El lunes en Caracas

Venezuela acaba de abofetear en las urnas al chavismo, pero las calles de Caracas disimulan tanta intensidad, polarización y preguntas sobre lo que viene.

Caracas. Las calles de esta capital no son consecuentes con la resonancia internacional del triunfo de la oposición en Venezuela, o de la derrota del chavismo 17 años después de su arribo al poder.

Por cansancio, por prudencia, por duelo o por miedo, las avenidas principales y las vías peatonales se movían sí, pero lejos del ritmo habitual para una ciudad con energías de Caribe y con propensión a servir de pasarela de muchedumbres políticas. Venezuela no deja ver la movilización electoral de hace unas horas, con la participación de tres de cada cuatro ciudadanos.

Doce horas después de que el Consejo Nacional Electoral (CNE) oficializara el triunfo de la alianza de fuerzas opositoras, parecía que Caracas estaba soñolienta. Parecía de resaca, pero no ha habido fiesta y la ley seca seguía vigente para todo el lunes.

Una pequeña celebración con apenas unos cientos de simpatizantes logró congregar la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) después de la medianoche, cuando el CNE dio su parte y el presidente Nicolás Maduro salió a admitir la derrota.

Prensa de muchos países esperaba una aglomeración mayor en el Chacao, municipio rico que los opositores usaron como sede. Solo unas decenas hicieron vela en la noche del domingo hasta certificar el triunfo y después se convirtieron en menos de 500. Organizaron pequeñas caravanas y reventaron unos cuantos cohetes de pólvora.

“Se va a caer, se va caer”, cantaba un grupo en alusión al gobierno de Maduro, que deberá convivir con un Poder Legislativo en el que los opositores tendrán una mayoría calificada, con 112 diputados frente a 51 oficialistas, como se conoció al mediodía de este lunes en un segundo parte electoral.

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A las 3 de la madrugada ya nadie caminaba por las calles y la última caravana movía sus nueve carros por las cercanías del hotel sede de la MUD. Los opositores estaban cumpliendo su sueño de golpear con las urnas al chavismo, pero nada justifica circular de madrugada en una ciudad amenazada por la delincuencia, o por el miedo a ella.

O por el duelo, en el caso del bando oficialista. El centro gubernamental caraqueño era en la noche del domingo un territorio fantasma, mientras todo dentro y fuera del país crecían las ansias por el resultado. Solo se veían decenas de policías o militares resguardando vías y edificios. Ni un rastro de simpatizantes chavistas ni sus dirigentes políticos. Ni en la avenida Urdaneta, ni en las inmediaciones del Palacio Miraflores, ni en el monumento “El Calvario’ (donde se exhibe la icónica mirada de Hugo Chávez), ni en la céntrica Plaza Bolívar, donde a las 11 p. m. ya habían desmontado la tarima del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Así, sin certezas, acababa el domingo, el 6D electoral, la jornada tensa que Venezuela vivió 17 años después de que Hugo Chávez ascendió al poder por las urnas y 1006 días después de que se hizo oficial su muerte en voz de Nicolás Maduro.

Los primeros minutos del lunes.

“Llamen a la seguridad, asegúrense de que esté vigilado. Ya somos muchos aquí”, decía el nuevo diputado Ramón Muchacho (partido Primero Justicia), alcalde de Chacao, cuando veía venir simpatizantes para la pequeña celebración en una rotonda a medio iluminar junto al hotel-sede de la MUD. Después volvía a hablar sobre el resultado y la necesidad de mantener la unión opositora y de una actitud transigente de Maduro.

El discurso post electoral se parecía entre ambos bloques. Cada uno llamando a la unidad interna, a mantenerse cohesionados, y exigiendo a su contraparte pensar en los 30,6 millones de venezolanos y no en sus propias banderas políticas. Todo indica que se viene un pulso de brazos fuertes y nada garantiza el fin de la polarización venezolana.

Pero en las calles no se ve. O quizás sí, pero hay que ser un experto, como Edilberto Matías, un vendedor de chucherías a un costado del bulevar que desemboca en la céntrica Plaza Bolívar. “La gente tiene miedo. Los chavistas no salen porque Maduro no los ha llamado a salir a las calles y la gente de oposición porque tienen miedo. Esto que ves es la gente que tiene que trabajar”.

¿Y el comercio? – le pregunté con ingenuidad de extranjero.

¿Tú de dónde eres? ¿No te han contado que aquí la gente no tiene dinero? – contestó serio.

Es cierto. La economía enferma de Venezuela (por las “políticas irresponsables” de Maduro o por la “guerra económica” de la derecha) fue de hecho un factor vital en las elecciones. Hay desabastecimiento de productos básicos y una inflación desbocada. Hay, para peores, una caída del precio internacional del petróleo que hace a Venezuela ganar una tercera parte de lo que ganaba hace seis años por cada barril que exporte.

“La economía, la delincuencia y la corrupción”, enumeraba mientras Luis, el taxista que nos llevaba por la ciudad. Y lo explica: “la corrupción no solo del ministro, sino del portero de tu edificio, el ‘bachaquero’ (revendedor de productos regulados), el que cambia dólares en negro… Cuando la cosa se pone dura la gente de pone a robar como pueda”.

Alrededor, las calles fluidas. Nada de atascos ni bloqueos. Es posible pasar por el Palacio de Miraflores, la sede presidencial, y hasta fotografiar a los soldados que la resguardan. Uno de ellos se acercó a advertir: “ya pare la tomadera de fotos y circule, que aquí no hay nada”.

Tampoco lo había en el edificio de la Asamblea Nacional, donde a partir del 5 de enero la oposición de derecha (o las oposiciones, pues la MUD aloja una variedad de fuerzas de distinta graduación ideológica) tomará el control y quitará de la silla presidencial legislativa a Diosdado Cabello, el segundo hombre fuerte del PSUV.

Cabello fue quien a las 5 p.m. de este domingo pidió expulsar de Venezuela a los expresidentes latinoamericanos invitados por la MUD, incluidos Miguel Ángel Rodríguez y Laura Chinchilla. Sin embargo, nada de eso ocurrió.

Tampoco hubo hechos violentos registrados hasta ahora, ni  problemas para realizar las votaciones en los 24 estados, ni protestas ni celebraciones posteriores. Todos los enfrentamientos han sido verbales. Caracas da al mundo pocas fotos y muchos textos, pocas escenas y muchos discursos, pocas garantías y muchas preguntas.

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