Las montañas perdidas de Escazú

Maravillosas montañas Con trillitos de carretaY con olor a tortilla.Cubiertas hoy de cemento, Basura y pavimento¡Perdieron su maravilla! Hemos tenido que lamentar en lo

Maravillosas montañas

Con trillitos de carreta

Y con olor a tortilla.

Cubiertas hoy de cemento,

Basura y pavimento

¡Perdieron su maravilla!

Las periódicas inundaciones ocurridas en el Valle Central, con pérdida de vidas humanas y catastróficos daños materiales son  consecuencia de las políticas antiecológicas del Estado. La urbanización desaforada hecha a tontas y a locas; la pavimentación de montañas como las de Escazú; la proliferación inadecuada de enormes centros comerciales e industriales; la eliminación total de cafetales, potreros, bosques y de todo lo verde, con permiso del Estado, ya sea choriceado o totalmente legal. ¡Qué más da! Y todo sin ninguna planificación ecológica, son algunas de las causas que eliminaron la filtración natural de los suelos.

Hemos tenido que lamentar en lo que va del siglo terribles catástrofes y no se ve que el Estado ponga de su parte, siquiera legislando hacia un urbanismo ambientalista. Todo lo contrario, la trocha de la indignidad es otra prueba de que los gobiernos marchan en sentido inverso a toda razón ambientalista.

Las aguas (pluviales y negras) se desbordan por atajos, barrancos, acequias y riachuelos y con su terrible fuerza se llevan lo que esté a su paso e inundan, sepultando con lodo, a los barrios más pobres o precarios marginados. ¡Donde también habitan seres vivos!

El Estado ha permitido que políticos, burócratas e inversionistas hagan fiesta con la compra-venta de tierras  sin pensar en los desastres que provocan sus funestas acciones. Como en los países con mínimos controles ecológicos, debe exigírseles sustituir la filtración natural perdida, con filtración artificial para paliar en parte el problema.

Especulan con “carestía de viviendas”, pero a este costo sería preferible a la pérdida de vidas y  desastres causados. El Estado ¡claro! culpa a los cambios climáticos o a la falta de dinero de las municipalidades para construir diques o drenajes, lo que es falso. También culpan a la basura ¡Que no recogen aunque se les paga muy bien por hacerlo! y que se acumula en los ríos. ¡Otra mentira! Por más que la basura sea el fiel reflejo de nuestra pobre y ordinaria educación (dictada por el Estado) no es la causa de las inundaciones. Hay que repetirlo: La causa de las inundaciones es la pérdida de filtración de los suelos.

Y en las zonas costeras, pacífica y atlántica,  la voraz deforestación para explotación  maderera; para construcción de minas a cielo abierto; la urbanización hotelera y de condominios de lujo   “pavimentando” las costas; la terrible contaminación de playas con aguas negras que directamente o a través de la filtración desde drenajes (cuando existen) o hacia  riachuelos terminan en la playa y en el mar; la sustitución de humedales para instalar maricultura y todo el desastre costero, debe atribuírsele al Estado.

Recordemos tan solo aquel patético caso que sucedió en Parrita hace pocos años cuando la Secretaría Técnica Nacional Ambiental ¡mire usted! “¡Técnica Ambiental!” encargada de cuidar el ambiente, avaló la destrucción de humedales para instalar camaroneras. Todo un alboroto que después, literalmente hablando,  fue sepultado. Al inspeccionar el terreno “confundieron”  humedales y manglares de milenios de existencia con pastizales. En esa ocasión, al menos seis agencias estatales trabajando sin coordinación alguna, como siempre, supuestamente intervinieron tratando de salvar los humedales. ¡Fracaso total! La novela debiera llamarse: “El Estado contra el ambiente”. Luego el Estado salió diciendo que haría demandas aquí y allá por lo sucedido (¡Ya para qué, dijo la lora!). Este triste caso, sin posible explicación, no parece tener perdón; confundir los humedales con tierras de pastizales ¡es tener imaginación!

Toda esta crítica valga como insistencia para recalcar lo equivocada que está la política ambientalista estatal. Cuando al pueblo se le pinta un “país ambientalista” para ponerles estrellas a los gobiernos, el pueblo hasta podría llegar a pensar que los gobiernos trabajan por el ambiente y no se preocupan por “un par de desaciertos”; entonces ¡nadie hace nada! La propaganda estatal en lugar de enseñar  el  poco paisaje pintoresco y limpio y la fauna envidiable (pero casi extinguida), debe aceptar sus errores,  rectificar y dejar de ocultarle al pueblo y a los medios las verdades para que los ciudadanos colaboren más para construir de verdad un país que pueda considerarse ambientalista.

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