Hernán Rivera Letelier: Si caía en la autocompasión me iba al carajo

El fenómeno literario que es Hernán Rivera Letelier, escritor chileno, vale considerarlo como uno de los más significativos posteriores al boom de la

El fenómeno literario que es Hernán Rivera Letelier, escritor chileno, vale considerarlo como uno de los más significativos posteriores al boom de la literatura latinoamericana. Saltó a la fama con una novela inesperada, «La reina Isabel cantaba rancheras», que cautivó al público y ganó en su el premio literario más importante. Desde entonces sus libros se venden como pan caliente. Es un minero del salitre. Su vida es una aventura que se trasluce en sus libros. Su universo literario va más allá del realismo mágico o del testimonial. Retoma a personajes sencillos y explotados.

Autodidacta, devorador de libros y autor independiente por antonomasia. Vino a Costa Rica a presentar su más reciente novela «Santa María de las flores negras». FORJA lo tuvo como invitado especial y en esta entrevista conversa con los periodistas José Eduardo Mora, William Vargas, Carlos Morales y Manuel Bermúdez.

Después de esa generación en la que Alberto Fuget jugaba un papel bastante destacado vino un boom aprovechado por Carlos Orellana. Vino la Reina Isabel Cantaba Rancheras. ¿Qué pasó después?

Fue un boom que le hizo muy bien a Chile. Parecía que durante la dictadura no se estaba haciendo nada, pero no era así. Llegó la democracia y afloraron todos los escritos que estaban siendo trabajados casi clandestinamente. Es un fenómeno muy rico porque hasta ese momento Chile se conocía por los poetas. La poesía, aún hoy, en Chile es insuperable.

Se creía que en Chile solo los  más viejos se dedicaban a la narrativa, pero apareció una población jóvenes escribiendo novelas y publicando que era espectacular. Aún más: fueron escritores que lograron lectores en Chile. Cambió la lista de El Mercurio, en el que los diez títulos más leídos siempre eran extranjeros. Los libros chilenos que se convirtieron en «best sellers».

¿Cuánto vendió, por ejemplo, la Reina Isabel?

Va por la 12 edición y sólo en Chile ha vendido cerca de 44.000 ejemplares.

¿Qué heredaron de los narradores clásicos chilenos como Cloloane o Manuel Rojas o son ustedes herederos de los poetas como Huidobro o Neruda?

Los más jóvenes creen que no son herederos de nadie. «Pancho Cloloane» hizo en el sur de Chile lo que yo pretendo hacer en el norte. En general ese boom estuvo influido por escritores norteamericanos.

Lo mío tuvo que ver con Rojas y Cloloane, porque contaba la vida marginal de los obreros del salitre y las putas.

Pero lo que quería hacer era eso pero hacerlo de manera universal. Contar la historia de mis compañeros, la historia de mi viejo, que se murió de silicosis, de las putas. La idea era que aparte del valor testimonial, mi obra se valorara como obra de arte. Se leyera en Guatemala, Costa Rica o Canadá, que aunque no entendiera nada de la pampa. De alguna manera creo que lo conseguí. Mis libros han sido traducidos a seis idiomas.

Cuando comenzó a escribir daba la impresión de que lo hacía con mucha naturalidad. ¿Pensó en algún momento que podría llegar algo así como un boom propio?

El artista siempre espera el éxito. Cuando uno está escribiendo trabaja para que la obra sea leída por la mayor cantidad de gente posible. En un principio uno busca una editorial que quiera publicarlo. Mis primeros dos libros los autoedité y los vendía a mis compañeros de trabajo. Mi sueño inicial consistía en hallar a una editorial grande que me publicara y de ahí en adelante tenía que ser la obra la que se batiera sola; sabía que mi obra se iba a defender con dientes y uñas.

¿Qué reacción hubo en la mina con su primera novela?

Mis excompañeros de la mina me dicen que lloran con mis libros. Es una de las cosas más lindas que me han pasado: que esos viejos entendieran que lo que escribía era su propia historia.

¿Mantiene contacto con sus excompañeros?

Sigo viviendo en Antofagasta.

El paso de la Reina Isabel al teatro. ¿Qué pasó con ella?

La obra se puso en Chile y en Antofagasta. En Antofagasta la montó un exminero y fue todo un fenómeno. La Reina partió la historia del teatro del norte en dos. Más de 60.000 personas la vieron. Gente que nunca había entrado a un teatro la vió incluso siete veces. Fue algo muy lindo.

Volvió a ganar el premio nacional de novela con «Himno de  un ángel parado en una pata» y partir de ahí su producción se vuelve muy prolífica.

¿Es viable esa producción?

No sé si tan prolífica. Después de la Reina Isabel me dediqué solo a escribir. Y he escrito en promedio una novela cada dos años.

¿Tiene presión del editor para sacar un libro cada dos años?

En absoluto. Dios me libre escribir libros por encargo. Eso es fatal para uno. Recibir plata por un libro que uno no ha escrito, eso no debe de ser.

¿Qué pasó con su poesía?

Digo que no hago poesía hacia abajo, sino que hago poesía hacia los lados.

En Santa María de las flores negras, el poeta ciego dice: soy el obrero pampino del burgués explotado, soy el paria abandonado que lucha por su destino. Soy el que labró el camino de su propio deshonor, regando con sudor estas pampas desoladas. Soy la flor negra y callada que crece con su dolor.

Ese es un verso.

Un verso, pero no es mío, me lo encontré en la investigación que hice para la novela. Es un verso anónimo.

Con su aparición en la narrativa chilena rompe con dos esquemas típicos de la narrativa chilena: uno con la influencia de los narradores norteamericanos e ingleses y el otro con los narradores politizados.

Rompo con la solemnidad que caracterizaba a la novela. Algunos creen que escribir una novela es un acto casi litúrgico. Una de las cosas de las que me siento orgulloso es de que dejo entrar el humor y la vida en mis novelas. Mis novelas pueden ser buenas o malas, pero tienen vida.

Hay escritores que escriben con el profiláctico puesto.

Para que no haya peligro del SIDA.

Sí, pero es que el SIDA también es vida. En una obra debe haber barro, semen, llanto, sangre, sangre infectada del otro, o sea, hay que dejar que pase la vida en lo que uno escribe.

Escribe a finales de los ochenta, cuando se da el plebiscito en Chile, de manera que lo político tiene que estar presente en su obra.

¿De qué manera incorpora la dictadura en su obra?

Fui víctima de otra forma. Trabajaba en las minas y la explotación al máximo la sufrió el proletariado; pero cuando me siento a escribir no pienso en que voy a escribir una novela política, simplemente escribo. Pienso que el primer deber de un escritor no es con la política, ni con lo social, es escribir bien; lo demás viene por añadidura. Si yo le hago un poema a la revolución y ese poema me sale mal estéticamente, automáticamente se convierte en antirrevolucionario.

Claro, si escribo sobre la pampa no se puede escribir una novela rosa. Sobre la pampa aflora lo político, lo social, lo panfletario. La pampa está llena de explotación y de matanzas contra el obrero. Nadie se puede sentar a escribir sobre la pampa sin que ese tipo de cosas afloren.

En «Santa María de las flores negras» sí cuento la matanza de Iquique. En ella, sin excluir lo social, debía encontrar un estilo para contar la historia de la matanza.

Dentro de ese contexto, ¿cómo ve la narrativa de Isabel Allende?

Para mí Isabel Allende es una mujer valiente. Encuentro que es una de las que más ha hecho para llevar el nombre de Chile al mundo. Dejémoslo hasta ahí.

Para volver a la narrativa chilena, ¿a cuánto asciende los tirajes en la actualidad?

Las editoriales hacen ediciones de 2.000 libros. Cuando es conocido hacen de 3.000 ejemplares. Chile es un país chico.

¿Y qué paso con el respaldo de la prensa cultural como Rocinante, Pluma y pincel, el suplemento de El Mercurio?

Eso es muy bueno, pero el problema es que los libros son muy caros. Está el maldito impuesto a los libros y las editoriales no se atreven a hacer ediciones de más ejemplares.

Si la Reina Isabel ha vendido 44.000 mil ejemplares oficialmente, las ediciones piratas llegan a los 80.000 ejemplares. El pirata existe porque hay lectores.

En sus obras aparecen personajes pobres y marginales. ¿Cómo cree que puede afectar la globalización a América Latina?

Creo que la globalización está generando, y tengo miedo de que de pronto explote, algo como sucedió en la pampa, que el obrero, el campesino, se atreva a marchar por el desierto a ejercer justicia. De pronto creo que los pobres del mundo van a marchar para exigir justicia. Para mí, la globalización es el apocalipsis, el anticristo.El apocalipsis se llama globalización y es terrerible. Un ejemplo es ver cómo los padres ya no llevan a sus hijos a los parques, a las plazas, a las playas, sino que los llevan a los grandes mall. Les están enseñando a vender el alma al diablo desde que aprenden a andar.

¿Teme que su literatura pueda parecer exótica?

Mis libros no tienen nada de exótico. Por las barbaridades que ocurren ahí; y en las cosas mágicas incluso yo me quedo corto. Hoy por hoy mis libros se venden en Chile más que los de Isabel Allende. Si esto fuera exótico, la gente no se sentiría en onda con mis libros. Tengo un orgullo muy grande con el hecho de que gente que trabajó conmigo, viejos que nunca se leyeron un libro, tienen todos mis libros. Cuando están tristes, abren mis libros y los leen en cualquier página.

Escribo de lo mío.Yo me crié en ese desierto. Mi padre murió de silicosis. Fui un minero hasta hace siete años. Fui un minero explotado durante 30 años. Entonces yo no puedo ser exótico. La historia del salitre estaba como olvidada y trato de rescatarla.

Incluso en Europa: Italia, Francia, España, los críticos han dicho que más que el mundo que nos muestra, que nos puede resultar exótico o no, lo que nos atrapa es cómo está contado ese mundo. Uno puede tener una historia muy exótica, pero si no sabe contarla, no se puede. El lenguaje es nuevo. El modo de contar es lo que atrae al lector. No estoy contando nada nuevo. Todo lo que estoy contando en Chile se escribió hasta los años 50 desde el principio del siglo.

Cuando estaba escribiendo «La Reina Isabel cantaba rancheras», me decían qué estás haciendo, si ya eso se contó. Les decía, bueno, ahora esas historias las voy a contar yo. Ahí está el arte: en la forma.

¿Cómo escribe?

Soy el más antimetódico que existe en el mundo. No tengo horario, escribo cuando se me para el lápiz, quizás porque fui explotado durante 30 años.  Tengo un récord de haber escrito durante 14 horas seguidas y otro del día en el que solo puse una coma.

Hay una novela que debe de estar esperando y es sobre los pueblos fantasmas.

Ya lo escribí y se llama «Los trenes van al purgatorio».

En una entrevista anterior decía que aspiraba a tener rasgos de Rulfo, Borges, García Márquez y Cortázar. ¿Cuál de estos escritores lo ha marcado más como creador?

Los cuatro y aún más. Soy autodidacta cien por ciento. Nunca he ido a una clase de literatura ni a un taller. Lo que aprendí lo aprendí en los libros. Le debo un poco a todos los que he leído. Algunos creen que el arte de la literatura nace con ellos. Aún sigo leyendo para seguir mejorando. Soy incluso deudor de los malos escritores.

¿Qué libros leía en sus primeros tiempos de las minas?

Fui un lector impenitente desde los siete años, pero hasta los 21 no había leído un libro de literatura. En mi casa no había libros. Después empecé a leer cualquier cosa, lo más intelectual que leí hasta los 20 años fue «Selecciones». Después me leí todo el siglo de oro, la generación del 27, pero en esa biblioteca sólo existían libros del 50 para atrás. Luego descubrí que existía Cortázar, Borges y García Márquez.

Me parece que su literatura es cercana a Rulfo.

Nunca lo conocí, por supuesto y eso me apena mucho. De las pocas entrevistas que le he visto, me da la impresión de que si nos hubiésemos conocido hubiésemos sido amigos, casi compadres.

¿Ha pensado en abandonar el espacio del salitre?

Ya lo abandoné. Cerré mi ciclo de novelas sobre el salitre con mi última novela. Esto, estas novelas, ha sido un libro de mil páginas, de la pampa, del salitre.

¿Viene la ciudad?

Viene la ciudad, pero de esa no voy a hablar porque se echa a perder.

¿Cómo explica el elemento carnavalesco presente en su obra?

Me encanta el carnaval y en la pampa aparecían poco. Aprovecho cada cosa carnavalesca que aparecía en la pampa y la pongo en mis libros. En esa parte del mundo hacía mucha falta la alegría, estábamos en el desierto más cabrón del mundo. En el desierto no había nada. Había que aprovechar cualquier cosa para alegrarnos.

Pienso que mi escritura, acabo de pensarlo, que mi modo de escribir, es una especie de carnaval, porque cuento cosas trágicas, dramas, pero escritas de manera alegre, para no caer en la autolamentación.  Todos los que escribieron de la pampa hasta el año 50, eran tipos que iban a la pampa, veían el infierno ese y después escribían sus obras. Lo hacían con conmiseración, pero yo que me crié y trabajé toda mi santa vida ahí, sabía que aunque éramos explotados también teníamos días alegres, amables y también amábamos. Teníamos humor, nos  reíamos de nosotros mismos. No podía caer en la autoconmiseración, porque si lo hacía me iba a la mierda.

No sé si aquí oyen la música ranchera, los corridos, bueno en esa música se cuentan unos dramas tremendos. La ingrata que me dejó y la maté de un balazo; pero ese dramón tremendo viene con música de trompeta, de violín, de guitarrones. Eso es lo que hago.

Además hay esperanza en su literatura. Al final del trayecto hasta llegar a Iquique una mujer pare, dos personajes se besan por primera vez, por ejemplo.

La esperanza en ese desierto era nuestra única noción de combate. Lo otro era la solidaridad. En ese desierto nadie sobrevive solo.

¿Qué contacto ha tenido con la literatura costarricense?

Estuve en El Salvador y ahí conozco la literatura de un gran poeta como lo fue Roque Dalton. En Guatemala soy admirador  de un narrador excepcional: Auguto Monterroso, todos sus libros los releo. Pero en Costa Rica no conozco a nadie y eso me da mucha pena.

Pero tuviste cerca a Joaquín Gutiérrez.

Ese es un pecado mío. Pienso llevarme la maleta llena de libros de costarricenses.

Un crítico español hablaba de que en su novela «Fatamorgana con banda de música» utilizó una prosa muy musical. ¿Esta influencia de la musicalidad le viene de su trabajo anterior con la poesía?

Creo que sí. Si no hubiera escrito poesía no estuviera escribiendo este tipo de prosa. Yo sigo siendo poeta. Conozco esa crítica que me hizo el español, lo tengo de internet, me lo bajó un amigo y me lo llevó a mi casa. Él dice que mi prosa es musical y que más que leerla hay que cantarla. Y da en el clavo. Dio en el blanco, porque soy un músico frustrado. Tengo un oído pésimo para tocar algún instrumento, tanto como la berenjena, pero tengo un oído interno, y cuando escribo tengo que encontrarle el ritmo a lo que voy a contar. A veces la frase está perfecta y hay un adjetivo de dos sílabas, pero la frase me cojea musicalmente. Entonces, tengo que buscar un adjetivo con tres sílabas que signifique lo mismo, porque con tres sílabas me da el tono. A veces me cuesta encontrar la palabra para que la frase me quede ajustada musicalmente. Pienso que en general lo que trato de hacer es una gran sinfonía con palabra. De pronto tengo tema para escribir, pero estoy musicalmente desinspirado. Entonces, tengo que inspirarme musicalmente para escribir. Si los músicos se pueden juntar y escribir una música, también necesito el momento adecuado.

Vale decir que escribe de oído.

Esa frase la voy a copiar. Y es que soy un autodidacta y escribo de oído.

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