El Cid Campeador

Entre las muchas versiones que alimentan la leyenda española de Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid Campeador, siglo XI) está la de que Dios

Entre las muchas versiones que alimentan la leyenda española de Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid Campeador, siglo XI) está la de que Dios le habría asegurado la victoria en sus empresas militares incluso después de muerto. La versión hagiográfica traduce el punto haciéndolo luchar ya cadáver pero amarrado a su caballo. Su sola presencia aterrorizaba a los enemigos musulmanes que huían en desbandada. Costa Rica tiene una historia semejante solo que poco conocida.

En efecto, el que se hace llamar Partido Liberación Nacional murió hace ya mucho (quizás en la década de los ochenta), pero su cadáver sigue amarrado a los torneos electorales y a la administración pública con tal fiereza que sus opositores se fragmentan entumecidos y optan o por tratar de parecérsele (en lo de cadáveres competitivos) o por alelarse en desaires personales, pronunciamientos con la vaina vacía y reyertas bizantinas.

Sin embargo, a diferencia del Cid Campeador (quien según la leyenda liquidaba moros para liberar a España), el cadáver que cabalga en Costa Rica solo derruye. Pese a ello, sigue ganando elecciones y arreando gobiernos, aunque su cadáver hieda sin que cosmética alguna pueda ya disimularlo. Desprotegidos ante el derrumbe, sin siquiera pretender entender algo, gamonales y votantes se aprestan a cambiar en el 2014 a la incalificable administración Chinchilla por el “liberacionista” Rodrigo Arias. Algunas agencias han dictaminado que Costa Rica tiene la población más feliz del planeta. Tal vez, pero en ella hay pocos o ningún ciudadano. Y el instinto de supervivencia emigró hace rato quizás a los Territorios Palestinos o alguna otra desgraciada galaxia.

El factor nuclear de la muerte de un partido está en su inanidad ideológica. “Ideología” es término polisémico y manoseado. Aquí se trata, sin embargo, de capacidad para diagnosticar los desafíos sociales, asumirlos y proponer a la población las medidas para resolverlos o superarlos. Sin ideología, o proclamando que se está por encima de ellas, los partidos devienen argollas de poder clientelar y patrimonial, corruptas maquinarias electorales y alibabescos administradores del Estado y de los gobiernos. En el torbellino se inscriben “personalidades”. Una señal frenética y a la vez pintoresca de estos procesos es el reclamo de que “la ley molesta”, y que es hora de dejar que “el gato se ocupe en cazar ratones”. Otra, el veloz agotamiento cívico y mental de las “personalidades” en las ‘argollas’ superiores.

Un partido que “gobierna” (es decir distribuye bienes públicos entre clientelas familiares, corporativas, tecnócratas, burócratas y sociales) después de muerto supone  una ciudadanía para nada piadosa que no lo entierra.

Quizás el mayor crimen político que ha cometido este invertido Cid costarricense es que en más de medio siglo de tránsito, y en coyunda con sus ‘opositores’, no produjo cultura ciudadana. Sin cultura ciudadana no existen ciudadanos. Y sin ciudadanos Estado y gobierno pueden ser representados y funcionar como grandes, medianas y pequeñas maquinarias de favores, concesiones y préstamos respecto de los que no se tiene responsabilidad colectiva ni a los que debe honrarse. La población se entrega pasivamente a la fórmula “lo malo de las argollas es no formar parte de ellas”.

En el que por ahora es su último período, el Cid tico ha visto desaparecer o languidecer a sus “personalidades” carismáticas. Fueron reemplazados por tecnócratas de a centavo, burócratas densos y soberbios, gamonales torpes y “chicas bien”. Les tocó la época de penuria fiscal y productiva en que se caen los puentes, las derruidas carreteras se saturan, el sistema mundial entra en crisis un momento sí y otro también, las instituciones sociales quedan en calzones, familia incluida, la población envejece o no quiere hacerlo, los aparatos clericales tornan esférica su estupidez hasta el cinismo, se refuerza el conflicto entre el uso de recursos naturales y el “exceso” de gentes y, para muchos, es tiempo, más que de sobrevivir, de malmorir. Tiempo de ratas. Momento para estadistas y líderes de emprendimientos colectivos.

La población más feliz del mundo no se da emprendimientos colectivos. Tampoco constituye ciudadanía. Desagregada, trata de fijar su mirada en Zapotes fantasmales, Asambleas chillonas, medios estupidizantes. Ni Sele le queda. No se ve nada. Y lo que se entrevé, bizqueando, asquea.

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