El consentimiento informado desde un punto de vista ético

Las estructuras de poder se manifiestan de muchas formas. La autolegitimación epistemológica es una de ellas. La epistemología tiene la función, entre otras, de

Las estructuras de poder se manifiestan de muchas formas. La autolegitimación epistemológica es una de ellas. La epistemología tiene la función, entre otras, de servir de fundamento en la construcción del conocimiento científico o de cualquier otro conocimiento que pretenda tener validez universal. Persigue evidenciar el lábil marco epistémico de algunas disciplinas que pretenden legitimar su discurso como único y verdadero.

Cuando en nombre de un determinado saber se pretende legitimar un discurso como verdadero e incuestionable, estamos en presencia de una “autolegitimación epistemológica”. Esto es frecuente en aquellos discursos aún positivistas, pese a que tanta agua epistémica ha corrido, evidenciando las falacias de tal pretensión.

La autolegitimación epistemológica es inmoral cuando existe asimetría entre los interlocutores involucrados. No existe interlocución horizontal cuando una de las partes considera incuestionable su discurso, su saber, su disciplina. El consentimiento informado puede estar cayendo en este vicio antiético.

Desde un punto de vista deontológico, el consentimiento informado debería ser una interlocución clara y sencilla entre el sujeto-paciente y el médico o grupo de investigadores. Es decir, la puesta en práctica de un diálogo horizontal donde la vulnerabilidad del paciente, ya sea por enfermedad o por baja escolaridad, no debiera ser motivo de aprovechamiento por parte del médico o los investigadores.

Si un paciente pidiese información más precisa y detallada, sea para tomar una decisión o para sentir tranquilidad emocional, la obligación ética de los médicos o investigadores debería ser estrictamente didáctica, explicando de forma clara y transparente, las implicaciones del procedimiento a seguir. Pero en modo alguno tomar una actitud altiva y desafiante, minimizando al interlocutor (vulnerable por demás) bajo un discurso de verdad pedante que, con diversos matices, le dice al paciente vulnerable: “yo sé lo que estoy haciendo, usted no”. Puede que, en efecto, el médico o investigador sepa qué está haciendo (a veces…), y puede que actúe con beneficencia (a veces…). Pero aquí no se está tomando en serio la interlocución de un sujeto-paciente, éticamente hablando. El principio de autonomía (ya de por sí dudoso) tiene que ver, también, con el acto de pedir y exigir respuestas claras y transparentes. Y las personas que saben, han de estar en la obligación ética de brindar de forma sencilla esas respuestas a su interlocutor.

Sin embargo, el consentimiento informado no parece llevar en su formulación este ideal ético. No solo existe este discurso legitimador por parte de médicos e investigadores de las ciencias, sino que, aparte de constituir un trámite formal (un papeleo), aparece la interlocución jurídica haciendo más asimétrica la interlocución. El aspecto jurídico del consentimiento informado es una nota característica en nuestro medio. La interlocución se desvanece en nombre de un álgido trámite formal expresado a través de un formulario, cuyo punto esencial lo constituye dejar impreso una firma, como evidencia de que el sujeto-paciente ha aceptado todas las consecuencias que se derivan del tratamiento o procedimiento por realizar. El consentimiento informado opera como papelillo que exonera de responsabilidad a médicos e investigadores, sobre los resultados de determinado tratamiento o procedimiento sobre el paciente.

El consentimiento informado estaría operando, para médicos e investigadores, como un “principio de exoneración responsable” o un  “principio de previsión penal”.  Todo procedimiento clínico se “juridiza”. Las personas vulnerables son las más perjudicadas ante estas estructuras de poder. La vulnerabilidad del paciente debería constituir uno de tantos criterios éticos, para el buen ejercicio profesional. Aprovecharse de la vulnerabilidad de un paciente a través de un discurso epistemológico y, tras de eso, buscar apoyo en aparatos jurídicos para “curarse en salud” por cualquier “metida de pata”, es simplemente inmoral.

Deberíamos prestar más atención a la forma como estamos manejando la noción de consentimiento informado en nuestras clínicas y demás centros hospitalarios, así como en los institutos dedicados a la investigación. El afán de ganar algunos puntillos académicos, no justifica aprovecharse de la vulnerabilidad de las personas.

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