El quijotesco don Miguel de Cervantes

El editor lo despojó de los derechos de autor de la Parte I, y Cervantes habría muerto en la pobreza de no haber

La presencia de Cervantes en Don Quijote es constante, si bien está disimulada. Fue el más castigado de los escritores eminentes. Resultó herido en la batalla naval de Lepanto y perdió el uso de la mano izquierda a los 24 años. En 1575 lo capturaron piratas de Berbería y pasó cinco años como esclavo en Argel. Fue rescatado en 1580 y sirvió a España como espía en Portugal y en Orán, para volver luego a Madrid, donde trató de labrarse una carrera como dramaturgo y fracasó casi invariablemente después de escribir por lo menos veinte obras. Desesperado, se convirtió en recaudador de impuestos, pero en 1597 lo procesaron por presunta malversación y terminó en la cárcel. Volvió a la cárcel en 1605, y se piensa que fue ahí donde empezó a escribir Don Quijote. La Parte I, que escribió a una velocidad increíble, se publicó en 1605. La parte II se publicó en 1615.

El editor lo despojó de los derechos de autor de la Parte I, y Cervantes habría muerto en la pobreza de no haber sido por la ayuda tardía de un noble durante los tres últimos años de su vida. Si bien Shakespeare murió a los 52 años, fue un dramaturgo inmensamente exitoso y llegó a gozar de gran prosperidad gracias a su participación en las ganancias de la compañía teatral que trabajaba en el Globe Theatre. Circunspecto, y muy consciente de que el gobierno había inspirado el asesinato de Christopher Marlowe, la tortura de Thomas Kyd y la estigmatización de Ben Jonson, Shakespeare vivió de forma casi anónima a pesar de ser el principal dramaturgo de Londres. La violencia, la esclavitud y la cárcel fueron algo habitual en la vida de Cervantes. Shakespeare, siempre precavido, llevó una existencia sin incidentes memorables.

Los tormentos físicos y mentales que sufrieron Don Quijote y Sancho Panza habían sido muy importantes en la interminable lucha de Cervantes por proteger su vida y su libertad. Las observaciones de Vladimir Nabokov, sin embargo, son acertadas: en Don Quijote hay una crueldad extrema. El milagro estético es que esa enormidad se diluye cuando nos distanciamos del libro y evaluamos su forma y su infinito espectro de significados. Ningún crítico que analice la obra maestra de Cervantes coincide, ni siquiera mínimamente, con la opinión de otro crítico. Don Quijote es un espejo que se enfrenta, no a la naturaleza, sino al lector. ¿Cómo este caballero andante golpeado y ridiculizado puede ser el paradigma universal que es?

Don Quijote y Sancho son víctimas, pero ambos son extraordinariamente resistentes hasta la derrota definitiva del hidalgo y su muerte bajo la identidad de Quijano el Bueno, a quien Sancho implora en vano que vuelva a la vida errante. La fascinación de la resistencia de Don Quijote y la sabiduría leal de Sancho perduran.

Cervantes se basa en la necesidad humana de presenciar el sufrimiento, que es uno de los motivos por los que el hidalgo nos inspira respeto. Por más católico que haya (o no) sido, a Cervantes le interesa el heroísmo y no la santidad.

El heroísmo de Don Quijote de ningún modo es constante: es muy capaz de huir, abandonando al pobre Sancho a merced de los golpes de toda una aldea. Cervantes, el héroe de Lepanto, quiere que Don Quijote sea un nuevo tipo de héroe, no irónico ni insensato, sino un héroe que quiera ser él mismo, tal como bien lo señaló José Ortega y Gasset.

Tanto Don Quijote como Sancho Panza exaltan la voluntad, si bien el hidalgo la trascendentaliza y Sancho, el primer postpragmático, quiere mantenerla dentro de ciertos límites. Es el elemento trascendental de Don Quijote lo que nos convence de su grandeza, en parte porque contrasta con el contexto deliberadamente burdo y a menudo sórdido del libro panorámico. Es importante destacar que esta trascendencia es secular y literaria, y no católica. La búsqueda quijotesca es erótica, pero hasta el eros es literario.

Enloquecido como consecuencia de la lectura (como seguimos estándolo muchos de nosotros), el caballero busca un nuevo yo, un yo que pueda superar la locura erótica de Orlando (Roland) en el Orlando Furioso de Ariosto o del mítico Amadís de Gaula. A diferencia de Orlando o de Amadís, la locura de Don Quijote es deliberada, autoimpuesta, una estrategia poética tradicional. Hay, de todos modos, una clara sublimación del impulso sexual en el valor desesperado del hidalgo. La lucidez no deja de irrumpir, de recordarle que Dulcinea es su suprema ficción, de trascender su deseo por la campesina Aldonza Lorenzo. Sólo la voluntad puede legitimar una ficción en la que se cree aunque se sabe que es una ficción.

No puedo pensar en ningún otro trabajo donde las relaciones entre palabras y acciones sean tan ambiguas como en Don Quijote, a excepción de Hamlet. La fórmula de Cervantes es también la de Shakespeare, si bien en Cervantes sentimos el peso de la experiencia, mientras que Shakespeare es misterioso, dado que casi toda su experiencia fue teatral. Cervantes es tan sutil, que hay que leerlo en tantos planos como a Dante. Tal vez pueda definirse lo quijotesco como la forma literaria de una realidad absoluta, no como un sueño imposible, sino más bien como un persuasivo despertar a la mortalidad.

La verdad estética de Don Quijote es que, nuevamente al igual que Dante y Shakespeare, hace que nos enfrentemos de manera directa a la grandeza. Si tenemos dificultades para comprender la búsqueda de Don Quijote, sus motivos y lo que desea, es porque nos enfrentamos a un espejo que nos produce reverencia incluso mientras cedemos al placer. Cervantes siempre está más adelante que nosotros, y nunca podemos darle alcance. Fielding y Sterne, Goethe y Thomas Mann, Flaubert y Stendhal, Melville y Mark Twain, Dostoievsky: esos son algunos de los admiradores y discípulos de Cervantes. Don Quijote es el único libro que el Dr. Johnson deseó que fuera aún más extenso.

Sin embargo, a pesar de que Cervantes es un placer universal, en algunos sentidos es incluso más difícil que Dante y Shakespeare. ¿Tenemos que creer todo lo que nos dice Don Quijote? ¿l lo cree? El (o Cervantes) es el creador de una forma que ahora es común, en la cual las figuras de una novela leen ficciones anteriores sobre sus propias aventuras previas y tienen que hacer frente a una consecuente pérdida del sentido de realidad. Ese es uno de los mejores enigmas de Don Quijote: es al mismo tiempo una obra cuyo verdadero tema es la literatura y una crónica de una realidad difícil y sórdida, la decadencia de España entre 1605 y 1615. El hidalgo es la crítica sutil de Cervantes a un reino que sólo le dio castigos a cambio de su heroísmo patriótico en Lepanto. No puede decirse que Don Quijote tenga una doble conciencia; la suya es en realidad la conciencia múltiple del propio Cervantes, un escritor que sabe cuál es el precio de la confirmación. No creo que pueda decirse que el hidalgo miente, excepto en el sentido nietzscheano de mentir contra el tiempo y el siniestro «Era» temporal. Preguntar en qué cree Don Quijote es ingresar al centro visionario de su historia.

Esta curiosa combinación de lo sublime y lo ridículo no vuelve a presentarse hasta que Kafka, otro discípulo de Cervantes, compone historias como El cazador Graco y Un médico rural. Para Kafka, Don Quijote era el demonio o el genio del astuto Sancho Panza que lo proyectaba en un libro de aventuras hasta su muerte. Según la maravillosa interpretación de Kafka, el verdadero objeto de la búsqueda del hidalgo es el propio Sancho Panza, que, como oyente, se niega a creer el relato de Don Quijote sobre la cueva. Vuelvo, entonces, a mi pregunta: ¿El hidalgo cree su propia historia? No tiene mucho sentido contestar «sí» ni «no», de modo que la pregunta debe estar errada. No podemos saber qué creen Don Quijote o Hamlet, debido a que éstos no comparten nuestras limitaciones.

Thomas Mann adoraba Don Quijote por su ironía, pero Mann podría haber dicho en todo momento: «Ironía de ironías, todo es ironía.» En la escritura de Cervantes vemos lo que ya somos. Johnson, que no podía soportar las ironías de Jonathan Swift, aceptaba con facilidad las de Cervantes: la sátira de Swift corroe, mientras que la de Cervantes nos permite cierta esperanza.

Johnson sentía que necesitábamos algunas ilusiones para no enloquecer. ¿Eso forma parte del proyecto de Cervantes? En un análisis muy útil, La profesión de Don Quijote, Mark van Doren se preocupa por las analogías entre el hidalgo y Hamlet, que a mí me parecen inevitables. Se trata de dos personajes que siempre parecen saber qué hacen, pero nos frustran cada vez que tratamos de compartir ese conocimiento. Se trata de un conocimiento diferente al de Falstaff y Sancho Panza, que se sienten tan complacidos de ser ellos mismos que hacen que el conocimiento pase a su lado y los deje atrás. Preferiría ser Falstaff o Sancho que una versión de Hamlet o Don Quijote, ya que la vejez y la enfermedad me demuestran que ser es más importante que saber. El hidalgo y Hamlet son temerarios al extremo; Falstaff y Sancho tienen cierta conciencia de la prudencia en cuestiones de valor.

No podemos saber cuál es el objeto de la búsqueda de Don Quijote a menos que nosotros mismos seamos Quijotescos (con Q mayúscula). ¿Cervantes consideraba que su vida difícil era en cierto modo Quijotesca? El Rostro Triste nos mira desde el retrato, una expresión por completo distinta a la sutil impasibilidad de Shakespeare. Se trata de genios equiparables ya que, incluso más que Chaucer, que los precedió, y que la serie de novelistas que los sucedieron y conjugaron la influencia de ambos, nos brindaron personalidades con más vida que nosotros mismos. Sospecho que Cervantes no habría querido que lo comparáramos con Shakespeare ni con nadie más. Don Quijote dice que todas las comparaciones son odiosas. Tal vez lo sean, pero esta puede ser la excepción.

En lo que respecta a Cervantes y a Shakespeare, necesitamos toda la ayuda posible para su análisis, pero no hace falta ninguna ayuda para disfrutarlos. Ambos son igualmente difíciles y, sin embargo, accesibles. Si queremos abordarlos, ¿qué mejor que recurrir a su mutua capacidad de iluminación?

Traducción de Cecilia Beltramo

(c) The Guardian y Clarín

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