Murillo tiene razón

El prestigio con que cuenta la Universidad de Costa Rica teóricamente podría reducirse al buen aprovechamiento que la Casa de estudios hace de cada

El prestigio con que cuenta la Universidad de Costa Rica teóricamente podría reducirse al buen aprovechamiento que la Casa de estudios hace de cada colón que los costarricenses invierten en ella. Es cierto que nunca faltan haraganes y vividores de la academia, mas la balanza se inclina a favor de quienes no escatiman ni neuronas ni tiempo en cumplir con su función, sea ésta académica o administrativa. Hacemos extensivas las consideraciones señaladas a los medios de comunicación de la UCR, mismos que con ahínco promueven el quehacer universitario.

A diferencia de las virtudes, que sólo exigen  reconocimiento sin mezquindad, los defectos y desatinos en cualquier ente social sí requieren de especial atención, ya que la idea motora de la razón se sustenta en la búsqueda de la verdad al amparo de la justicia y mediante el acercamiento a la perfección; y en la Universidad esa teleología es universal.

En ese sentido, me refiero a uno de los desatinados comentarios que el doctor Carlos Murillo Zamora ha espetado en perjuicio de los procesos de emancipación y desarrollo soberano que experimentan las hermanas repúblicas de Latinindia del Sur, concretamente al transmitido por “Noticias en contexto” de Radio Universidad el 8 de abril del presente, en el que, al lado de la “crisis democrática” (sic) que vive dicho subcontinente, a Murillo le preocupaba la “polarización” política que sufría la República Bolivariana de Venezuela a escasos días de la elección presidencial, y la dinámica electoral que, según él  −palabras más, palabras menos− se desarrollaba “muy al estilo venezolano: acusaciones entre los candidatos y sin ideas”.

Respetuoso de las preferencias ideológicas del señor Murillo, mismas que le demandan escepticismo con respecto a los cambios políticos y económicos que vienen dándose en las naciones hermanas del sur, y en apego a los principios éticos y valores universales, que muchas veces chocan con intereses doctrinarios de algunas ideologías, me pregunto:

¿Con qué derecho moral el señor Murillo utiliza las ondas de Radio Universidad para despotricar contra la revolución que la mayoría del pueblo venezolano, liderado por el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, asumió victorioso en el alba del milenio? ¿Será que la polarización política aducida por Murillo es falencia y no virtud del pueblo venezolano, cuyos abuelos, comandados por Simón Bolívar y polarizados en contra del yugo colonial, supieron llevar la antorcha de la libertad a miles de kilómetros de su tierra y elevarla gloriosamente hasta los cielos del Alto Perú? ¿Será que la polarización política –como defecto y no como ley social de la lucha de clases− es aneja sólo a Venezuela? ¿O que las reformas sociales y la guerra del 48 del siglo pasado y el TLC del presente en Costa Rica no han sido desenlaces de la polarización política? ¿O el pueblo en las calles oponiéndose a leoninas concesiones de carreteras y otras no es polarización?

Es evidente que el dedo en la llaga que inserta el señor Murillo con relación al proceso electoral recién pasado en Venezuela (con desatino propio de medios de comunicación como La Nación, CNN o Repretel) nos permite descubrir que el estilo de los políticos venezolanos es acusarse mutuamente y no esgrimir ideas. Claro, como en ningún otro país civilizado del mundo –y menos en Costa Rica− sucede eso, resulta ser propio de la política en Venezuela.

A contrapelo de lo expresado por el comentarista, uno de los candidatos de la contienda electoral asumía el legado cundido de ideas y planes de un líder que, junto al pueblo humilde y lacerado por quinientos años, como rayo de luz en las tinieblas, proyectó e implementó en la Patria Grande dos ideas de carácter universal: la emancipación bolivariana de los pueblos y el despliegue del socialismo del siglo XXI –nuestro socialismo científico.

Eso sí, en algo al doctor Murillo le asiste la razón: la democracia que bulle en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina y Brasil no coincide con la de sus sueños, ni es la tica ni la gringa, ni la que recetan los organismos estafadores internacionales en nombre del neoliberalismo, ni la del garrote impuesta a base de bloqueos económicos, dictaduras militares o bombas inteligentes.

El proceso democrático que se afianza en tan vasto subcontinente es el de la “otra democracia posible”, la del socialismo humanista, la del “otro mundo posible”.

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