Elecciones marcadas por escenarios de guerra en El Salvador y Colombia

Con un abstencionismo que superó el 50% en las votaciones del pasado domingo en El Salvador, más de 2 millones de electores que acudieron

Con un abstencionismo que superó el 50% en las votaciones del pasado domingo en El Salvador, más de 2 millones de electores que acudieron a las urnas no marcaron su papeleta o la anularon.

Las elecciones presidenciales de El Salvador y las parlamentarias de Colombia, el pasado domingo 9 de marzo, fueron dos nuevos pasos en el reacomodo político que representarán este año, para América Latina, los comicios de Costa Rica, Panamá, nuevamente Colombia (donde se celebrarán elecciones presidenciales el 25 de mayo), Brasil, Bolivia y Uruguay.

Las del domingo pasado fueron dos elecciones marcadas por los conflictos armados. La de El Salvador, celebrada 22 años después de la firma de los acuerdos de paz de 1992, pusieron frente a frente las dos grandes fuerzas políticas surgidas de ese conflicto: el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y Arena, enfrentadas hoy ya no en el terreno militar sino en el político pero con los mismos desafíos económicos y sociales por resolver y que alimentaron 15 años de conflicto armado.

En Colombia, con las negociaciones de paz entre el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC en pleno desarrollo en La Habana, resurgió la figura del ex presidente Álvaro Uribe, que ha hecho de la oposición a la negociación el sustento de sus propuestas.

¿Qué peso tendría todavía Uribe en la política colombiana en ese nuevo contexto? Los resultados electorales dieron pie a diversas interpretaciones y respuestas a esa pregunta. En todo caso, el presidente Santos parece mantener, después de las elecciones parlamentarias, su favoritismo para las presidenciales de mayo.


El Salvador

Después de 22 años de paz, el FMLN llega al gobierno

Marcadas −al igual que en Colombia− por años de guerra, las elecciones presidenciales del pasado domingo en El Salvador no pudieron desmarcarse de las profundas consecuencias de este conflicto.

Los insurgentes de entonces, hoy agrupados en partido político, llegaron finalmente al Gobierno en la quinta elección celebrada desde que, en 1992, se firmaron los acuerdos de paz de Chapultepec.

Los resultados –muy estrechos– se prestan, al igual que los de Colombia, para diversas interpretaciones.

Los analistas destacan, por una parte, que el pasado guerrillero del candidato del FMLN, Salvador Sánchez Cerén y su partido, “no pareció importar a muchos electores, y una muestra es que las campañas para compararlos con el fallecido presidente venezolano Hugo Chávez o vincularlos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) no dieron resultado”.

Norman Quijano, el candidato de Arena, “advirtió que los programas sociales populares estarán ‘en riesgo’ si gana el FMLN, ya que los inversionistas abandonarán el país”, lo que tampoco sirvió para revertir el resultado.

El FMLN se había acercado en el primer turno a la meta de superar el 50% de los votos necesarios para el triunfo. Con 1 315 768 votos, logró casi 49% de las preferencias, mientras su principal rival –Arena− alcanzaba 1 047 592 y diez puntos menos. La diferencia fue de 268 176 votos.

El conteo preliminar del Tribunal Supremo de Elecciones en la segunda vuelta del pasado domingo le dio al FMLN 1 494 144 votos, frente a 1 487 510 de Arena. Una diferencia de apenas 6634 votos que llevó a Quijano a apelar a las fuerzas armadas para dirimir unas elecciones que, en su opinión, le estaban siendo robadas. En todo caso, estaba pendiente todavía un conteo manual de las actas que, en principio, deben confirmar el triunfo del FMLN anunciado en la noche misma del domingo.

DESAFÍOS

Quedan, entonces, pendientes los desafíos para el nuevo Gobierno, que llegará al poder después de las pérdidas que sufrió el FMLN en las elecciones legislativas y municipales de marzo del 2012, incluyendo la alcaldía de la capital.

El analista y ex miembro de las guerrillas Roberto Cañas dijo a la BBC que «el candidato que gane va a encontrar una serie de problemas que estuvieron escondidos debajo de la alfombra durante la campaña; los va a enfrentar casi inmediatamente después que gane la elección. La luna de miel va a ser muy corta”.

Un estudio reciente del Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP), de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), reveló que sólo el 8,8% de la población salvadoreña está “muy satisfecha” con el funcionamiento de la democracia en el país, mientras el 57,2% está “poco o nada satisfecha”.

“No se trabajó por la reunificación de la sociedad, por la paz, por la justicia”, expresó el vicerrector de Proyección Social de la UCA, Omar Serrano, como causa de este descontento.

El comentario tiene que ver no sólo con la vida política, sino con la situación económica de la mayoría de la población del país. Si, bien, los acuerdos de paz pusieron fin a 15 años de conflicto armado, tuvieron un efecto mucho menor en cambiar las estructuras sociales y la condición de vida de la población.

El Salvador sigue siendo “uno de los países con mayor desigualdad económica, donde un pequeño grupo de familias reciben más de la mitad de los ingresos, mientras que la mayoría de la población no cuenta con los recursos para suplir sus necesidades básicas”.


“¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”

La guerra ha marcado también las elecciones parlamentarias del domingo en Colombia. Con las negociaciones de paz que lleva a cabo el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos con la guerrilla en La Habana como telón de fondo, la inusual candidatura al senado del ex presidente Álvaro Uribe era un desafío a ese proceso.

«Hoy ha nacido el Centro Democrático para un país sin vacilaciones contra el terrorismo», dijo Uribe, en alusión al partido que encabeza y a su decisión de oponerse a las negociaciones de paz.

Si, bien, el análisis de los resultados de las elecciones se presta para muy diversas interpretaciones, casi todas hacen referencia a lo logrado por Uribe y su Centro Democrática: 19 senadores y la segunda bancada en un senado de 102 miembros; dos menos que el Partido de la U, de Santos, y los mismos 19 de la bancada conservadora. Con 17, se quedó el Partido Liberal; con 9, Cambio Radical, que apoya a Santos; con 5, cada uno la Alianza Verde, el Polo Democrático y Opción Ciudadana.

Evaluando los resultados, la revista Semana le dio a Uribe una calificación de 4,5 sobre 5. Pero la nota matiza: “en el sanedrín uribista nadie esperaba menos de 25 senadores. En todo caso, independientemente de cualquier desilusión individual, fue una victoria”.

Lo cierto es que el Partido de la U recibió poco más de 2,2 millones de votos y el de Uribe, poco más de dos millones; esto que representa apenas 15,6% y 14,3%, respectivamente, de los votos emitidos.

Alejandro Muñoz, analista colombiano, escribió que Álvaro Uribe “ya no llena la plaza pública, o si lo hace es para recibir abucheos por parte de la ciudadanía (…) ¿Quiénes lo hacían? Grupos de personas armados de cacerolas, pancartas, afiches y expresiones a coro como “¡Uribe, paraco, el pueblo está verraco!”.

Por otro lado, como la destaca Semana, “el presidente Santos mantiene sus mayorías con cerca de un 65% del senado apoyándolo. El porcentaje es aún más alto en relación con el proceso de paz, alrededor de un 80%”.

ABSTENCIÓN

La abstención −superior al 50%− y una cantidad de votos nulos y blancos agregaron nuevos elementos para el análisis de lo que realmente cada uno representa en el escenario político del país.

La emisora El Heraldo, en editorial el lunes después de las elecciones, destacó que una “elevada abstención y significativo voto en blanco marcaron la jornada electoral de ayer, en la que Santos logró un Congreso inclinado a su favor, pero con menos respaldo del que disfrutaba hasta ahora”.

Por otra parte, señaló, “llama muy negativamente la atención la elevada tasa de abstencionismo que se sigue registrando en las elecciones, lo que evidencia la desafección hacia el actual orden político de más de la mitad de los ciudadanos con derecho a voto”. Los votos nulos o no marcados sumaron 2,3 millones, “cifra que permitiría a un partido conseguir, por lo menos, 20 escaños”.


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