Diversión y poder: Circo, nigromancia y prestidigitación en el viejo San José

La llegada de un circo, espectáculos de magia o anuncios de clarividentes que prometen resolver cualquier tipo de problema, son cosas comunes hoy día.

La llegada de un circo, espectáculos de magia o anuncios de clarividentes que prometen resolver cualquier tipo de problema, son cosas comunes hoy día. Sin embargo, hace más de 100 años, estas actividades eran motivo, no solo de notas en la prensa nacional, sino además de control por parte del Estado y de la Iglesia.

Producto de la europeización cultural de la burguesía nacional, las políticas sociales del Estado a mediados del siglo XIX y principios del XX, se concentraron en controlar, vigilar, civilizar y supervisar a los diferentes sectores subalternos, con el fin de popularizar y vulgarizar los valores y prácticas burguesas.

A nivel general el control sobre el teatro, el fútbol, el cine, las peleas de gallo y las corridas de toros, demuestran que dentro del proyecto político-cultural gubernamental existía  la intención de homogeneizar la cultura para que   su visión particular del mundo prevaleciera, imponiéndose a las demás agrupaciones sociales,

Así enmarca Chester Urbina Gaitán, de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica, su estudio «Circo, nigromancia y prestidigitación en San José, de 1867 a 1914».

Urbina señala que  esta investigación pretende explicar la importancia de los espectáculos circenses, acrobáticos, nigrománticos, hipnóticos y de prestidigitación presentados en San José, así como determinar el control ejercido por el Estado y la Iglesia en torno a esta clase de presentaciones.


CIRCO Y CONTROL ESTATAL

Al ser San José el principal centro político económico, cultural, educativo y social del país, todas las compañías y artistas que vinieron tenían como meta presentarse en esta provincia, principalmente en los lugares donde la burguesía josefina acostumbraba socializar.

Los primeros circos que llegaron a San José se instalaron en algunos lugares públicos  como la Plaza de la Merced, la Plaza de la Fábrica Nacional de Licores -actual Parque España-, la Plaza de la Soledad o en terrenos alquilados propiedad de particulares.

Tal es el caso del Circo de Tony Lowandy, el cual para 1905 se estableció en un solar propiedad de don Mauro Fernández, situado al costado sur de la Cuesta de  Mora, en la línea del tranvía.

El control estatal alrededor de las compañías circenses se comienza a manifestar desde fines del siglo XIX. Es así como en junio de 1893 el circo Pubillones no pudo abandonar el país, ya que fue detenido en Puerto Limón debido al temor de que propagara en otros países el virus de la fiebre amarilla que por esa época azotaba con una terrible epidemia el Atlántico nacional.

El «Reglamento de teatros y demás espectáculos públicos para la ciudad de San José», del 24 de mayo de 1906, manifiesta el interés gubernamental por el control de esta clase de eventos, principalmente alrededor del comportamiento de los artistas y espectadores.

Ninguna empresa podía introducir  en el local que ocupaba un mayor número de asientos y de espectadores de los que había sido autorizado.

Por su parte, los espectadores estaban obligados a guardar el orden y compostura y   «les era vedado fumar y escupir dentro de los locales, salvo en los lugares señalados al efecto».

Con base en lo anterior, afirma el historiador,  se puede detectar que el espectáculo ofrecido por estas empresas en un primer momento estaba dirigido a los sectores acomodados, pero, para finales de la década de los ochenta del siglo XIX, las funciones empiezan a ser promovidas entre los sectores populares, bajando el costo de las entradas.

Urbina añade que las compañías circenses del período analizado, vieron poco atractivo llegar al país, ya que el Estado, debido a su debilidad financiera, las obligaba a dar funciones de beneficencia y no les ofrecía subvención alguna.

ADIVINACIÓN E IGLESIA

Las primeras presentaciones de magia efectuadas en el país  fueron ofrecidas por el prestidigitador Conde Patrizio, en el Teatro Municipal de San José, en marzo de 1879, así como presentaciones de taumaturgia (realización de actos calificados maravillosos o milagrosos), y de nigromancia ( adivinación del futuro), entre otros.

Aunque ya había estado en 1896, fue para mediados de 1911 que el Dr. Pedro Jiménez causó verdadera sensación en San José.

El Dr. Jiménez era un reconocido profesor de ciencias ocultas y realizaba con los asistentes a sus funciones, actos de telepatía, mentelegrafía, hipnotismo en letargia, sonambulismo y catalepsia.

Con respecto a la llegada al país de médium y adivinos y «movido por un deseo de evangelización y control social», el Obispo de Costa Rica, Monseñor Juan Gaspar Stork, publicó en 1910 su carta pastoral titulada «Sobre el espiritismo».

Dicha carta critica la práctica que algunos costarricenses tenían de consultar a tales personas, por lo que Monseñor Stork declara que la práctica  del espiritismo, aún por  curiosidad o pasatiempo, está absolutamente prohibida, y recuerda que no es permitido publicar, leer o conservar libros sobre adivinación y espiritismo.

Ademas, el Obispo Stork acota que los adivinos o brujos que pretenden leer el porvenir, no son más que impostores y charlatanes, buscando sacar el dinero y satisfacer la curiosidad de algunas personas.

Para el historiador, pese a que existen impostores y charlatanes en el campo de lo paranormal, no se puede generalizar que todos los que se dedicaban a este campo lo fueran.

En este sentido, el investigador asegura que «un profesional serio, especialista en esta materia, que vino al país, fue el médico Dr. Gallego, quien el 28 de marzo de 1913 ofreció una conferencia teórico-práctica sobre hipnotismo, magnetismo y sugestión, y dio una exhibición sobre radio-magnetismo que gustó mucho».

La confianza que el público depositó en estos «médicos» hizo que algunos religiosos perdieran el control en el campo curativo, afectando además la institucionalización de la influencia de la Iglesia en las Juntas de Caridad y en la administración hospitalaria.

Asimismo, añade Urbina, los costarricenses creyeron que los extranjeros poseían poderes especiales para curar; lo que se explica por medio de la llegada de curanderos foráneos que traían nuevos conocimientos médicos, los remedios poco usuales traídos al país por comerciantes y el origen inmigrante de los primeros médicos que hubo en Costa Rica, según señalan investigaciones anteriores.

Para concluir, el historiador aclara que antes de la llegada de compañías nigrománticas, adivinos y médium provenientes del extranjero, estas prácticas ya se conocían en el país.

Sin embargo, explica Urbina , «es hasta principios del siglo XX cuando la secularización  de las costumbres y el afianzamiento del consumo de masas – donde el cine, el teatro y el fútbol jugaron un papel fundamental – que tales actividades se hacen más populares».

 

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