Saramago

Impávido y con la boca abierta me quedé frente a él, viéndome a los ojos sonrió, y le dije: -¿Usted es….? Me sonrío de

Saramago. José Saramago. Premio Nobel de Literatura, 1998. El Buen Dios me permitió conocerlo. Por casualidad. Como muchas cosas hermosas que suceden en la vida humana. Después de tomar un café, un medio profesor aturdido por la ausencia de estudiantes y el ajetreo de trece revistas y la lectura de la Lógica de Hegel, cruzó el parqueo. Salía del vestíbulo un viejecito algo gordito y de gafas, en traje entero azul marino, una corbata roja y un grueso maletín pardo en su mano derecha.

Impávido y con la boca abierta me quedé frente a él, viéndome a los ojos sonrió, y le dije: -¿Usted es….? Me sonrío de nuevo y dijo: -Si, soy yo. –Saramago… –Sí, Saramago, pero aquí nadie me conoce…

Le invité un café a aquel “desconocido”, que entró humilde conmigo en una “sodita”. Tomé café con él. “Nadie me conoce”, pues entró por propia voluntad a la Facultad de Letras un viernes, día en el cual por las oficinas, corredores y las aulas deambulan los fantasmas y el espíritu mortal y fulminante de la Nada Absoluta.

Saramago. Lo conocí gracias a las lecturas sugeridas por Leda Cavallini. Inicialmente me desagradó su estilo por su anárquica puntuación, su tríptica “esencialidad” discursiva. Después de tratarlo personalmente se me hizo afable su personalidad y diamantino su mensaje. Suelo hacer hermenéutica con su lectura. Suelo considerar a un “desconocido” conocido que padecía ese extraño síntoma de quererse comunicar, pero sin buscar eso que detestaba: la fama, la petulancia y la fanfarronería. Creo que por eso conocí a Saramago, él era un literato nato, pero ante todo era un nato ser humano.

Yo no tenía a mano un libro suyo en aquel momento. Sólo una agenda. Me la firmó. “Es la primera vez que firmo una agenda…, ¡qué muchacho! Un día escribiré de esto”. No sé si lo hizo. No lo sé.

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