Gustavo Moncayo: “Se llenan la boca hablando de seguridad democrática”

Su figura es popular. Militares, policías, la gente común, en las calles, en el aeropuerto, todos quieren una foto con él, una firma. Gustavo

“En Colombia se llenan la boca hablando de seguridad democrática. ¿Qué es eso, cuando llegan los paramilitares a sacar a los campesinos de sus tierras? ¡No sabemos qué es la seguridad democrática. Si seguimos enfrascados en hacer la paz con la guerra no vamos a lograr absolutamente nada!”

Su figura es popular. Militares, policías, la gente común, en las calles, en el aeropuerto, todos quieren una foto con él, una firma. Gustavo Moncayo, el caminante que recorrió el país con unas cadenas que simbolizaban la prisión de su hijo, parece hoy un hombre feliz. Quizás nada lo emocione más que esas palabras, dichas cada mañana: “¡Hola papá, la bendición!”

“Es como si Pablo Emilio estuviera viviendo en la época en que tenía 19 años, cuando lo secuestraron. Cuando llegó, vistió la ropa que dejó hace 12 años”, afirmó, recordando ese 31 de marzo cuando su hijo, que estuvo 12 años en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fue puesto en libertad.
La liberación de Pablo Emilio fue resultado de los esfuerzos de la senadora Piedad Córdoba, quien no cesa en su campaña en favor de una solución negociada al conflicto y de una salida humanitaria que permita un intercambio de prisioneros entre la guerrilla y el gobierno.
Pablo Emilio está haciendo algunas gestiones relacionadas con los compañeros presos, como Luis Alberto Erazo, un sargento que está en manos de la guerrilla desde hace unos diez años.
“Cuando las FARC deciden liberarlo, Erazo le pidió visitar a su familia, a su madre, y a unas hijas de él. Pablo Emilio ha ido a Pasto, para hablar con los papás y las hijas del sargento.
Pablo Emilio tiene hoy 31 años. Durante el cautiverio estuvo siete meses encadenado, a punto de perder su pierna derecha.
Los recuerdos van asomando y con ellos, una cierta tristeza parece asomar también, no solo por el tiempo transcurrido con su hijo en cautiverio, sino también por las dificultades para integrarse a ese mundo nuevo que dejó hace doce años, cuando no había aún teléfonos celulares.
“A él le llaman mucho la atención los avances tecnológicos: las cámaras, los celulares. También el afecto de los niños. Volvernos a reencontrar ha sido muy difícil.
 “Todos pensábamos que él iba a dejar el ejército. Hizo exámenes médicos, recibió los salarios que le adeudaban, y está acogido a un régimen en el que podría pensionarse dentro de seis años. Este año recibiría un subsidio de vivienda. Si renuncia, perdería todo eso”, dijo el padre. Por eso ha decidido seguir en la vida militar.

LA CARTA

“Él no se ha sentado a contarnos su historia. De repente se refiere a alguna situación, como cuando le contó a los médicos cómo le pusieron un grillete en la pierna tan apretado que se le estaba secando. “Cuando habla con una hermana, llora copiosamente, por todas las humillaciones que sufrió. Está muy pendiente de todo lo que nos pasa”.
Gustavo Moncayo recuerda que, en durante el cautiverio de su hijo, nunca habló con él. La primera carta la recibió el 24 de marzo del 98, tres meses después de la captura.
La carta decía:
“Carta para Mariestela Cabrera de Moncayo, fechada en las selvas de Colombia, el 4 de marzo del 98.
Querida mamá, quiero que mi saludo lo haga extensivo a todas las personas que se encuentran a su alrededor. Y que al recibo de la presente, la felicidad los atropelle.
Les comento que he pasado más aventuras que Indiana Jones y si yo sacara una película de lo vivido él se quedaría en pañales. Hemos cruzado ríos tres veces de mi estatura. He comido toda clase de carnes: lapa, guagua, borugo.  En fin, me he pegado una engordada, pero ni la del Chiras…”
 (Él nunca nos hace sufrir, quería que nos sintiéramos bien, recuerda el padre).
Sigue: “Les comento que leo revistas de la National Geographic, juego ajedrez, volibol, he aprendido a hacer hamacas y quedan rebuenas” (nos envió una, dice el padre).
Nos pregunta: “¿Cómo están por allá? Y ofrece tres respuestas: bien, más o menos bien, mal. Si están bien, los felicito, que sigan así, adelante, con optimismo. Si la respuesta es más o menos bien, pues yo no los culpo, pero como dice la película: ni retroceder, ni rendirse. Si la respuesta es mal, no sé en qué están pensando, hay que hacer las cosas bien para no tener que arrepentirnos.
Por otro lado, quiero que cuiden bien mi CD de Iron Maiden, es un remedio que no lo pueden tocar los niños, Nori, Carol, Yuri, Maristela, Ricardo.
Por otro lado, se preguntarán por qué no preguntó por las nenas. Eso es normal. Si una me deja, llegarán muchas más. Como dice la ley del Señor, son siete. Además, este triple papito no se ha varado, ni se varará nunca por falta de nenas. ¡Amén!”
(Sigue recitando la carta)
“Les comento que he visto toda clase de animales (los cita utilizando un lenguaje que usamos en la casa): ligres, lipopótamos, locodrilos.
La bebida más alcohólica que he probado es una cola y pola (una cola y una cerveza).
Quiero despedirme de los ausentes con un fuerte abrazo (y nombra a toda la familia, perros, gatos, pero no me nombra a mí, dice el padre). En fin, si queda algo por recordar, recuérdeme al llegar a casa.”
Y concluye: “Desde la aurora hasta el ocaso, en el auge de ese día un beso. (Nota: la pasé bien el día de mi cumpleaños… bien triste, pero no la hacen). Pablo Emilio nació un 26 de febrero.”
“Para mí”, recuerda Gustavo Moncayo, “fue emocionante”. “Llamamos a la emisora que recibió la carta, teníamos miedo de que no fuera cierto”, agrega, sentado hoy aquí, atrapado por una vorágine que terminó por llevarlo por Colombia y por el mundo, hasta ese encuentro que todavía no ha terminado.

 

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