“Salvataje”

Este neologismo es la palabra de moda. Estaba escondida en nuestro acervo lingüístico, que no en el DRAE. Al parecer es un galicismo, aunque

Este neologismo es la palabra de moda. Estaba escondida en nuestro acervo lingüístico, que no en el DRAE. Al parecer es un galicismo, aunque le llamaría mejor barbarismo. En nuestros días la lanzaron los banqueros de Wall Street, mejor dicho, los miembros del Departamento del Tesoro de USA, verdaderos gobernantes de esa nación y del sistema-mundo.

Proviene de la actividad náutica y no debe entenderse como salvamento porque se trata de la acción de recuperar lo que sobrevive a un naufragio, es decir, rescatar lo que queda luego del desastre.

Así lo entendieron los banqueros gringos al recetarse todos los fondos públicos provenientes de la burbuja inmobiliaria y de la esquilmada que les practicaron a sus propios ciudadanos.

Y así lo entienden los banqueros de Alemania y Francia respecto de Grecia: privatizar los servicios públicos y realizar préstamos de salvataje con intereses más altos que los de su propios países para que les compren mercancías, especialmente armas para que el gobierno griego continúe su disputa con Turquía.

De tal modo que implícitamente los gobernantes de las metrópolis financieras europeas y del Tesoro de USA aceptan el desastre. En otras palabras, después del sabotaje viene el salvataje. De lo que se trata ahora es de rescatar lo que se pueda, lo que queda luego de la debacle neoliberal. Un poco lo que han puesto en práctica los gringos en Haití, para no hablar de Irak o Afganistán: no se trata de recuperar la economía haitiana, tampoco de reconstruir su ya de por sí desvencijada infraestructura, ni de democratizar sus prácticas políticas, mucho menos de ayudar al pueblo haitiano, la población más violentada por la colonialidad del poder en el ámbito americano. No, se trata de posicionarse en un territorio históricamente estratégico en el Caribe.

Con el caso de Haití entendemos muy bien la diferencia semántica entre salvamento y salvataje. Y comprendemos la voluntad neocolonial y necrófila de dicha acción. Por esa razón su cercanía con el vocablo salvaje me llama poderosamente la atención. Sería, desde el punto de vista de la decolonialidad un buen sinónimo. Porque no otra cosa ha sucedido con el famoso salvataje financiero: rapiña cínica y descarada de los fondos públicos y del ahorro de millones de trabajadores en el mundo.

Para los países periféricos no queda más que pensar en un salvataje a la inversa: recuperar las finanzas públicas, la producción nacional y desestimar de una vez por todas las horrorosas deudas externas; eso sí, democratizando la economía y la participación ciudadana. Solamente así podremos recuperar la dignidad  y la posibilidad de una vida mejor para todos.

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