Leer por gusto

Muchas veces la gente se pregunta qué es un buen libro, cómo escoger la buena literatura en una oferta, por dicha cada días más,

Muchas veces la gente se pregunta qué es un buen libro, cómo escoger la buena literatura en una oferta, por dicha cada días más, pujante en las librerías. Más aún cuando se han dado fenómenos editoriales como JK Rowlins y su saga de Harry Potter, Paulo Coelho o Stephen King. Buena parte de la cuestión radica en que no se lea por gusto sino por deber. Y ahí viene la polémica. ¿Dónde está la buena calidad del libro? En el tema, parece que no, pues una novela muy famosa trata sobre un anciano loco que escapa de los parientes que lo cuidan para dar una vuelta por el poblado donde vive, y nada más. En la técnica tampoco, la simpleza y linealidad siguen siendo los recursos más agradecidos por los lectores. ¿El lenguaje? ¿La fluidez?. La respuesta podría ser una combinación de estos aspectos, pero de los grandes clásicos casi ninguno cumple con este requisito. Hoy se habla de lectura entretenida, que logre vencer a los otros distractores poderosos que nos agobian, pero para lograrlo se requiere de aquello que de por sí siempre ha sido indispensable para la literatura, saber contar una historia.

En la segunda y tercera décadas del siglo pasado se establecieron categorías que señalaban libros de clase A, B y C. Esa distribución mercadológica clasificó los libros buenos, clásicos, literarios, en el primer grupo, luego los comerciales, masivos, ligeros en el segundo, y los francamente malos, basura, carente de valor literario en el tercero. Pero a finales del siglo la división ya no servía más que para hacer historia. La gran influencia de novelas como las de ciencia ficción, ubicadas en el grupo o la novela negra, ubicadas en los grupos B y C, pasaron a marcar e influir la mayor parte de la literatura y a sustituir a la influencia de la novela psicológica y naturalista que provenía del siglo anterior.

 

De manera que hoy es muy difícil establecer con rigor una manera de medir o determinar qué es un buen libro más allá de grandes campañas de promoción o furiosas críticas irracionales.

Un buen libro puede conmocionarnos, sobrecogernos, divertirnos o dejarnos con una profunda reflexión luego de su lectura. Es en la coherencia interna de lenguaje, estilo y tema, así como en la pertinencia social, ideológica y de verosímilitud, donde la obra capta al lector y consagra su trascendencia. La adecuación de estos dos factores ocurre al relacionarse el lector con la obra. Los análisis cobran la misma importancia que los gustos. A continuación un comentario de Lev Grossman, crítico de la revista Time, acerca del estadounidense Stephen King.

Esta semana, en Nueva York, la National Book Foundation condecorará a Stephen King por su «Distinguida Contribución a las Letras Americanas». Entre los condecorados anteriores se cuentan Saul Bellow, Philip Roth, Arthur Miller y Toni Morrison, lo que convierte a King -un impenitente traficante del terror- en una elección por lo menos controvertida. Harold Bloom, el especialista en Shakespeare que se autodenomina «canonizador», la calificó de «terrible error» y agregó que King era un «escritor inmensamente inadecuado».

Las noticias de la coronación de King tropezaron con las previsibles burlas de los snobs literarios y también con unas cuantas expresiones de regocijo -tan previsibles como las burlas- de los snobs de la vereda de enfrente. Pero ninguno de los dos bandos da en el verdadero blanco de la cuestión: el hecho de que en nosotros, los lectores, se ha arraigado profundamente el extraño hábito de dividir los libros en dos pilas mutuamente excluyentes, una «elevada» y literaria y otra «baja» y vulgar, y eso es algo que tendríamos que dejar de hacer. Los libros no son ni elevados ni bajos. Simplemente son buenos o malos. Échenle un vistazo a la segunda pila, la pila vulgar, y notarán algo interesante: es muy, muy grande. De acuerdo a Ipsos BookTrends .-un servicio que mide el consumo de libros-, el 34 por ciento de todas las novelas vendidas en los Estados Unidos este año fueron románticas; el 6 por ciento de fantasía y ciencia ficción, y el 19 por ciento de misterio y policiales. Sólo el 25 por ciento pertenece a la categoría «ficción general», que incluye la subdivisión aun más pequeña de las «novelas literarias»: los Jonathan Franzen, los David Foster Wallace, los E. Annie Proulx.

¿Cómo fue que los hábitos de lectura de los norteamericanos se polarizaron tan radicalmente y que -en el mejor de los casos- sólo un cuarto de lo que la gente lee (o compra) es calificado como literatura legítima? No siempre fue así. A mediados del siglo XIX había una sola pila. Dickens escribía best sellers, pero sus novelas no eran consideradas «comerciales» o «populares». Eran simplemente novelas. Nadie menospreciaba a Scott ni a Tennyson ni a Stowe por ser salvajemente exitosos. Nadie se avergonzaba si lo encontraban leyendo el nuevo Edgar Allan Poe durante el almuerzo.

Las cosas cambiaron cuando hizo su entrada el modernismo, en la primera parte del siglo XX. En 1922 se publicaron La tierra baldía de T.S. Eliot y el Ulises de James Joyce, dos de las obras literarias más grandes de la historia occidental, pero también dos de las primeras imposibles de comprender sin el auxilio de extensas notas al pie y el andamiaje de la crítica. De golpe supimos que algo era literario porque era difícil de leer. Podíamos entenderlo o no, y si no lo entendíamos, no lo admitíamos. Los norteamericanos nos habíamos vuelto aristocráticos en nuestros juicios estéticos.

Era algo extraño y nuevo. Leer literatura y pasar un muy buen rato se había convertido en una combinación improbable. Tenemos un alto nivel de tolerancia para el aburrimiento y la dificultad. Alabamos la prosa cuando es rica, compleja y lírica, pero no sabemos apreciar los placeres de un argumento narrado con buen ritmo y estructurado con gracia. O -peor aun- los apreciamos, pero nos avergüenza admitirlo. En algún momento hemos aprendido a asociar las delicias de una buena narración -esa inefable sensación de que las cosas encajan y se conectan en una cascada dinámica y regocijante- con la vergüenza, como si la literatura no tuviera que ser tan divertida. O como si, en caso de serlo, ya no fuera literatura.

No me interesan demasiado los libros de Stephen King. Cambiaría sin vacilar toda su obra por la de J.K. Rowling. Pero aplaudo la decisión de la National Book Foundation, y espero que estimule a la pequeña pero decidida escuela de escritores que trasplanta esmeradamente el arte de la prosa de la «pila literaria» a los vigorosos y disfrutables argumentos de la «pila vulgar» para producir novelas que ofrezcan los placeres de ambas. La próxima ola literaria no vendrá de arriba sino de abajo, de las ediciones baratas apostadas en los anaqueles de los supermercados. Manténganse sintonizados. Sigan leyendo. La revolución no será canonizada.

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