La ciudad de SINATRA

A través de muchos estadios transicionales hemos llegado a culturas diferentes, que se definen, de acuerdo con su procedencia social, en alta y popular. 

A través de muchos estadios transicionales hemos llegado a culturas diferentes, que se definen, de acuerdo con su procedencia social, en alta y popular.  En una sociedad moderna de clases, estas dos categorías expresan una relación más que una separación o distinción; los términos «cultura popular» suponen algo que afecta al conjunto de la sociedad, no un área separada y distinguible.  En una sociedad de clases, cada una de las culturas es consciente de la otra: son críticas y hostiles la una con la otra, están atentas una a la otra y son parte una de la otra.  Por ello, los términos «cultura popular» son especialmente complicados, porque incluyen tanto lo que se le ofrece a la mayoría de la sociedad como lo que esa mayoría produce.

En San José, a mediados del siglo pasado, la obra de Alfredo Oreamuno Quirós (conocido como Sinatra) forma parte de la cultura que las mayorías producen, y las andanzas de «Sinatra» nos abren un panorama en tierra oculta, donde el infierno está al desnudo, a calzón quitado y nalgas al viento, donde un resfrío más importa poco y el naipe está boca arriba.

Para ese entonces San José ha consolidado su segregación social: los estratos medios y altos concentran sus tendencias en los sectores centrales y norteños; los bajos se distribuyen al noroeste y al sur.  En un extremo Barrio Amón y en el otro las casas para obreros que construyó la Cruz Roja con ayuda de Minor Keith.  La ciudad está cuadriculada, a cada cual su lugar.  Unos en Merced, Hospital y Catedral, otros en El Carmen. Además, empezaban a crecer los distritos y cantones próximos al casco urbano, aún separados por espacios cafetaleros no construidos. Al norte se ubicaba la margen derecha más o menos deshabitada del Río Torres; al sur se producían las más notorias extensiones más allá del María Aguilar.

En la primera mitad del siglo se construyó la estación al pacífico, provocando la proliferación de aserraderos y talleres al sur. Esta es la zona residencial de Sinatra, no me refiero a las casas de  madera mal ventiladas e iluminadas, con profundos zaguanes y sin antejardín, sino a las tucas de los aserraderos dejadas a la imaginación del vicioso, su forma irregular de almacenamiento formaba cuevas que eran acondicionadas con cartones y papeles viejos que servían de cama, algo así como que el mejor colchón es el sueño y más si la tanda es brava.

Para Walter Benjamin el «flaneur» es un callejero que ha sido abandonado en la multitud, vaga sin rumbo como un príncipe que al observar disfruta de su incógnito.  En su paseo ocioso rompe las paredes para abrir camino libre a la observación. Así, Sinatra nos lleva a escuchar en las puertas, en las puertas de la «Mansión de Satanás».  El «flaneur» no se siente seguro en su propia sociedad y por eso busca la multitud.  Sinatra viaja en vuelo fraterno con Juan Anafres, el ñato Rigo y Cailoto, por la ciudad capital en verano y por el clima cálido de los puertos en invierno.  En San José el perímetro era configurado dos kilómetros a la redonda del casco urbano; el epicentro eran las cantinas circunvecinas al Ferrocarril Eléctrico al Pacífico. No quedó taberna sin visitar, abriéndonos un mundo donde nadie está del todo claro para el otro y nadie es enteramente impenetrable. Unos se acostumbran a vivir en la miseria y otros proyectan su inconsciente hasta darle rienda suelta a la perversión entre todos aquellos que con la noche se deslizan fuera de sus guaridas. El cuadro es un club de juegos macabro, donde ninguno de los retratados sigue el juego de manera normal; todos están poseídos por su pasión; uno por su alegría despreocupada, otro por la desconfianza hacia su compañero, un tercero por una desesperación sorda, un cuarto por su afán pendenciero, otro por los preparativos que hace para marcharse de este mundo.  En Benjamin, la multitud es un narcótico para el abandonado, para Sinatra la ciudad no se puede vivir sin narcóticos.  El infierno es ciudad, hay allí toda clase de gentes arruinadas y poca diversión, la indiferencia es brutal, el aislamiento insensible, cada uno persigue intereses privados y todos se aprietan en un mismo espacio; lo que está por debajo del hombre verifica a través de la niebla lo que está por encima de él.  Una calle y el vicio reúnen a gentes libres de determinación de clase.  «De arriba caen las cuitas de gallina al gallinero; de las alturas descienden los dioses a conjurar el mal, todos juegan el mismo juego, en unos el naipe permanece oculto en otros se abre». Las aglomeraciones son concretas, pero socialmente siguen siendo abstractas, esto es que permanecen aisladas en sus intereses privados; el modelo es el de los clientes que se reúnen en el mercado en torno a la cosa común.

«SAN JOSÉ ES UNA CIUDAD ENCANTADORA»

Para Sinatra la ciudad en cualquier época del año es misteriosamente atractiva, aspira a gran urbe,  a modernidad, y para vivir a lo tico no debe tomarse nada muy en serio: «ese es nuestro temperamento, pacífico como un canario en cautiverio; soberbio, iracundo y tenaz como el apellido Quirós».  Y así como no se puede sacar a Judas de la Biblia, de la ciudad no se puede sacar toda una red de relaciones sociales ocultada y temida como los recuerdos del origen. Ese es el bajo mundo, los bajos fondos de la capital, abiertos en panorama por Sinatra.  «En él ingresé por circunstancias adversas a mis deseos, pero por motivos poderosos. Durante quince años, mi vida transcurrió entre antros de perdición de toda especie, tales como prostíbulos, casas de drogadictos, sótanos, casas viejas, carros abandonados, cementerios, arcos de puentes o cualquier aserradero.»  A San José se le junta la pieza perdida que completa su forma; además del Monumento Nacional en su historia también está la «chichera de la peni».  A siete cuadras de La Catedral una fortificación feudal vigila la ciudad con sus castigados dentro, mientras unos comulgan con pan otros lo hacen con ratas.

La ciudad tiene sus señores que la administran y sus excluidos que la padecen. Y todo ello ocurre en el San José de posguerra. En 1948, paralelamente, se firmaba el  pacto de Ochomogo para evitar una masacre final en la capital y Alfredo Oreamuno caía en picada gobernado por mister Hyde después de ser abandonado por su mujer. Ella se consiguió otro, cansada de esperar al dandy de traje blanco que se ganaba la vida en una de las primeras agencias de viajes de la capital y la  perdía en su bohemia.

En los barrios populares convivían obreros, subempleados, desempleados y el hampa; algunos se habían convertido en zonas de tolerancia, donde la policía excluía a los indeseados purificando así la ciudad, el esquema es el de «la ciudad de la lepra».  Los mendigos, los vagabundos, los locos, los violentos son los leprosos que merecen ser desterrados para purificar así la ciudad.  La sociedad se defiende de los peligrosos y construye edificios para tal propósito, por un lado el asilo Chapuí y, por otro, la Penitenciaría Central.  Y mientras tanto, Sinatra y sus socios viven la exclusión fuera de los muros por los distintos bares de la baja capital, con frecuencia pasean por «La Novia», esperan que abra «El gran vicio», se mezclan con los parroquianos en «El nido del renco», la pulsean por los bares del mercado, chupan confite en «El Piave», piden fiado en «La vieja lyra» y se emborrachan como siempre en «El faisán dorado» y «El pato cojo», comentando lo pasado, soñando con el porvenir, con la esperanza, con ganas de ser escuchados, como niños castigados.  Por ahí aparece todo tipo de caras delineadas pacientemente por el vicio.  «Subrepticiamente llegaban ahí, hombres avezados en el delito en grande. Trueque de cosas robadas y contrabando. En algunos cuartos se negociaba marihuana a la vez que se fumaba, se distribuía morfina y cocaína en polvo, los más adictos se inyectaban ‘caldo de pollo’.  Alguno que otro marino depravado llegaba a ofrecer su tinta china y preventivos preparados para usarse en los placeres sexuales y conquistas de menores de ambos sexos»;  entre aquellos hombres se encontraban los nombres del Loco Zeta, la Zorra, Sueños, Severón, Bacteria, Chanchita y Peditos.  Con frecuencia se salía de la peni a beber en los bares de mala muerte de la quinta avenida, se hablaba en «caló» para no ser entendido por la policía o por soplones y se buscaba la mejor forma de ganar dinero sin trabajar, como aquel tipo que sacaba las cartas, vendía marihuana adulterada, hurtaba, servía de alcahuete, era morfinómano, decía tener conocimientos de medicina y le decían «Gargantúa», haciendo con esto justo honor a su tocayo medieval.  Este es el mundo que nos presenta Alfredo Oreamuno, «flaneur» de una San José oculta, como la madre que alquila a sus hijos para que otra pida limosna, como el padre que se solaza con su hija, y después pregunta: ¿cómo se llama esa putada entre padre e hija? para que otro conteste: incesto.

Si bien, los testimonios y textos de Oreamuno no brillan por su estilo, el panorama que abre es fundamental para comprender las historias y los cuentos de la ciudad de San José, habitada además de los liberales, la paz y la socialdemocracia, por la miseria humana, por todo un mercado de seres desalmados, contrabandistas, topadores, chantajistas, chulos y, por supuesto, «las princesas del dólar», que se promovían bajo la protección de La Rosa de Francia o de Mamá Filiponda. De la mano de Sinatra se transita por el callejón de los perdidos en noches sin nombre, diciendo como el poeta: «yo que soy un desperdicio del vicio, pobre pétalo turbio que el arroyo llevó.  ¿Que, qué quiero mujer?…un gramo de cocaína y dos de amor».

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