Los indígenas cabécares y el terremoto

El Gobierno de la República, las instituciones  locales  y organismos internacionales así como la empresa privada, han dado respuesta inmediata ante una calamidad nacional

Hoy, con justificada razón,  aflora la solidaridad de los costarricenses para asistir a los damnificados del terremoto del pasado  ocho de enero, que afectó las poblaciones de Varablanca, Los Cartagos, La Cinchona y San Miguel, entre otras.

El Gobierno de la República, las instituciones  locales  y organismos internacionales así como la empresa privada, han dado respuesta inmediata ante una calamidad nacional que mantienen en situación difícil a  los pobladores de  las comunidades afectadas.

Como costarricense me siento orgulloso de tales muestras de solidaridad que evidencian nuestro espíritu cristiano y los mejores valores de la idiosincrasia nacional.

La ocasión es propicia reflexionar  también sobre la lamentable situación que enfrentan miles de indígenas dispersos en las montañas de Talamanca,  quienes  siguen esperando este tipo de respuestas. Se trata de la comunidad cabécar  cuyos miembros se ubican principalmente en la Reserva Chirripó que ocupa gran parte del territorio del Cantón de Turrialba. Allí el terremoto se llama abandono. En La Cinchona las casas fueron arrasadas por el fuerte movimiento telúrico, llevándose consigo las redes de tuberías y los tendidos eléctricos. En Chirripó de Turrialba las casas ni siquiera existen. Allí los indígenas  viven hacinados en humildes chozas  que no disponen de agua potable ni electricidad.

La semana anterior me correspondió realizar una gira de  trabajo por el Sector de Jócbata en la mencionada Reserva Indígena, donde con dolor pude observar una destartalada covacha donde conviven ocho seres humanos en condiciones miserables. Al ingresar noté que el fogón estaba apagado, que según el buen decir de nuestros campesinos es signo visible de que no había nada para cocinar, es decir nada que comer.

 

Tres niños y cinco adultos consumen sus vidas sin esperanza, al estilo de las cavernas, con tabiques de tierra como pared y recogiendo agua llovida para satisfacer sus necesidades básicas, ya que el riachuelo más cercano  está a casi dos kilómetros de distancia.

Las camas  no son más que empalizadas  empotradas en el suelo, donde el frío hace mella  y los huesos crujen  con la dura superficie. Mientras tanto, a corta distancia,  las montaña se levanta exuberante, evidenciando un contradictorio panorama de riqueza natural  y miseria humana.

Este es  apenas uno de los tantos  casos que lamentablemente me ha correspondido  observar en mis consuetudinarias visitas a la zona.
En esta región,  a escasos 30 kilómetros de la ciudad de Turrialba, viven cerca de  cinco mil cartagineses, que deberían tener los mismos derechos y oportunidades que usted o yo, estimado amigo lector. Sin embargo, la situación es muy diferente. Al ingresar a la Reserva cabécar Chirripó Turrialba, pareciera que el tiempo se ha detenido y es así que podemos observar un estilo de vida propio del siglo XlX. Es decir, un rezago de más de  cien años en desarrollo.
En la zona del desastre las vías colapsadas están siendo reparadas con inmediatez. En la Reserva Cabécar ni siquiera hay caminos y el transporte de lujo es el caballo, del que muy pocos disponen. Sin los servicios básicos de la vida moderna  y con un rudimentario sistema educativo  y de atención en salud, las posibilidades de superación son mínimas. Precisamente la tasa más alta de mortalidad infantil del país se da en esta región mientras que su índice de desarrollo es cero, según el último informe  del estado de la Nación.

Los afectados por el desastre serán ubicados casas acondicionadas en vagones de ferrocarril. Esa es una acción  digna de destacarse al tiempo que lamentamos que una medida similar no se aplique para cientos de familias indígenas que prácticamente viven al descubierto.
Se anuncia también la instalación de aulas escolares para el inicio del curso lectivo  mediante un sistema similar. Mientras esto sucede, los indígenas de Vereh  están desesperados para por conseguir 32 láminas de  zinc para techar un rancho de piso de tierra que ellos mismos construyeron para que  sus hijos puedan estudiar, ya que el MEP  únicamente puede facilitarles el maestro.

Tal parece que para algunos representantes populares esta población no es prioridad y hasta la subestiman, posiblemente porque desde su punto de vista electoral no tiene mayor impacto.

Hoy que el Gobierno se ha volcado en atención a hacia las poblaciones afectadas por el terremoto,  es recomendable recordar que muchos otros costarricenses viven afligidos por circunstancias no precisamente naturales, que merecen  una respuesta inmediata para superar un status de vida que  resulta increíble que aún prevalezca en pleno siglo XXl.

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