Werner Mackenbach: Este realismo no tiene nada de mágico

Profesor de la Universidad de Postdam, Alemania, especialista en literatura latinoamericana, en particular centroamericana, el doctor Werner Mackenbach analiza la producción reciente de novela

Profesor de la Universidad de Postdam, Alemania, especialista en literatura latinoamericana, en particular centroamericana, el doctor Werner Mackenbach analiza la producción reciente de novela en la región y su percepción en el mismo continente y en Europa. En esta entrevista asegura que una narrativa de la memoria, como es la tendencia actual, es muy importante para dar a conocer lo que invisibilizan los discursos oficiales y que es esencial para una convivencia actual y futura.

Además identifica la violencia como un rasgo común en esa novelística pero señala el riesgo de una estetificación de esa violencia.

Hablemos de algunos rasgos comunes que predominen en la narrativa centroamericana contemporánea que usted ha estudiado en los últimos años.

Es muy interesante que, por un lado, en muchas de las novelas está toda esa temática de la memoria, y no sólo ocurre en Centroamérica, sino en Latinoamérica, en Chile donde estuve los últimos meses impartiendo algunos cursos, e incluso en España.

 

Podemos pensar en autores como el salvadoreño Horacio Castellanos Moya o el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, pero también en otros anteriores como el nicaragüense Sergio Ramírez que ya se interesaron por el tema.

Parece que, luego de finalizar los conflictos armados, empezó a ampliarse el panorama de las novelas que tratan las experiencias de esos conflictos pero ya de una manera  diferente, no desde una perspectiva política o ideológicamente comprometida, sino pensando la memoria como una condición para construir una convivencia.

Es decir, en la novela centroamericana actual pasa algo similar a lo que ha ocurrido en otras sociedades que han vivido una experiencia traumática, como la alemana, la chilena o la española, por mencionar algunas, donde después de los acontecimientos, incluso a veces mucho tiempo después como en el caso de España, experimentamos una literatura que habla de estos acontecimientos, que intenta construir una memoria de esos acontecimientos.

¿Esa literatura busca denunciar lo ocurrido?

Creo que ya no tiene el propósito de denunciar sino pesquisar sobre las causas y los acontecimientos para encontrar una nueva narración de la convivencia que ya no tiene interés en denunciar o meterse en una construcción de la identidad nacional, sino de permitir narraciones muy diversas, incluso narraciones que se ocupan de los victimarios, ya no sólo de las víctimas. En el caso chileno con Germán Marín, o en España con Javier Cercas, por ejemplo, así como los centroamericanos que mencioné antes.

Creo que estamos apenas al inicio de una literatura que intenta contar la historia reciente de la experiencia traumática de los países centroamericanos, ya no con el afán de tocar una historia de la identidad nacional o del compromiso político o social, sino permitir memorias de índole muy diversa.

Eso es muy importante para poder pensar una posible convivencia ahora y en el futuro. Creo que, una vez más, la literatura juega un papel importantísimo por su carácter oficialmente subversivo. La literatura puede tocar las memorias no oficiales, los acontecimientos más atroces y sin presión de contar algo oficial u oficioso como lo han hecho los Informes de la Verdad o la historiografía oficial, para no hablar de los discursos oficiales.

La situación política latinoamericana está en condiciones muy distintas de las que se vivieron en esos procesos traumáticos, ya fueran dictaduras o conflictos armados. Algunos de los objetivos por los que se mataron miles de latinoamericanos ahora se han logrado y no mediante procesos armados.

Sí, es una América muy diferente. Se logró parcialmente por haberse comprometido con las armas y por ello pagó un precio muy alto en vidas y todos los estragos de la guerra civil, pero también un precio muy alto en lo que podríamos llamar una transición no lograda. Es decir lo procesos que hemos visto de pacificación, transición y democratización, especialmente en Centroamérica, son completamente incumplidos. Prueba de ello es que en Centroamérica en algunos países tenemos más muertos diarios ahora que durante la guerra civil. El Salvador y Guatemala tienen de los índices más altos de homicidios en América Latina.

En ese sentido es sumamente importante el papel que juega la literatura al permitir la memoria, la narración sobre lo que pasó, sin propósitos político inmediatos. Esos espacios para la memoria son necesarios para construir una convivencia.

Por ejemplo, en El Salvador ahora hay un gobierno de izquierda, pero la transición se dio sin la participación de la sociedad civil, sino que fue pactada. El Informe de la Comisión de la Verdad es pactado por lo que refleja hasta cierto punto las experiencias traumáticas, pero hasta cierto punto. Son procesos sin la participación de la sociedad civil, son una reelaboración de la narración del pasado pactada en las cúpulas políticas. Ahí la literatura cumple esa función importante al contarnos historias que en los informes y los discursos oficiales quedaron invisibilizadas.

En Nicaragua fue aún peor con procesos de reconciliación, la queme simbólica de armas, pero no hay un espacio de memoria. Como anécdota, le cuento que, hace un año, en conmemoración de sus cincuenta años en ese país, la embajada de Alemania organizó un simposio con exbecarios en Alemania, sobre la memoria. Estuve con otros expositores de Costa Rica, Argentina entre otros. Los nicaragüenses empezaron a hablar a contar experiencias; incluso figuras como Dora María Tellez o Sofía Montenegro. Fue muy impactante, comenzaron a llorar al recordar, es que no han tenido espacios para sacar todo eso desde sus experiencias personales y contarlo en público. Simplemente hablar de sus heridas personales.

Esa es la función que está tomando la narrativa.

Creo que sí. Mucho más que otros. La historiografía crítica también asume un papel importantísimo, pero está limitada por sus propios recursos y rigores, tiene que apegarse a lo que se puede comprobar con documentos. La literatura tiene la libertad de contar cualquier tipo de historia que sea verosímil en la narración y no necesariamente tiene que comprobar que ocurrió así.

Ni está comprometida con ningún discurso.

No. Mientras las narraciones oficiales invisibilizan las memorias traumáticas que tienen  ambos lados del conflicto.

¿Cómo se recibe esa literatura fuera de América Latina?

Bueno, en Europa, en el caso de Centroamérica creo que aún estamos en una situación de marginalidad. Aparte de algunos nombres como los que mencionaba antes, en países como Francia, Alemania, Italia, no hay una recepción consciente de las literaturas centroamericanas, aunque hay más que antes, pero aún es muy poco.

¿Y cómo es percibida en Europa esa literatura de Latinoamérica actual en el tema de la violencia que está tan presente?

Lo que hay en Europa es una recepción de la literatura, por ejemplo colombiana o argentina, sobre este tema. Incluso he dicho que hasta puede haber un cierto goce en la recepción de la literatura de la violencia y tal vez sea otra forma de exotización de Latinoamérica que siempre para los europeos ha sido un continente de mucha violencia.

¿Se ha creado una estética de la violencia en la literatura contemporánea latinoamericana?

Creo que sí. Hay una tendencia muy fuerte a ese goce, incluso entre los críticos. Escribir literatura sobre algo positivo, idílico y armónico resulta en una literatura aburrida. La literatura interesante es sobre acontecimientos traumáticos y América Latina se presta completamente para eso por su historia. No es algo que esté solo en la narrativa reciente. Las manifestaciones estéticas de la violencia en la literatura latinoamericana están presentes desde el choque de culturas, pasando por la novela criolla, luego la de la selva, cuando la naturaleza era la fuerza violenta, hasta ahora que la violencia urbana está en el centro de esta nueva narrativa. Estéticamente son novelas sumamente interesantes, atrevidas, innovadoras, chocantes…

Violentamente dulce como decía Cortazar de Nicaragua.

Sí. Frente a eso otras cosas pueden resultar aburridas.

La novela latinoamericana sigue nutriéndose de la realidad latinoamericana.

Volviendo al tema de la memoria de acontecimientos recientes, parece que la tendencia formal a la novela negra, policiaca o detectivesca hace alusión a ese interés de pesquisar y desvelar lo oculto por el discurso oficial.

Es muy interesante que el foco de la atención siguen siendo las irrealidades latinoamericanas que se prestan para ser ficcionalizadas.

El momento de mayor reconocimiento de la narrativa latinoamericana fue el del boom literario y del realismo mágico. ¿Cómo se relaciona esta nueva tendencia con lo que se escribía en Latinoamérica?

Bueno, ahora se trata de algo así como un realismo feo, que no tiene nada de mágico. Hace poco leía la maqueta de la novela póstuma del escritor guatemalteco-nicaragüense Franz Galich Tikalfutura que está por salir con F&G editores en Guatemala. Se trata de un realismo crudo, que ya no quiere escribir en el estilo de los mitos del realismo mágico, es más bien hiperrealista y por lo mismo muy ficcional.

Creo que formalmente también es una tendencia que busca un lenguaje austero, con oraciones cortas, cargada de jerga popular, son rasgos comunes en esta narrativa actual.

Esto también tiene que ver con esa estetización de la violencia.

Hace unos diez años se acuñó el término desencanto para hablar de lo que pasaba en la narrativa del final del siglo pasado y principio del presente. Pero ahora parece que el desencanto es la marca del inicio de este nuevo siglo, ya no sólo en la literatura, sino en la economía, la política y la sociedad que hoy se manifiesta indignada. ¿Cómo se inserta esta narrativa actual en esos procesos?

Los escritores parecen decirlo en su búsqueda de un lenguaje propio, auténtico y no de las grandes utopías o metarrelatos. Sigue siendo una literatura muy comprometida, pero con desenfado en relación con las irrealidades y las atrocidades que están pasando y contarlas pero con un lenguaje hiperrealista.

En una sociedad tan desencantada e indignada ¿cómo puede ser recibida esta literatura?

Creo que tiene mucho impacto, en particular en las generaciones jóvenes, que crecieron en una situación de vacío ideológico, lejos del metarrelato del realismo mágico, lo real maravilloso o las utopías sociales y políticas, están buscando otra cosa.

Otra cosa que me parece sumamente interesante es lo que está pasando con la memoria, que deja atrás el concepto de novela histórica.

Volviendo a esa estetización de la violencia, pienso en casos como los de los narcorridos en México, usted señalaba un riesgo…

Hay un riesgo en cuanto se popularice el uso de la violencia. Ese es un debate que también tienen los críticos. El año pasado hicimos un simposio en mi universidad acerca de la transformación de la violencia en América Latina. La tesis de alguna gente era que la literatura que se ocupa de la violencia la reproduce esa violencia y tiene un impacto negativo en el lector, especialmente en los jóvenes. Eso es discutible, si realmente tiene un impacto inmediato. La otra tesis, a la que me inclino, es que no se trata de una reproducción, sino de una reelaboración estética de la violencia, que es una tendencia que va en contra al mostrar las atrocidades de la violencia. Ese es el gran potencial de la literatura que hace que en el lector pase algo. Esta narrativa no renuncia a un planteo ético en este sentido. Pero es una ética no ideológica sino muy humana, porque es de un compromiso muy humano.

Se leemos una novela por ejemplo de Franz Galich, que pertenece a ese grupo de obras donde hay mucha violencia con personajes de las capas más bajas de la sociedad, se nota un humanismo tremendo, que escribe con mucho amor por la condición humana de esta gente. Ese es el compromiso del escritor.

Algo similar se nota en novela Los Dorados del costarricense Sergio Muñoz, un tratamiento de los personajes…

Son personajes, son seres humanos, no son tipos que se utilizan para construir la novela. Es muy interesante que lo escribe Sergio Muñoz porque muestra que en la “Suiza centroamericana” también hay este tipo de violencia, también hay una novela negra y una novela urbana. Y aquí no hay postguerra, por eso no me gusta ese concepto de hablar de la novela centroamericana de postguerra.

¿Cómo podría llamarse para ubicarla en el tiempo o en las tendencias?

No tengo un concepto que se le pueda aplicar, pero los que hay no me convencen.

Es una narrativa que se refiere a las secuelas de esos conflictos en las relaciones más íntimas. Lo que Dante Liano llamó la violencia oblicua. Es decir las consecuencias en las relaciones de individuos afectados por esa violencia.

Muestra las heridas que tienen que sanar, pero es algo que puede tomar mucho tiempo aún. No tenemos un concepto abarcador del proceso traumático centroamericano, aunque los estados nación se comporten como si estuviéramos en la reconciliación y ya todo está bien, pero la literatura muestra que eso no es así, que no está todo bien y hay mucho por sanar aunque los discursos oficiales quieren invisibilizarlo.

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