En medio de tres cobras

La ingeniera de 52 años es lanzada al piso junto con los detenidos.  Su delito es no portar la cédula de identidad.Este tipo de

Uno de los policías antimotines  también llamados cobras, empuja violentamente a Alba Leticia, -ingeniera agrónoma hondureña, con estudios de posgrado en Costa Rica-, mientras otros dos arremeten con tubos contra jóvenes tirados en el suelo sin camisa y sin zapatos. 

La ingeniera de 52 años es lanzada al piso junto con los detenidos.  Su delito es no portar la cédula de identidad.

Este tipo de escenas se han venido viviendo diariamente en Tegucigalpa y otras ciudades hondureñas, en donde las protestas contra el golpe de estado del 28 de junio han tenido como respuesta golpizas y macanazos, sin saberse a ciencia cierta cuántos son ya los detenidos, heridos, muertos y desaparecidos.
  
El 5 de agosto, efectivos del Comando Cobra irrumpieron en el campus de la Universidad Autónoma de Honduras (UNAH ), reprimiendo violentamente  a decenas de estudiantes, académicos, funcionarios  y  a la señora Rectora; a la violencia sin límites se ha sumado  la violación a la autonomía universitaria, principio sagrado de libertad y respeto para nuestras instituciones de educación superior.
  
Como si se tratara de un calendario de terror, cada fecha de los meses de julio y agosto lleva el nombre de algún activista de derechos humanos, de alguna escritora, de algún poeta, periodista, maestra o estudiante,  al preguntarse día a día  por el paradero de Linda, de Otoniel, de Candelario, de María del Rosario, de Gustavo…
 
Mujeres, hombres, jóvenes, enfrentan en Honduras con una capacidad humana impresionante, al más temible de los enemigos: al miedo, a sabiendas de la inseguridad y vulnerabilidad que conlleva su  temible ataque, y que  pone en peligro la vida ante las pocas posibilidades para escapar de él.  Los militares justifican la represión en cumplimiento de órdenes emanadas por el gobierno golpista.

La historia está cargada de “comandos cobra” que han convertido el miedo en un poderoso instrumento para perpetrar crímenes legalizados por el estado.  Eichmann envió a la muerte a millones de individuos sin ningún tipo de remordimiento, gracias a su extraordinaria lealtad al Führer.

En pleno siglo XXI, el obedecer órdenes en nombre de la ley, ha logrado eliminar en los nuevos soldados encargados de sembrar pánico y terror en  diferentes rincones del planeta,  “la voz de la conciencia”, es decir “el general sentimiento de humanidad”.   Aún no han terminado de enterrarse las víctimas del Líbano, de Irak, de Palestina, de Afganistán, de Pakistán…

Los crímenes y violaciones a los derechos humanos en Honduras, o en cualquier país del mundo, no deben quedar impunes.   De la misma manera que comparecieron torturadores y asesinos ante los tribunales de Nuremberg, o  más recientemente, ante las demandas de  justicia del señor Baltasar Garzón, así deben ser juzgados los crímenes de lesa humanidad.  En el caso de Honduras, no es suficiente exigir el regreso al orden constitucional; es deber jurídico y moral enjuiciar a los responsables de sembrar el terror y la violencia en el país centroamericano.  La ley no puede separarse de la ética.

Cada uno, cada una de nosotras, forma parte de la humanidad; la destrucción humana desenfrenada que ha vivido en estas semanas el pueblo hondureño, debe ser sentida como mi propia destrucción.  No permitamos el ejercicio brutal del poder tan cínicamente expresado en aquellas palabras  pronunciadas por el General Alfred Jodl, ahorcado en Nuremberg,  y quien ante la pregunta  “¿ Cómo es posible que todos ustedes, honorables generales, siguieran al servicio de un asesino, con tan inquebrantable lealtad?”, respondió simplemente, que no era “ misión del soldado ser juez de su comandante supremo. Esta es una función que corresponde a la Historia, o a Dios en los cielos”. ( Citado por Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén).

 

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