Claudio Magris, el escritor de Europa Central

En esta entrevista presentamos una aproximación al escritor italiano Claudio Magris, autor de obras como Danubio, Lejos de dónde y La exposición, ganador este

En esta entrevista presentamos una aproximación al escritor italiano Claudio Magris, autor de obras como Danubio, Lejos de dónde y La exposición, ganador este año del Premio Príncipe de Asturias en Letras.

Lejos de donde

-Se acaba de publicar Lejos de donde, su libro sobre Joseph Roth en el que se narra y explica el éxodo de los hebreos de la Europa oriental en la primera mitad del siglo pasado. Se trata de una obra que escribió hace años. ¿Qué sentido tiene su traducción al español ahora?

-Lo primero que quiero decir es que este libro que ahora aparece en español lo he escrito yo pero también pertenece a Pedro Luis Ladrón de Guevara, el traductor, que se convierte con toda justicia en coautor. La traducción hace que el libro sea lo que yo escribí y al mismo tiempo otra cosa distinta. Debo subrayar que se trata de algo crucial que me importa mucho: más allá de la satisfacción de que los propios libros sean traducidos, a veces se olvida el hecho de que la traducción constituye en sí misma un género literario. Pienso que algunas de las más grandes figuras de las letras en todos los países serán de hecho recordadas no por su obra de creación, poesía, novela, sino por la importancia y el valor de sus traducciones.

CRISIS DE LA INDIVIDUALIDAD

-Leyendo Lejos de donde llama la atención la unidad del conjunto de una obra que se manifiesta como un proyecto intelectual donde cada aproximación posterior confluye como una variación musical hacia los mismos temas e incluso hacia los mismos lugares geográficos.

-Lejos de donde es un libro central en mi obra porque aparece el tema, que me obsesiona, de la crisis de la individualidad y de la simultánea capacidad de resistencia del individuo frente a la amenaza de la disgregación existencial y psicológica del sujeto. Se trata de describir la permanente tensión entre la precariedad de toda forma de identidad personal estable y la voluntad tenaz del individuo de percibir en el mundo cualquier atisbo de unidad. Cuando el hombre ha sido más fuertemente cercado y oprimido ha sido capaz de desarrollar formas de resistencia más perfectas. La cultura hebraico-oriental, la civilización de esa última diáspora y del exilio representa un ejemplo histórico extraordinario de cómo el individuo desarraigado, constreñido a vivir aislado y sin el apoyo de las grandes construcciones políticas y estatales se repliega en su realidad personal y familiar, en el plano de sus afectos, pero de un modo no retórico sino intensamente real. Y esto, que en parte lo descubrí con la escritura de este libro, es algo propio no sólo de la cultura hebrea sino de la condición humana y quizás por eso reaparece de mil formas en el resto de mi obra.

-¿Se trataría de una poética de resistencia frente a la modernidad?

-No exactamente. Aunque es constante la conciencia de estar sometidos a una ley objetiva, en autores como Alejchem o Bergelson, de los que hablo mucho en el libro, no hay ninguna forma de nostalgia restauracionista frente a los valores de la modernidad. Cuando el hebreo oriental sale del mundo perfecto y cerrado del shtetl experimenta, frente a la ley que rige su vida individual y comunitaria, el caos del mundo, con su extrema dosis de negatividad. No hay regresión sino un paso por la realidad ajeno a cualquier forma de retórica. Los valores que defienden no pertenecen al pasado. Para ellos los valores cuando son auténticos tienen que estar presentes siempre con toda su actualidad. Fíjese en el título del libro, en esa bella expresión, Lejos de donde, que proviene de un cuento jasídico en el que dos amigos se encuentran camino de la estación. Uno de ellos le pregunta al otro que adónde va, el otro le contesta que se va a la Argentina, y el amigo le dice: «Pero eso está muy lejos», a lo que el otro responde: «¿Lejos?, ¿lejos de dónde?», queriendo significar que el hebreo, con su tradición del Libro, no refiere su vida a una centralidad espacial concreta y, por tanto, aunque se encuentre lejos de todo, en realidad nunca está alejado de nada, porque de alguna forma lleva consigo su propio centro de referencia.

AUTODEFENSA NECESARIA

-Esta peculiar autodefensa está descrita en el libro a propósito del análisis pormenorizado de la obra de Roth, pero sobre todo el libro planea como una sombra, como una clave nunca del todo dicha, la obra de ese otro narrador gigante que fue Singer.

-Me había enfrentado con la obra de Roth en mi libro anterior que trata de la presencia del mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna. Naturalmente había todavía muchas cosas que quería decir y por eso comencé este otro libro pero, al mismo tiempo, mi verdadero interés entonces se dirigía en efecto a la obra de Isaac Singer. Roth se transformó en un hilo conductor para abordar a los autores que encarnaban directamente el problema del hebraísmo. Es el caso de Singer y de los otros clásicos de la literatura yiddish que, sin ser mejores ni peores que Roth, representan el problema desde dentro. Yo tenía la impresión de no poder acceder a ese núcleo directamente y por eso opté por la vía indirecta que me permitía el análisis de la obra de Roth. Por otra parte, todo ensayo debe en cierto sentido trasladar el objeto de su interés. De la misma manera que se escribe una poesía sobre una margarita pero en realidad se está hablando del amor a una mujer, el ensayo es como una metáfora que permite hablar de otra cosa. En ese sentido he tomado a Roth para hablar del conjunto de este mundo cultural y literario que para mí es tan importante.

EL PROBLEMA DEL DESARRAIGO

-¿Quiere usted decir que Joseph Roth en realidad no pertenecía del todo al mundo de los judíos orientales?

-No. Como tampoco pertenecía a ese mundo Franz Kafka, que miraba con nostalgia y admiración a los actores yiddish ambulantes pero sabiendo que no pertenecía ya a ese mundo. Singer, en cambio, a pesar del exilio, nunca salió del sthetl, aunque sus fronteras estuvieran constituidas por una geografía que no era real sino literaria. He llegado a viajar a Polonia oriental para buscar la geografía literaria de Singer, las pequeñas aldeas de las que habla, Yampol, Frampol, pero no las encontré ya que habían sido destruidas y no existían fuera de la obra de Singer. Para mí su lectura fue una epifanía porque en su obra no hay nostalgia sino una presencia de la vieja legitimidad en un mundo que, al menos en uno de sus planos, nunca ha dejado de ser lo que era. Ese fue el descubrimiento que me deslumbró en esa literatura pero, para entrar en ella, tuve que hacerlo desde la perspectiva de Roth, que era alguien que también estaba fuera de ese mundo.

SU ÚLTIMO LIBRO, LA EXPOSICIÓN

-Toda esta problemática de la necesaria autoafirmación en el caos del mundo, ¿cree que en realidad se trata de algo que mantiene su actualidad, su vigencia, hoy día?

-Creo sinceramente que sí. El problema del desarraigo, de la pérdida de la identidad y al mismo tiempo la búsqueda de una realidad plena de significado, la necesidad de acogerse a lo concreto en un mundo que cambia aceleradamente, vuelve a ser un problema actual, aunque quizá con unas formas distintas. No hablo, por cierto, de las pequeñas comunidades políticas o étnicas que se ven amenazadas en un mundo globalizado y que se afirman a costa de despreciar al otro. El mundo ha cambiado de tal forma en los últimos treinta años que existe un miedo justificado a verse convertido en el superhombre profetizado por Nietzsche o en ser confundido uno mismo con una réplica virtual. La pérdida de la totalidad, y este libro es una reflexión sobre el sentido de pérdida de la totalidad, está presente hoy con nuevas formas, pero con una fuerza extraordinaria.

-Hablemos por último de La exposición. Parece un texto extraño, al menos formalmente hablando. ¿No teme que el lector pueda encontrarse perplejo ante el libro?

-Hay que tener en cuenta que es un texto teatral, expresión babélica de una multiplicidad de voces en distintos idiomas y dialectos, de fragmentos de poesía y de canciones alemanas mezcladas con revelaciones violentas, delirios y expresiones infantiles. En realidad recoge la historia de Vito Timmel (Viena, 1886-Trieste, 1949), un pintor formado en la Viena de Sigmund Freud y de Klimt que volvió desencantado a la vida de provincias y que murió desesperado y solo en un manicomio. Timmel, con toda su fuerza visionaria, es una figura que me ha obsesionado desde hace veinticinco años, cuando escribí sobre su Cuaderno mágico.

-¿Qué le atrajo de su historia?

-He escrito el libro como una búsqueda, intentando expresar una obsesión que no he acabado nunca de comprender: las razones del fracaso vital, el sentido de la fuerza que nos lleva hacia delante, el vértigo de un amor que no duda en sacrificar la propia vida. Timmel supo expresar una parte importante de las cosas en las que creo de manera más íntima, y por fin he podido escribir sobre él en una época crucial de mi vida.

-Un libro difícil en todo caso.

-Aunque esto pueda sorprender a muchos, se trata de una obra marcadamente autobiográfica, escrita con muchas claves internas y personales. Está pensado para ser representado en escena, aunque espero que encuentre lectores también en español.

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