Discurso de Marco Antonio

Uno de los grandes méritos de William Shakespeare es el magnífico retrato que hace en sus obras del poder y los conflictos humanos que

Uno de los grandes méritos de William Shakespeare es el magnífico retrato que hace en sus obras del poder y los conflictos humanos que se desarrollan o evidencian en su consecuencia. Uno de los momentos cumbre de ese retrato es el discurso de Marco Antonio en la obra Julio César.

Por la forma en que algunos acontecimientos recientes, vinculados con el fútbol, han puesto al desnudo la idiosincrasia costarricense, reproducimos este texto varias veces convocado a lo largo de nuestra historia política.

(Marco Antonio se dirige al pueblo romano congregado en el Foro):

¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención!

¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle!

¡El mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria!

¡Frecuentemente el bien queda sepultado con sus huesos!

¡Sea así con César!

El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso.

Si lo fue, era la suya una falta grave,

y gravemente la ha pagado.

Con la venia de Bruto y los demás,

pues Bruto es un hombre honrado,

como son todos ellos, hombres todos honrados,

vengo a hablar en el funeral de César.

Era mi amigo, para mí leal y sincero;

pero Bruto dice que era ambicioso.

Y Bruto es un hombre honrado.

Infinitos cautivos trajo a Roma,

cuyos rescates llenaron el tesoro público.

¿Parecía esto ambición en César?

Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba.

¡La ambición debería ser de una sustancia más dura!

No obstante, Bruto dice que es ambicioso

y Bruto es un hombre honrado.

Todos visteis que en las Lupercales

le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces.

¿Era esto ambición?

No obstante, Bruto dice que era ambicioso

y ciertamente, Bruto es un hombre honrado.

¡No hablo para desaprobar lo que Bruto habló!

¡Pero estoy aquí para decir lo que sé!

Todos le amasteis alguna vez y no sin causa.

¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevarle luto?

¡Oh raciocinio!

Has ido a buscar asilo en los irracionales,

pues los hombres han perdido la razón…

¡Perdonadme un momento!

¡Mi corazón está ahí, en ese féretro con César,

y he de detenerme hasta que torne a mí.

 

*****************

 

¡Ayer todavía, la palabra de César

hubiera podido prevalecer contra el Universo!

¡Ahora yace ahí y nadie hay tan humilde que le reverencie!

¡Oh señores!

Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera

a vuestras mentes y corazones,

sería injusto con Bruto y con Casio,

quienes, como todos sabéis, son hombres honrados.

¡No quiero ser injusto con ellos!

¡Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros,

antes que con esos hombres tan honrados!

Pero he aquí un pergamino con el sello de César.

Lo hallé en su gabinete y en su testamento.

¡Si oyera el pueblo esta su voluntad,

aunque con vuestro permiso, no me propongo leerlo,

e iría a besar las heridas de César muerto

y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre!

¡Sí! ¡Reclamará un cabello suyo como reliquia,

y al morir lo transmitirá por testamento,

como un rico legado, a su posteridad!

 

****************

 

¡Sed pacientes, amables amigos!

¡No debo leerlo!

¡No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César!

Pues, siendo hombres, al oír el testamento de César

os enfureceríais llenos de desesperación.

Así, no es bueno haceros saber que os instituyen sus herederos,

pues si lo supierais, ¡oh!, ¿qué no habría de acontecer?

 

****************

 

¿Tendréis paciencia?

¿Permaneceréis un momento en calma?

He ido demasiado lejos en deciros esto.

Temo agraviar a los honrados hombres

cuyos puñales traspasaron a César.

¡Lo temo!

 

*****************

 

¿Queréis obligarme, entonces, a leer el testamento?

Pues bien: formad círculo en torno al cadáver de César

y dejadme mostraros al que hizo el testamento.

¿Descenderé? ¿Me dais vuestro permiso?

 

*****************

 

¡No os agolpéis encima de mí!

¡Quedaos a distancia!

Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas.

¡Todos conocéis este manto!

Recuerdo cuando César lo estrenó.

Era una tarde de estío, en su tienda,

el día que venció a los de Nervi.

¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio!

¡Ved que brecha abrió el envidioso Casca!

¡Por esta otra le hirió su muy amado Bruto!

¡Y al retirar su maldecido acero,

observad como la sangre de César

parece haberse lanzado en pos de él,

como para asegurarse de si era o no Bruto

el que tan inhumanamente abría la puerta!

¡Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César!

¡Juzgad, oh dioses, con que ternura le amaba César!

¡Ese fue el golpe más cruel de todos

pues cuando el noble César vio que él también le hería,

la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores,

le anonadó completamente!

¡Entonces estalló su poderoso corazón,

y, cubriéndose el rostro con el manto,

el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo

que se inundó chorreando sangre!…

¡Oh que caída, compatriotas!

¿en aquel momento, yo y vosotros, y todos, caímos,

y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros!

¡Oh, ahora lloráis,

y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad!

¡Esas lágrimas son generosas! ¡Almas compasivas!

¡Por qué lloráis, cuando aún no habéis visto

más que la desgarrada vestidura de César?

¡Mirad aquí!

¡Aquí está él mismo, desfigurado, como veis, por los traidores!

 

***************

 

¡Bueno amigos, apreciables amigos,

no os excite yo con esa repentina explosión de tumulto!

Los que han consumado esta acción son hombres dignos.

¿Qué secretos agravios tenían para hacerlo?

¡Ay! Lo ignoro.

Ellos son sensatos y honorables,

y no dudo que os darán razones.

¡Yo no vengo, amigos, a concitar vuestras pasiones!

Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis,

un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo,

y esto lo saben bien los que públicamente

me dieron licencia para hablar de él.

¡Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito,

ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria,

que enardece la sangre de los hombres!

Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos conocéis.

¡Os muestro las heridas del bondadoso César,

pobres, pobres bocas mudas,

y les pido que ellas hablen por mí!

¡Pues si yo fuera Bruto, y Bruto Antonio,

ese Antonio exasperaría vuestras almas

y pondría una lengua en cada herida de César

capaz de conmover y levantar en motín las piedras de Roma!

 

****************

 

¡Oídme todavía, compatriotas! ¡Oídme todavía!

¡Amigos, no sabéis lo que vais a hacer!

¿Qué ha hecho César para merecer así vuestros afectos?

¡Ay! ¡Aún lo ignoráis!

¡Debo, pues, decíroslo!

¿Habéis olvidado el testamento de que os hablé?

Aquí está, y con el sello de César.

A cada ciudadano de Roma, a cada hombre, individualmente,

lega setenta y cinco dracmas.

¡Oídme con paciencia!

Os lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares

y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber.

Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos,

como parques públicos, para que os paseéis y recreéis.

¡Este era un César!

¿Cuándo tendréis otro semejante?

 

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