“El principio prójimo” y la discriminación

Quien se tome el sabroso trabajo de leer los evangelios podrá advertir una característica de Jesús. Al tratar con pecadores no hace uso del

Quien se tome el sabroso trabajo de leer los evangelios podrá advertir una característica de Jesús. Al tratar con pecadores no hace uso del Antiguo Testamento, tan abundante en prescripciones, mandamientos, órdenes, prohibiciones, discriminaciones. No hizo caso de tiempos sagrados, lugares santos, manjares prohibidos, personas intocables -trasmisoras de impureza- ni de reglas de higiene sacralizadas. Para explicar su actitud creó frases como “el sábado ese hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”. El sábado era en Israel el día de reposo y también una especie de compendio de la ley.

La preeminencia de la persona. A Jesús le interesa la persona singular, la que existe, el ser único e irrepetible que somos cada uno de nosotros. Los discípulos pueden cortar espigas en sábado por la buena razón de que tienen hambre. Almuerza con los publicanos, odiados recolectores de impuestos a favor del Imperio romano. Su ética se basa en “el principio prójimo”. Lo defino así: la felicidad de la persona de carne y hueso, la única que existe, prevalece sobre las leyes, las costumbres, las tradiciones religiosas, las convenciones sociales. Pero ojo, no se favorece un yo ególatra y sibarítico. El centro es el otro, el prójimo, siempre imprevisible, muchas veces desagradecido y exigente. Amar no es un ejercicio fácil y traspasa las fronteras religiosas, ideológicas y de clase. Ver Lc 10-29-37.

El “principio prójimo” no deriva de ningún concepto sobre el ser humano, al estilo del dualismo “alma-cuerpo” de los maniqueos. Tampoco en un principio abstracto al estilo de la ley natural. Se apoya solo en la certeza de Jesús de que Dios –el Padre nuestro- ha optado por el pecador, por el fracasado moralmente. Es una preferencia irrevocable, desconcertante, como indica la parábola del hijo pródigo, que mejor se llamara la parábola de cómo actúa Dios (Lc 15, 11-32). En algún momento de la vida muchos (¿todos?) hemos fracasado en lo moral. También Jesús se pone del lado de las víctimas de la discriminación, siempre injusta e insensata. Así se observa en el episodio de la mujer que padecía permanentes flujos menstruales, y por eso impura y excluida de la sociedad, que se atreve a tocarlo, sobreponiéndose los convencionalismos socioreligiosos. Jesús la sana y, muy significativo, la reintegra a la vida social (Mc 5,24-34). Digamos que la saca del closet.

Las iglesias al tratar con personas que la sociedad discrimina y estigmatiza, tienden a olvidar el “principio prójimo”. Anteponen sus tradiciones teológicas y magisteriales (en el caso católico) y su fundamentalismo bíblico (los pentecostales). Pero no puedo imaginar a Jesús discriminando o persiguiendo a alguien por ser homosexual. En los evangelios no aparece nada en esa línea, ni siquiera aproximado.

Casi todas las iglesias han discriminado en algún momento a divorciadas (os), homosexuales, “amancebados” y otras coloraciones humanas porque ambicionan normar la vida social y dictar leyes al Estado, para mantener un “buen orden” acorde con los designios de los grupos dominantes. ¿Por qué insisten tanto en asuntos que bordean lo sexual?

Esto de apoyarse la Iglesia en el Estado y viceversa, viene de larga data y no debe rechazarse ad portas, pues puede, en ocasiones, incrementar el bien común. ¿Recuerdan la reforma social de 1943? Lo inadmisible es que propicien discriminaciones. Les paso un fragmento de un documento ilustrativo, de Tomás de Acosta, gobernador de Costa Rica. Se titula Bando de buen gobierno y es de 1797. “Se castigará a los blasfemos, a los que pequen por sodomía, bestialidad, incesto, etc., los que no acompañen al Divinísimo cuando lo encuentren en la calle, a los irreverentes y a los que comenten delito de escándalo” (en Víctor Sanabria, Datos cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica). Del Bando de buen gobierno, ¿qué conserva vigencia?, ¿todo?, ¿nada?, ¿por qué? Lo dejo como posible materia de reflexión.

 

 

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