Una Asamblea Legislativa

De los prejuicios heredados, por considerarnos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos, el que más daño le hace a sociedad, consiste depositar nuestra fe

De los prejuicios heredados, por considerarnos incapaces de gobernarnos a nosotros mismos, el que más daño le hace a la sociedad, consiste en depositar nuestra fe y esperanzas en un mal llamado “gobierno representativo”, donde el pueblo abdica de su soberanía y es gobernado por “representantes”.

Los electores piensan que al sistema “representativo” le debemos ciertas libertades públicas; pero las pocas que disfrutamos se le deben al espíritu de libertad y rebeldía de valientes hombres que hayan podido imponerse en la historia, a pesar de los atropellos reaccionarios de los gobiernos y de las leyes tiránicas de sus parlamentos.

Los vicios de las asambleas legislativas no dependen tanto de los diputados como del sistema mismo; pero muchos diputados son personas que merecen (¡si de algo sirve!) analizarse a posteriori en sus perfiles más comunes, ya que el sistema electoral, arcaico y corrupto, impone listas cerradas, y no permite conocerlos antes de su elección.

No es que algunas de las personas que llegan allí, por sus quehaceres y formas de vida valgan menos que otras; ¡jamás! Pero son los conductores de nuestros destinos ¡y eso es cosa muy seria!

Para abdicar de nuestros derechos más sagrados y abandonarlos en sus manos, sería preciso que fueran verdaderos genios y ángeles. Pero no es así, allí encontramos de todo, menos genialidad y honestidad.

Abundan profesionales en todas las trampas: Voyeuristas, abusadores, pegabanderas, pillos, galleros… Y los abogados son muy frecuentes, especialmente los que jamás ganaron un juicio, o adormecían a los jueces con sus alegatos. Hay religiosos que le perdieron el miedo al demonio y ahora lo promocionan y son sus aliados; está el etílico parlanchín de cantina de barrio, cuyas burradas ni su mujer las soporta; también llegan allí bombetas y bombetos que no se sabe de donde cayeron, pero sus bobadas, que las envidiaría Tres Patines, son ahora, ¡Óigase bien, Ley de la República! que compromete las vidas de millones de personas.

Pero lo más insólito es que al llegar allí dominan a la perfección todos los temas habidos y por haber, no importando su escasa o nula formación. ¿O es que alguna Asamblea Legislativa, en alguna ocasión, se ha declarado incompetente en algún tema?

Se entretienen durante el debate charlando de fútbol, de carros, de viajes…; manoseando el celular, hablando con su concubina (o); leyendo los titulares para buscar su nombre; y posando para la cámara como si estuvieran en la alfombra roja, ¡por aquello de una eventual reelección!

Los discursos se pronuncian por simple efecto escénico y para tratar de subir el entusiasmo de sus electores, decepcionados desde el primer día de sesiones.

Pero allí todo está arreglado; el proyecto se apoya si beneficia a sus propios intereses, o al partido, según lo disponga el jefe de la “bandada”; saben que el país se embarcó poniéndolos allí, ¡así que salao el país! Sin embargo, los más tontos creen que van a cambiar criterios ya pactados y se desgalillan, vociferan, terminan orinando verde y deben ordenar, ¡no solicitar!, una larga incapacidad, todo pago, para reponerse en Miami o en Europa.

Bueno, esa es la parte cómica de la pantomima, sin entrar a considerar el saqueo y el chorizo que llevaría más páginas y muchas lágrimas.

Pero el asunto tiene su vertiente muy seria cuando sabemos que hoy en día no hay una sola actividad del Estado que no indigne al público o que no de pruebas evidentes de su incapacidad; pero esto, en las asambleas legislativas es doblemente desastroso, porque allí se concentran los más grandes enemigos que tienen los pueblos; y pareciera que no les interesa aparentar otra cosa.

El “gobierno representativo”, después de haberse convertido en el más preciado negocio y botín electorero, organiza la defensa de todos los privilegios que favorecen a sus mismas raleas; y procede contra los descontentos por la fuerza y por el crimen absolutamente impunes.

Una asamblea legislativa entorpece todas las funciones de la sociedad, sin otro freno que el que le impongamos por medio de la protesta o de la insurrección.

El parlamentarismo solo inspira asco a quienes lo estudian. ¿Qué otra cosa puede inspirar, si obligan al pueblo incauto a cederle sus derechos cada cuatro o seis años en la farsa electorera?

 

¡El Estado es el negocio

Que nuestros bienes y asuntos

Los pone en manos de algunos

Aclamados vividores,

Connotados malhechores,

Y otros mafiosos conjuntos!

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