¿Patólogo?

También, es necesario tener un doctorado en Patología, o sea, el estudio de los patos y las patas. Bueno, eso creo. Sin una buena

Utopía tiene su propia universidad, el IUCU. En ella, podemos ver un grave problema de la educación superior: la contratación de personal. Aquí, para ser contratado, es preciso sufrir el síndrome del perico, para que el empleador pueda reconocerse en el oferente.

También, es necesario tener un doctorado en Patología, o sea, el estudio de los patos y las patas. Bueno, eso creo. Sin una buena Pata, es imposible obtener un puesto en tal universidad. Aquí no importa el conocimiento que se tenga o la calidad académica.

O sabes de patología, o del todo no trabajarás con ellos.
Recuerdo un caso, en donde un ciudadano utópico, se presentó a una entrevista de trabajo. Tal ciudadano tenía, además, titulitis. Él casi ostentaba un doctorado. Extrañamente, no tenía ni el dominio instrumental de una segunda lengua, ni una sola publicación (supuestos requisitos para trabajar en el IUCU). Pero, en compensación, era excompañero de quien estaba a cargo de la contratación. El final de la historia ya ustedes la conocen.

Después le extraña a uno que una doctora le diga a un estudiante que las cosas en el hemisferio sur no caen, sino que suben. O que, ante una argumentación bien llevada, otro “docto” termina diciendo, dada su falta de capacidad argumentativa, que de por sí quien tiene el doctorado es él. O, también, no debería a uno extrañarle que cuatro doctores amenacen a un estudiante, so pretexto de que algo no está a la moda o de que se está cometiendo violencia epistémica, cuando plantea algo que, en reconocidas revistas científicas de circulación internacional, es exhibido como expresión de la superación científica.

Tampoco es de asustarse por el hecho de que un docente mutile un programa de estudios de un curso, con el fin de alivianar su quehacer, a vista y paciencia de sus jefes. ¡Esto es para llorar como una Magdalena!
Yo hasta aquí sigo sin entender. Hasta ahora no he visto ni un solo pato o pata, pero, según me siguen diciendo, en el IUCU todo funciona alrededor de tales bípedos emplumados o encartonados entre kilos de títulos.
No es de extrañar que, en esta universidad, se haga gala de la capacidad de corrección que tienen sus docentes. Lógicamente, con tales mecanismos de selección de personal, no es raro que se aplique la siguiente máxima: quien poco lee, mucho corrige. El personal docente, en demasiadas ocasiones, no ve más allá del pico de un pato. ¡Por fin, comenzaron a aparecer los patos! Ya había preocupación, dado que hay tantas especies en extinción.

Me dicen que, de vez en cuando, las altas autoridades del IUCU se reúnen para compartir su patofilia. Una casa, un restaurante u otros lugares no aptos para menores terminan siendo un buen espacio para desarrollar la patología. Con razón no puedo ni matricularme en cursos de patología, ya que, en mi niñez, los patos se criaban en el patio. ¡Qué lujo hay ahora! Incluso, en mi pueblo, seguramente por ignorancia, le llamarían a esto corrupción. Pero no, esta es toda una ciencia…
Mi preocupación con respecto al destino de las pobres patas alcanza ahora un estado de tranquilidad. Hay más bien sobrepoblación.

Por dicha no vivimos en Utopía. Aquí, en Costa Rica, en nuestras universidades, por ejemplo, nuestros docentes se reclutan después de “haber pasado por los procesos de selección institucional”, en donde “en virtud de poseer determinados conocimientos científicos”, “se les atribuye la competencia técnica y funcional para emitir juicios sobre determinadas materias” (Resolución Nº R-2412-2007, Rectoría UCR). Amén.

Como verán, yo soy un mal patólogo. Se tiene talento o no se tiene. ¿Qué se va a hacer?

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