En el 2011 el mundo se cae a pedazos; ¿qué otro ocupará su lugar?

Las protestas contra los sistemas económicos se han hecho sentir en diversos países del mundo, incluido Estados Unidos, en donde las manifestaciones en las

Las protestas contra los sistemas económicos se han hecho sentir en diversos países del mundo, incluido Estados Unidos, en donde las manifestaciones en las cercanías de Wall Street han sido constantes. (Foto tomada de: es.dreamstime.com)

La incertidumbre con que se cierra el escenario internacional en el año 2011 no podría ser mayor. Una rápida mirada a los titulares de la prensa internacional dibujan con claridad ese escenario: “Europa inicia la cuenta atrás para la salvación del euro”, afirmaba el diario español El País, la semana pasada.

El título se refiere a los esfuerzos por modificar los tratados de integración europea y adoptar medidas para controlar los déficits, que han llevado a algunos gobiernos al borde de la quiebra. Pero nadie está seguro de que se llegue a buen puerto y todos los ojos están puestos en la cumbre europea del 9 de diciembre próximo.

En Estados Unidos, la deuda federal superó ya los $15 billones (millones de millones), sin que el “supercomité” parlamentario, creado para recortar el déficit, haya podido ponerse de acuerdo en cómo hacerlo. “La deuda de Estados Unidos vuelve a amenazar la economía mundial”, se podía leer al conocerse el fracaso del acuerdo parlamentario.

Los medios abundan también en historias de quiebras de pequeñas ciudades y de graves amenazas para otras no tan pequeñas, también imposibilitadas de hacer frente a sus compromisos financieros, como Harrisburg, la capital de Pensilvania. Esta es una pequeña ciudad, de unos 50.000 habitantes. “Aquí todo está empezando a colapsar, tal como ocurre a nivel nacional”, afirma una mujer que se sumó al pequeño campamento de protesta “Occupy Harrisburg”.

Ciertamente, no es la pequeña Harrisburg -con su déficit de $300 millones- la que va a poner en peligro la economía mundial. Es la economía misma de Estados Unidos que, como lo recordaba el economista brasileño Theotonio dos Santos en una entrevista publicada en setiembre pasado, “el déficit comercial de Estados Unidos aumentó desde los años 80, con Ronald Reagan, de $50.000 o $60.000 millones a $300.000 millones”.

El déficit público, recordó, “también aumentó en una cuantía similar, porque los dos déficit se combinan: los excedentes retenidos por los exportadores que le venden a Estados Unidos se convierten en títulos de la deuda pública, y de esa forma se cubre el déficit fiscal”.

“PIRÁMIDE”

Una cierta forma de “pirámide”, un mecanismo de estafa financiera por el cual se atrae capitales mediante promesas de grandes y rápidas ganancias, se ha desarrollado a nivel mundial. El mecanismo funciona mientras haya gente dispuesta a sumarse a la construcción de la “pirámide”. Con ese dinero se va pagando a los que entraron primero. Pero, inevitablemente, el ritmo de incorporación de nuevos capitales disminuye, hasta revelarse su incapacidad para pagar a los que se quedaron en la base de la pirámide. De cierto modo, la economía mundial ha funcionado, en los últimos 40 años sobre esta base, opina dos Santos.

En un documento sobre la crisis, publicado en mayo del 2008, líderes socialistas europeos ‒encabezados por Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea (1985-95)‒ advertían que “la locura financiera no debe gobernarnos”.

En ese escrito recordaban que “hoy el capital financiero representa quince veces el Producto Interno Bruto (PIB) de todos los países. La deuda acumulada de las familias, de las empresas financieras y de las administraciones públicas norteamericanas representa más de tres veces del PIB de Estados Unidos, el doble de lo que representaba durante el crack de la bolsa en 1929”.

Uno de los hombres más ricos del mundo, Warren Buffett, describió estos nuevos instrumentos de especulación económica como “armas financieras de destrucción masiva”.

“El sistema financiero ha acumulado una gigantesca masa de capital ficticio”, advertían Delors y sus compañeros. “Esta crisis financiera ha permitido visualizar mucho mejor las enormes desigualdades sociales, que no han dejado de incrementarse en las últimas décadas”, y señalaban que “nos arriesgamos a un aumento sin precedentes de la pobreza”.

Si bien la crisis estalló en Estados Unidos, hace ya casi cinco años, se ha extendido por Europa de manera que parece incontenible.

El pasado 1 de diciembre, el nuevo presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi, volvió advertir que los riesgos de recesión de la economía europea siguen aumentando.

No bastante, Draghi lo que propone es un “gran pacto fiscal”, que reduzca los déficits de los Estados europeos, de modo que puedan hacer frente a sus deudas. O sea, que se siga alimentando los niveles superiores de la “pirámide” con los recursos que el Estado deja de invertir en salud, educación o pensiones.

Europa apuesta mucho a la reforma de su más reciente tratado, el de Lisboa, la cual deberá ser decidida en una cumbre el 9 de diciembre; aunque todos advierten que eso tomará tiempo y no resuelve la crisis actual.

Como lo explican esos economistas, “con motivo de la crisis de la deuda soberana, los bancos europeos no han logrado emitir deuda en los mercados mayoristas desde hace meses”, y el año que viene deben refinanciar 800.000 millones de euros. No parece viable financiar la banca a esos grados, a costa de imponer una extrema austeridad a los ciudadanos.

¿OTRO MUNDO?

Ante esa realidad, la protesta surge en todas partes, desde Atenas hasta Londres; pero desestabiliza también otras regiones del mundo, como el sensible Medio Oriente y el norte de África.

Las miradas se han dirigido también a otras partes, como lo viene advirtiendo Kishore Mahbubani, rector de la Lee Kuan Yew School of Public Policy de la Universidad Nacional de Singapur, una de las voces más respetadas en el sector académico de la región.

Hubo un tiempo en que las cumbres europeas permitían vislumbrar el futuro orden mundial. Pero esos tiempos han pasado, destacó en un artículo publicado, la semana pasada, en el británico Financial Times.

Hoy, aseguró, quienes buscan vislumbrar el futuro tienen que poner atención a las cumbres del este asiático, como la ocurrida a fines de noviembre en Bali, Indonesia, en la cual Estados Unidos y Rusia participaron por primera vez. La razón para eso, en su opinión, es China.

“Un nuevo gran juego está comenzando”, enfatizó Mahbubani. Un cierto grado de rivalidad entre Washington y Beijing –si no se enfoca demasiado en lo militar– puede ser útil para la región, al ofrecer dos visiones distintas de cómo promover la cooperación regional y global. La competencia entre estas dos visiones, sostiene, ofrecerá atisbos del nuevo orden mundial que emerge.

AMÉRICA LATINA

Mientras tanto, América Latina no se queda tampoco al margen de ese reacomodo. La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) ‒integrada por 33 países de la región, pero con las ausencias notables de Estados Unidos y Canadá‒ despierta enormes expectativas.

Aunque es difícil predecir su futuro, parece el paso lógico, derivado de los procesos de integración regional que se han desarrollado -sobre todo- en el sur del continente. No deja de ser significativo que la presidenta de Costa Rica –Laura Chinchilla– no asista a esa reunión, y que el país esté representado por el vicepresidente, Alfio Piva.

La pieza clave de esa integración, Brasil, juega también en la cancha de los BRIC, la coalición de los llamados Estados “emergentes” –en la que participan Rusia, India y China-. Una agrupación muy propia de este nuevo mundo que emerge, aunque políticos conservadores, como Joseph Nye, no le atribuyan un gran futuro en el escenario internacional.

Nye, actualmente catedrático de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard, estimó que el grupo no podrá transformarse en un bloque cohesionado que le dispute el poder a Estados Unidos.

“Hay profundas diferencias de intereses entre ellos -por ejemplo, India y China”, destacó, pese a que reconoció el papel cada vez más importante que juegan China, India y Brasil.

Pero todos estos movimientos parecen no ser más que expresión de la búsqueda del nuevo orden, que deberá reemplazar al que ahora agoniza, sin que nadie se atreva a predecir con claridad las formas que asumirá.

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