Con las espadas nucleares en alto

Cachemira, la región que desde la independencia disputan la India y Pakistán, puede ser la mecha para un conflicto nuclear.Soldados indios conversan cerca de

Cachemira, la región que desde la independencia disputan la India y Pakistán, puede ser la mecha para un conflicto nuclear.

Soldados indios conversan cerca de un misil emplazado en Cachemira.

A ambos lados de la «zona de control», que divide la región de Cachemira entre la India y Pakistán, se acumulan tropas para una guerra que, de llegar a estallar, podría degenerar en el primer conflicto nuclear de la historia.

Los vecinos nucleares se miran estos días de reojo; mientras tanto, el discurso político se hace cada vez más agresivo y se acompaña de esporádicos intercambios de fuego entre ambas partes.  Lo más grave es que, ni Nueva Delhi ni Islamabad cuentan con los mecanismos de seguridad que sirvieron para prevenir que Estados Unidos y la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), llegasen a utilizar sus arsenales nucleares en los diversos incidentes que los enfrentaron durante la Guerra Fría.

Los signos en el subcontinente indio son cada vez más preocupantes y los esfuerzos de mediación, por parte de la comunidad internacional, muy escasos.  La zona de Cachemira, fue motivo para enfrentamientos bélicos en dos de las tres ocasiones en las que ambos países se han levantado las espadas.

El problema es que ahora la situación es diferente, debido a que ambas naciones poseen armas nucleares y misiles de mediano y corto alcance capaces de portarlas.



SIN TELÉFONO ROJO


La India y Pakistán formaron parte, hasta su independencia en 1948, de una sola colonia británica.  El gran luchador por la paz, Gandhi, siempre luchó porque ambos Estados conservaran la unidad; no obstante, las diferencias religiosas precipitaron, primero, la división y, más tarde, el antagonismo.

La permanencia de una importante población de creencia musulmana en la parte india de la región de Cachemira, provocó una situación de crisis permanente que desembocó en dos guerras.

El apoyo de Islamabad a los guerrilleros islámicos que operan más allá de la frontera paquistaní, ha sido considerado por Nueva Delhi como una amenaza a la seguridad y cohesión de la India.  Los recientes atentados terroristas cometidos por grupos radicales islámicos, como el que tuvo lugar en el parlamento indio, han despertado los recelos en el gobierno del Primer Ministro Atal Behari Vajpayee, quien decidió responder con el envío de refuerzos a la «zona de control» ubicada en Cachemira.

La presencia de Estados Unidos en Afganistán y la necesidad de una alianza anti terrorista global, que provocaron los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, hicieron pensar que la tensión entre las dos potencias nucleares se rebajaría.  Sin embargo, sucedió todo lo contrario.

La intervención estadounidense en suelo afgano despertó el fervor patriótico y religioso de los paquistaníes y éste se volcó contra el enemigo más inmediato: la India.

En cuestión de meses, Cachemira se ha convertido en la región más militarizada del mundo, con alrededor de un millón de efectivos desplegados a ambos lados de la frontera (700 mil indios y 300 mil paquistaníes, para una población regional de 13 millones de habitantes).

Las ceremonias de paz, que se hicieron tradición en otro tiempo, como la de reunirse una vez al mes a tomar el té sobre un puente en medio de la «zona de control», dieron paso a intercambios de fuego de armas livianas y artillería.

El gigante indio, con más de 900 millones de habitantes, parecería tener garantizada la victoria en el caso eventual de una guerra convencional con Pakistán, poblado por 120 millones de personas.  Esto es así porque la superioridad demográfica se extiende al campo militar, especialmente en lo que concierne a las fuerzas aéreas.  La alternativa para Islamabad es, entonces, la disuasión nuclear.

El presidente del país, el general Pervez Musharraf, lo sabe; por esa razón en los últimos días el ejército paquistaní ha realizado una serie de pruebas con los misiles más modernos de su arsenal, los cuales podrían transportar ojivas nucleares hasta territorio indio.

Los ensayos son considerados por Nueva Delhi como una provocación, por lo cual envió más soldados a la zona en disputa.

Según una nota publicada en el diario español «El País» titulada «Sin teléfono rojo en Cachemira», la amenaza de un enfrentamiento nuclear es, en este momento, una realidad.

Ninguno de los países cuenta con un sistema de comando y control como el que poseían Estados Unidos y la URSS en los días del choque entre el este y el oeste.

No hay un «teléfono rojo» que permita a los líderes de ambas naciones comunicarse de forma directa en caso de una emergencia.

En el caso de la India, el dedo en el botón nuclear es el del poder civil; sin embargo, en Pakistán el control del arsenal nuclear lo tienen los militares.

Pervez Musharraf parece ser un líder moderado que no sería capaz de utilizar sus ojivas atómicas, a menos que sea en respuesta a un ataque similar.  No obstante, la cadena de mando podría romperse durante un ataque y se teme que haya otros generales que, ante una derrota convencional, serían capaces de utilizar el poder nuclear.

La cantidad de cabezas de fisión que ambos países poseen es reducida; no obstante, el desastre de una guerra nuclear localizada sería global.

Estados Unidos y Gran Bretaña han pedido a sus ciudadanos que abandonen esos dos países, lo que evidencia el grado de peligrosidad de la crisis.

Los esfuerzos de mediación han sido, hasta ahora, escasos e insuficientes.  Para la próxima semana, se espera la llegada del Secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld; sin embargo, existe el riesgo de que, para entonces, ya sea demasiado tarde.

Una nueva «Guerra Fría» parece haberse desatado en el sub continente indio.

Los analistas creen que ni indios ni paquistaníes son conscientes realmente de lo que significa poseer armas atómicas, lo que les impide calcular las consecuencias apocalípticas de utilizarlas.

De nuevo la espada de Damocles de la autodestrucción atómica pende sobre las cabezas de aquellos que habitan este planeta.

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