Estudios revelan desastre tras 20 años del NAFTA en Norteamérica

Mientras lo pagado a los productos de maíz mexicano se desplomaba, el precio de las tortillas aumentó casi tres veces en los 10 primeros

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Mientras lo pagado a los productos de maíz mexicano se desplomaba, el precio de las tortillas aumentó casi tres veces en los 10 primeros años del Tratado. (Foto: UNAM)

México prefiere exportar sus productos en lugar de sus ciudadanos, decía, hace 20 años, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari poco antes de entrar en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), que él había firmado. Para Estados Unidos, agregó, la opción era recibir los tomates mexicanos o a los braceros ilegales, que los irían a cultivar allá si no encontraban trabajo en su país.

¡Pura fantasía! Los 370.000 inmigrantes mexicanos que buscaron mejor vida en Estados Unidos en 1993 (el año anterior a la entrada en vigencia del tratado) se duplicaron con rapidez. En el 2000 llegaron a ser 770.000.

Estaba consumada una de las mayores estafas políticas modernas. En 20 años, cada una de las promesas de los defensores del NAFTA se derrumbó, como lo muestra el trabajo titulado “Nafta at 20”, publicado en enero de este año por Public Citizen (PC), una organización no gubernamental estadounidense orientada al estudio del comercio mundial.

Dedicado principalmente a analizar las consecuencias del NAFTA para la economía de Estados Unidos, el informe aporta luz también sobre sus efectos en la economía mexicana.

Una a una, son desmitificadas las promesas del NAFTA que ofrecían llevar a México al Primer Mundo y a su población a disfrutar de mejor calidad de vida. El mismo ofrecimiento hicieron aquí los promotores del CAFTA.

Caída de salarios 

Unas 60.000 empresas manufactureras cerraron en Estados Unidos desde la implementación del NAFTA y, aunque no todos esos cierres se pueden atribuir al tratado −como advierte PC en su estudio−, millones de empleos industriales se perdieron cuando esas empresas fueron a buscar mano de obra barata en México.

El documento aporta una detallada explicación del mecanismo utilizado para lograr la reducción de los salarios. Según la Brookings Institution, “el promedio de trabajadores desplazados de la manufactura pasaron de ganar $40.154 anuales, a ganar $32.123 al ser recontratados, una caída de 20% en sus ingresos”.

Trabajadores de sectores no calificados, como hotelería o servicios de comida rápida, también vieron cómo sus ingresos se deterioraban. Para algunos analistas, esto era uno de los objetivos de los Tratados y no el aumento de ingresos, como prometían quienes lo promovían.

Esta transferencia de empleo desde los bien pagados en el sector manufacturero, hacia los mal pagados en el sector de servicios, contribuyó a empujar hacia la baja todos los salarios. “El promedio de los salarios en Estados Unidos crecieron menos del 1% anualmente, en términos reales desde la entrada en vigencia del NAFTA, a pesar de que la productividad de los trabajadores creció a un ritmo tres veces mayor”. El salario promedio “permanece al mismo nivel de 1979”.

El Washington Post afirma que cuando se cumplieron 10 años de los tratados ya “19 millones más de mexicanos vivían en la pobreza”.

“Antes del NAFTA, 36% de la población rural mexicana ganaba menos del mínimo necesario para alimentarse, porcentaje que aumentó a cerca del 50% en los primeros tres años de vigencia del acuerdo”, señalan. Hoy, más de la mitad de la población sigue bajo la línea de pobreza, “a pesar de las promesas hechas por los propulsores del NAFTA”.

Transcurridos 20 años del NAFTA, la realidad es muy distinta. El crecimiento anual promedio per cápita de la economía mexicana apenas alcanzó un 1,1% en este lapso. Un crecimiento acumulativo de 24%, que contrasta con el 102% alcanzado entre 1960 y 1980, destaca en el informe.

El sueño de los precios bajos también se esfumó. El ingreso de maíz barato y subsidiado desde Estados Unidos (como el arroz ahora en Costa Rica) hizo caer 66% el precio pagado a los campesinos mexicanos, obligándolos a dejar el cultivo y las tierras. Esto facilitó la pérdida de tierras de los agricultores, compradas por grandes corporaciones. 1,1 millón de campesinos, y otro 1,4 millón de personas que dependían del sector, quedaron sin trabajo entre 1993 y 2005.

Mientras lo pagado a los productos de maíz mexicano se desplomaba, el precio de las tortillas aumentó casi tres veces en los 10 primeros años del Tratado.

El secreto es simple: el NAFTA incluye reglas que facilitan la consolidación de toda la red de producción y comercialización de tortillas en manos de pocas y grandes empresas, “capaces de aumentar el precio a los consumidores y hacer enormes ganancias, mientras el precio del maíz declina”, indica el mismo documento.

El NAFTA creó, además, nuevos privilegios para las empresas transnacionales, les otorgó el derecho de demandar a los Estados en tribunales internacionales, especialmente inclinados a favorecer sus intereses. Las corporaciones extranjeras atacaron los Estados “en una amplia gama de políticas de protección al consumidor en materia de salud, ambiente y uso de la tierra, permisos regulatorios, regulaciones financieras y otras políticas de interés público que, según ellas, amenazaban sus expectativas de ganancias futuras”.

Actualmente, hay once demandas pendientes en estas materias, por un total de $12.400 millones, similares a las que la minera canadiense Infinito Gold amenaza con interponer contra Costa Rica por más de $1.000 millones por no habérsele permitido explotar oro en la mina de Las Crucitas y frustrar sus expectativas de ganancias multimillonarias.

 

Desigualdad alcanza nuevos extremos

 

El estudio de Public Citizen explica así el crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos, como consecuencia del NAFTA: el Tratado presionó hacia la baja los ingresos de los sectores medios y bajos y obligó a los trabajadores, hasta entonces mejor pagados, de la industria manufacturera a competir con las importaciones de productos hechos por mano de obra más barata en el extranjero. El desplazamiento de estos trabajadores mejor pagados redujo aun más los ingresos de la clase media y aumentó el número de quienes buscaban trabajo en el sector peor pagado de los servicios.

El NAFTA, agrega el estudio, contribuyó a elevar la desigualdad al permitir que los empleadores amenazaran con llevar sus empresas al exterior, como herramienta de presión sobre los trabajadores al negociar los salarios.

El resultado es que el 10% más rico en Estados Unidos se quedó con más de la mitad del pastel. Desde la implementación del NAFTA, ese porcentaje aumentó un 24%. En el tope de la pirámide, el 1% más rico se quedó con más del 20% de la riqueza producida en el país.

En México, “a pesar de las promesas de que el NAFTA beneficiaría a los consumidores al garantizarles el acceso a productos importados más baratos, el costo de los artículos de consumo básico aumentaron siete veces comparados con el nivel anterior al NAFTA, mientras el salario mínimo aumentó solo cuatro veces”.

Como resultado, “el salario mínimo en México alcanza para comprar un 38% menos de productos que antes de la entrada en vigencia del NAFTA”. Creció el trabajo informal y el empleo temporal mal pagado.

El 20% más rico de la población se quedó con más del 50% de los ingresos, mientras el 20% más pobre se tuvo que contentar con menos del 5%.

 

Más violencia e inmigración

 

Las consecuencias de este proceso no podrían ser otras que una creciente inmigración y violencia. La promesa del presidente Salinas de Gortari, de que México exportaría tomates a Estados Unidos en vez de mexicanos, quedó desnuda. “El número de inmigrantes indocumentados (principalmente mexicanos) en Estados Unidos aumentó 144% desde que el NAFTA entró en vigencia, subió de 4.8 millones en 1993 a 11.7 millones en el 2012”.

El año pasado, según datos del Banco de México, las remesas familiares provenientes del exterior sumaron $22.446 millones, cifra ligeramente inferior a la del 2011, cuando alcanzaron los $22.803 millones.

El abogado Marcos Marín, catedrático universitario en México y colaborador de la revista DATAMEX −de la Fundación Ortega y Gasset−, se preguntaba si el NAFTA es un “esquema agotado”.

Dos décadas parecen adecuadas para mirar al NAFTA sin estereotipos; “… la realidad se ha encargado de poner en el terreno del embuste a quienes en México lo vendieron como lo que aún no acaba de ser: un instrumento que pusiera bienes y oportunidades al alcance de todos y garantizara de forma equitativa el crecimiento de todos sus firmantes. Pasaron 20 años. ¿Cuántos más necesitaremos?”, se preguntó Marín en un artículo para la revista indicada arriba.

En el mismo tono escribió Alejandro Díaz Bautista, en Marco Trade News. Aunque valoró el crecimiento de las exportaciones mexicanas en estos 20 años, estimó que “la entrada en vigor del TLCAN —NAFTA, por sus siglas en inglés— hace dos décadas fue la plataforma para convertir a la economía de México en la decimosexta potencia exportadora del mundo, pero no ayudó a abatir la pobreza que se vive actualmente en el país”.

Por otra parte, Robert A. Blecker y Gerardo Esquivel escribieron en su libro Mexico and the United States: The Politics of Partnership:

“Cuando México, Estados Unidos y Canadá se reunieron para conformar el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica, en 1994, muchos observadores esperaban que esto condujera a una época de mayor integración continental, que podría impulsar el crecimiento de la economía mexicana y conducirla a una convergencia con sus ricos vecinos del norte. En ese momento pocos hubiesen imaginado que, solo dos décadas después, China habría desplazado tanto a Canadá como a México como el mayor exportador de bienes al mercado de Estados Unidos, o que la economía mexicana podría haber crecido tan débilmente en esos años, que nunca convergería a los niveles de ingresos per cápita o salarios reales de Estados Unidos o Canadá”.

No importa, ¡la estafa estaba consumada!

 

 

 

TLC con Estados Unidos:

De BMW y Mercedes al “Memorando del miedo”

 

¿Serán los resultados del NAFTA el espejo donde tendremos que mirarnos dentro de 15 años, cuando se cumplan también los 20 de vigencia del CAFTA?

Nos prometieron empleos de calidad, bienestar para la mayoría y crecimiento económico. El Presidente de la República sugirió que íbamos a cambiar nuestros carros por BMW y Mercedes.

La campaña a favor del TLC dio pie a uno de los documentos más infames de la política en el país. El “Memorando del miedo”, publicado por este Semanario, dejó en evidencia la estrategia de sembrar el miedo entre los costarricenses, la misma que vuelve a resurgir en la actual campaña electoral.

Si, bien, el balance es todavía preliminar, se puede ya intentar un balance de la situación del país a cinco años de vigencia del TLC y señalar algunas tendencias.

Para eso acudiremos a algunas citas del informe sobre el “Estado de la Nación”, divulgado este año. Visto en su conjunto, fue un período gris, similar a los últimos años.

El 2012 no se apartó de las tendencias que han predominado en Costa Rica en el siglo XXI: mejoras inerciales en las condiciones de vida para el promedio de la población, resultados redistributivos negativos en ingresos y empleo, así como serios problemas en la gestión de la equidad social y en el mercado laboral, debido al incumplimiento de garantías laborales y del pago del salario mínimo de ley.

Costa Rica es un país modernizado a partir del impulso exportador, un crecimiento económico moderado y una reciente −aunque vulnerable− estabilidad monetaria. Es también una sociedad a la que cada vez le resulta más difícil generar oportunidades de empleo decente para vastos segmentos de su población, en la que se observa una ampliación de las brechas sociales, el debilitamiento de la gestión ambiental y el deterioro de la gestión política.

Un 38,8% de los asalariados costarricenses goza de todas las garantías laborales. Lejos de las mejoras prometidas, el mercado de trabajo se ha convertido en una fuente de presiones a favor de la desigualdad y el estancamiento de la pobreza.

Cerca de 280.000 hogares están en condiciones de pobreza, un 20,6% del total de hogares del país.

En el 2012, el valor del coeficiente de Gini —que mide la desigualdad de ingresos— fue de 0,518 (la segunda cifra más alta del período 1987-2012, sólo superada por el 0,519 de 2001), una de las más altas de América Latina.

La desigualdad se ha reducido en la región en este período. Sin embargo, Costa Rica camina en sentido inverso. En el período 2001-2011 fue el único país cuyo coeficiente de Gini aumentó.

No es cualquier política económica la que genera capacidades, igualdad de oportunidades y bienestar para toda la población; hasta ahora esa política ha premiado a ciertos sectores, lo que propicia la desigualdad.

 

Resultados comerciales

 

El TLC prometía transformar el comercio exterior en la estrategia de crecimiento de Costa Rica y de bienestar para sus habitantes. Una revisión de los resultados de la balanza comercial muestra los resultados reales.

Si analizamos los resultados de la balanza comercial, los cinco años antes del TLC (2004 y 2008) y los cinco años posteriores (2009-2013), vemos que las importaciones de Norteamérica pasaron de cerca de $4,3 mil millones en el 2004 a $10,1 mil millones en el 2012 (no hay datos aún para 2013); o sea, un aumento de casi $6.000 millones que representa un 135%.

En cambio, las exportaciones que el TLC pretendía promover pasaron de $3,1 mil millones en el 2004 a $4,8 mil millones en el 2012. Un aumento de $1,7 mil millones, es decir un 54%.

 

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