“El gran concierto”

“Le Concert” es una comedia dramática sabrosa, con algo de farsa y otro tanto de magia, certeros dardos políticos y mucho de optimismo sentimental,

Le Concert” es una comedia dramática sabrosa, con algo de farsa y otro tanto de magia, certeros dardos políticos y mucho de optimismo sentimental, la que brega en cartelera con las andanadas usuales de comedias insulsas, de historietas (maniqueas, sí) y pesadillas de horror (con o sin vampiros) que se reproducen como ratas en correntadas de efectos especiales con sus mil y un vericuetos de violencia y erotismo de pacotilla.

Batalla que también han dado, como David contra Goliat, el estupendo relato argentino “El secreto de sus ojos” y la hermosa, profunda y aleccionadora “Los colores de la montaña”, sobre los desplazados de la guerra en Colombia.

Esta sátira original que recomendamos es fiel a la trayectoria de su realizador Radu Mihaileanu, francés de origen rumano, que denuncia el antisemitismo y explora la psicología de las traiciones y los compromisos.

La anécdota, no por reiterada menos lamentable (y verídica, además), es la de un artista, en este caso un brillante director musical obsesionado con el maravilloso Chaikovsky, quien sufre la represión del gobierno de Brezhnev en 1980 y, 30 años después, condenado a ser conserje en el Teatro Bolshoi de sus amores; gracias a un golpe de suerte, echa andar la descabellada idea de sustituir a la orquesta del célebre teatro por un rejuntado de sus antiguos músicos (lo que justifica un recorrido por sus estrambóticos formas de sobrevivencia), reforzados con una tropa de gitanos, para una presentación de gala en la espléndida capital que Woody Allen recién nos hizo admirar en su maravillosa “Medianoche en París”. A esto, se agrega un reencuentro personal que liga el arte con el amor.

Si bien el argumento es muy exagerado, esto no importa, pues valen más la crítica al abuso de poder (del socialismo real al capitalismo de las mafias rusas) y el sueño esperanzador que el filme, realizado con destreza e interpretado con vivacidad, nos ofrece como un deleite del cuerpo y el alma. El que culmina con una conmovedora ejecución del concierto para violín y orquesta de Chaikovsky; por cierto, favorito desde mi niñez.

La película nunca abandona su tono liviano y gracioso, y nos hace cómplice de su vuelo romántico, sin dejar de lado las alusiones críticas a la corrupción del poder, otro dardo certero al corazón del socialismo real soviético, en este duelo milenario entre el artista, paladín de la libertad, y la maquinaria opresora, no tan serio como “La vida de los otros” ni tan ligero como “Adiós Lenin”, pero igualmente atractivo.

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