanté el lunes (cuando inició la inundación) tenía el agua al borde de la cama. Mis sandalias no las encontré, el pedacito de refri se me fregó, eso me hizo salir para acá”, recordó con angustia.

“La verdad aquí estamos mejor que en mi casita, porque mi casita no es “casa-casa”, es una casita con techo de plástico, forrada con bambú, de suelo. Todo lo poquito que tenía se me fue. Para mí es duro porque de aquí voy al barrial de siempre, lo que deseo es una esperanza, que nos digan qué van a hacer con nosotros”, suplicó.

En el albergue las horas pasan lento. Los niños se entretienen con lo que se encuentren: desde las cajas de cartón a las que les atan una tira de tela para convertirlas en un «carrito» y arrastrarlas por todo el salón, hasta la naranja que por obra de la imaginación se convirtió en “bola”.

El orden con que se entregaron los tiquetes, no pudo evitar la larga fila para retirar el “gallo pinto” con jugo o café. Las mesas en el corredor de la iglesia se llenan de madres y ancianas con hasta siete niños alrededor. Inevitable que algunos frijoles salgan rodando y que uno que otro vaso con jugo termine en el suelo.

Pero el caos no dura mucho. La pastora Ivannia les da tiempo de desayunar, y luego reparte las escobas y los trapeadores. Rápidamente muchas manos limpian el salón, otras se encargan de los baños y unas más están en las pilas repletas de trastos.

La pastora disimula con su liderazgo la falta de experiencia en estas tareas. Es la primera vez que administra un albergue, y ella personalmente se encargó de ir a ofrecer a la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) su iglesia para recibir a los inundados.

“Yo de aquí no me voy, desde el día del Padre estoy aquí todos los días. Cuando acabó la primera llena, limpiamos la iglesia y al día siguiente teníamos gente aquí otra vez. Llegamos a tener 280 personas, pero para esta última pedimos que fueran solo 200. Le han causado algunos daños al edificio, pero con tanta gente aquí eso es casi inevitable”, dice Rivera sin dejo de preocupación o molestia.

Como administradora de este refugio dice que no se puede quejar: la Comisión Nacional de Emergencias ha dado todo lo necesario, desde comida hasta colchonetas y cobijas. El Ministerio de Salud envía un médico a revisar a la gente todos los días y siempre hay un oficial de la Fuerza Pública que los acompaña.

La iglesia también hace su aporte. Consiguió un par de peluqueras que rápidamente estaban rapando a los niños y unos pocos varones que quedaron ese día.

Del otro lado, Ivannia toma posición en una silla fuera de un cuarto lleno de ropa que les han donado y que se va repartiendo entre todas, siempre en orden.

Una caja impulsada por una tira de tela se convirtió en juguete para los niños en el albergue de la iglesia Ágape en Sarapiquí.
Una caja impulsada por una tira de tela se convirtió en juguete para los niños en el albergue de la iglesia Ágape en Sarapiquí.

Vivir de la asistencia

Entre corrillos y fuera de grabación, algunas cuentan que podrían volver a su casa, pero prefieren esperar a ver si va a llevar más ayuda. Saben que la Cruz Roja empieza a repartir “diarios” y que a algunas el IMAS les ha entregado dinero para atender su situación.

De una mujer con siete hijos y otro en camino, se dice que ella admitió que seguirá teniendo todos los niños que pueda, pues esto le garantiza más ayudas del Estado. “Dicen que le dieron hasta millón seiscientos, mientras que si uno va, no le dan nada”, dice una con enojo.

La pareja de Darío y Vanessa no está acostumbrada a estos trotes. Ella, con seis meses de embarazo, cuenta que hace cuatro dejaron una casa en Alajuelita y compraron un terreno para construir en El Naranjal de Sarapiquí, con la liquidación del último trabajo de su esposo.

“Pero nadie nos dijo que ahí se llenaba”, dice. Ahora él trabaja en una bananera (siendo técnico en computación) y no ven la hora en que puedan devolverse al Valle Central, porque la experiencia ha sido poco grata.

Mientras Yadira intenta cargar el teléfono, tímidamente me pregunta:

“Muchacho, yo sé que usted no es doctor, pero ¿sabe cuánto son 42 semanas? ¿Son más de nueve meses?”. Ese es el tiempo que tiene de embarazo y aunque las cuentas no le salen claras, sabe que está retrasada y a punto de dar a luz.

A diferencia de muchas en el albergue, Yadira dice que no puede esperar más ayuda que la que le darán ahí. “Como no tengo cédula, en el IMAS no me pueden ayudar. Ahora el Seguro me atiende porque estoy embarazada y me tienen que atender al niño cuando nazca. ¿Pero a mí? No sé que voy a hacer cuando me enferme”.

Esta joven nicaragüense de 21 años tiene más de 12 de vivir en Costa Rica, pero dice que arreglar sus papeles cuesta un dinero que no tiene. Vive con solo una tía, y el “padre” de su hijo es un joven de 18 años que salió huyendo en cuanto supo que tendría una responsabilidad en camino.

“Pero a mí no me va a hacer falta nada, yo puedo sola con mi hijo”, dice con una mezcla de rabia y convicción.

“El presidente me lo prometió”

Un día antes de nuestra vista, el presidente Luis Guillermo Solís también recorrió el albergue de la iglesia Ágape, así como la de Colonia San José, comunidad escondida entre los bananales y bordeada por el río Sucio, que esta vez también los sacó de sus casas.

Como su similar evangélica, la iglesia Católica de Colonia San José también sirvió de albergue a 105 niños, 77 mujeres y 50 hombres. Pasado el mediodía, aquí tampoco fue posible hallar a muchos varones, pero sí una incontrolable tropa de pequeños jugando en medio de las arrinconadas bancas.

Yasmina Obando se hizo cargo de coordinar la instalación de este albergue para sus vecinos, mientras el río Sucio y las quebradas de la bananera se vuelven a comportar. Si bien la Comisión de Emergencias y el Patronato Nacional de la Infancia siguen pendientes del lugar, la queja de poca atención cuando no hay emergencia se mantiene.

“Aquí en Sarapiquí se enfocan en Puerto Viejo, pero somos muchos sectores aislados, sin ayuda. La Municipalidad que tenemos es para ciertas personas no para todos, en eso estamos reclamando que alguien haga algo porque aquí hay muchas familias necesitadas”, dice Obando.

En las bancas de la iglesia muchas esperan más ayuda, aunque no saben cuándo ni de quién. Ellas también necesitan un diario, dinero y una casa en otro lugar, si fuera posible.

“El presidente (Solís) me prometió bono de vivienda y ayudas. Como tengo tres niños, él me dijo que me iba a ayudar. Vamos a ver qué pasa, si nos ayuda con vivienda. Me pegó un “abrazón” y me dijo “yo se lo prometo”. A ver si me cumplen”, dice Katy Cepeda, aún sonriente por la anécdota con el mandatario.

En el centro los niños juegan con unos carritos, coloridos “hula-hula” y los billetes de un juego de mesa que les “prestó” el PANI, pero que evidentemente, no podrán ser devueltos en su totalidad, pues pasan arrugados en las pequeñas manos y la boca de los pequeños.

En este albergue la iglesia es solo para dormir. El Ebáis hace de baño y la escuela de comedor. Por las noches todos tienen colchoneta para dormir, pero lo difícil es hacer que aquel ejército de infantes logre por fin conciliar el sueño.

A Judith Bonilla le preocupa que cuando tenga que volver a la casa, esta va a estar “sucia” por el barro y el agua. “Yo tengo cuatro menores a cargo, pero tengo que irme para esa casa porque no tengo dónde estar”.

Sonia María Enriques está en Colonia San José en calidad de visitante. “Yo soy de La Unión del Toro, no pude salir hasta hoy porque estábamos incomunicados. Mi mamá, todas mis hermanas son de aquí. Todo se inundó, hasta hoy pude salir. Llegó un helicóptero y nos dio un “diaricito” Aquí dan de todo, todo bien”, dice con alivio.

Ese día decían que el albergue se iba a cerrar a las 2 de la tarde, pero eran más de las cuatro y todas seguían ocupando sus respectivos lugares. Siguen esperando más ayuda, ropa, un diario o una señal de que serán reubicadas con sus familias.

Mientras todo eso no se solucione, para estas familias la llena seguirá teniendo esa mezcla de “catástrofe y bendición”, pues nunca se sienten tan atendidas y tan importantes, como cuando el agua las saca de sus casas.

Wilberth González, jefe operacional de la Cruz Roja durante la emergencia en Sarapiquí, coordina con su equipo la distribución de 'diarios' y ayudas en las comunidades afectadas.
Wilberth González, jefe operacional de la Cruz Roja durante la emergencia en Sarapiquí, coordina con su equipo la distribución de ‘diarios’ y ayudas en las comunidades afectadas.

El Saldo de la Emergencia

Las inundaciones provocadas por las fuertes lluvias afectaron a 216 comunidades de 18 cantones de las zonas Norte y Caribe del país, donde 1.585 viviendas fueron afectadas y hasta 1.650 personas debieron trasladarse a albergues temporales de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), según los últimos datos disponibles de esa entidad.

Las fuertes corrientes de agua dejaron serios daños en al menos 11 puentes, 7 diques y 3 acueductos , así como 23 carreteras que se vieron bloqueadas por agua y materiales, dejando incomunicadas a 18 comunidades.

En un recuento preliminar se contabilizan también la pérdida de  20 millones de cajas de piña, así como el 60% de la producción de papaya y el 80% del ayote, mientras que se reportaron en riesgo de perderse 244.000 litros de leche.

Los exportadores debieron pagar hasta 400 dólares más por la movilización de cada contenedor, debido a los cambios en las rutas de transporte, por lo que la Cámara de Exportadores estimó las pérdidas en poco más de 900.000 dólares.

El Instituto Meteorológico Nacional anunció más lluvias y reportó que en la última semana en la provincia de Limón cayó el agua equivalente al 75% de todo lo que debería llover durante un mes.

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