¿Nunca más el fascismo?

Cuando las tropas de los aliados en la Segunda Guerra Mundial pudieron palpar el horror del genocidio nazi, el mundo clamó al unísono que

Cuando las tropas de los aliados en la Segunda Guerra Mundial pudieron palpar el horror del genocidio nazi, el mundo clamó al unísono que nunca más ocurriría algo semejante; no obstante, 57 años después, esta decisión no es tan clara.

Judíos en el campo de concentración de Auschwitz.

Primero fue en Austria, donde la temida ultraderecha abandonó las calles y la parafernalia neonazi para incorporarse a un gobierno de coalición dirigido por demócratas cristianos; posteriormente fue en Francia, donde el extremista Jean Marie Le Pen alcanzó el segundo lugar en la primera ronda de las elecciones presidenciales; y, ahora, es Holanda, donde un partido que sostiene postulados conservadores y xenófobos pasó a formar parte del ejecutivo tras el asesinato de uno de sus principales líderes, Pim Fortuyn, perpetrado por un anarquista.

En momentos en que se plantea la ampliación de la Unión Europea hacia el este, el fantasma de lo que los analistas denominan la «anti-Europa», sustentada en el fascismo y la xenofobia, ha aparecido de nuevo en el continente.

En pocos años, estos grupos racistas y nacionalistas han pasado de ser bandas de revoltosos «cabezas rapadas» que exhibían esvásticas y cadenas, a convertirse en opciones políticas con un creciente caudal electoral.

La Europa que pretende construirse sobre los cimientos de la libertad, la democracia, el mercado libre y los derechos humanos, se tambalea ante aquellos que atesoran un modelo que otros, como Hitler, intentaron antes instaurar por la fuerza.

Es el «fin de la historia», pregonado por aquellos que observaron en el derrumbe socialista, de finales de los años 80, la victoria final del capitalismo y el libre flujo de mercancías y servicios.


El problema para estos defensores a ultranza del modelo neoliberal, es que no contaban con que el colapso del mundo bipolar conduciría a estadios ya superados en el desarrollo de las ideologías políticas; en otras palabras, al resurgimiento del fascismo.

La paradoja no deja de asombrar a quienes aún conservan memoria de lo que significó el extremismo nazi para Europa.  Hace pocos días, la Televisión Española emitía un reportaje sobre el surgimiento de grupos xenófobos en Rusia.

Ver a un ruso dibujando con un rociador de pintura una esvástica, es negar la memoria histórica de un pueblo y un insulto para las 20 millones de víctimas rusas que provocó la ambición expansionista de Adolf Hitler.

Ante la reiteración mediática de que el capitalismo ya no tiene oposición y de que no hay más opciones, los que han quedado al margen del desarrollo y la riqueza, han vuelto sus ojos hacia quienes acusan a los extranjeros inmigrantes por todos los males provocados por el modelo económico y exacerban un ficticio orgullo nacionalista, opuesto a la integración europea.


AVANCE CONTINUO


Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los grupos ultraderechistas quedaron reducidos a pequeños grupos de nostálgicos que añoraban los días en que Hitler y Mussolini ponían de rodillas al resto de Europa.

Sin embargo, la caída del socialismo y una serie de retos sociales, como el aumento de la inmigración, hicieron que, poco a poco, estos incipientes grupos políticos ganaron adeptos.

Su discurso se adaptó a las nuevas circunstancias y, dejando de lado el antisemitismo puro y la simbología nazi, se lanzaron a la captura de votos según tres postulados básicos: poner freno a la inmigración, rescatar los valores nacionales y acabar con el proceso de integración política y comercial de Europa.

El énfasis en el carácter financiero de la construcción de la Unión Europea, dejó de lado a la justicia social y creó amplios estratos en donde el descontento se hizo patente.

Los avances de la Liga Norte en Italia, — que pretende separar el país en dos, un norte rico y un sur pobre –, fue uno de los primeros síntomas de este resurgimiento fascista.

La segunda escala del populismo racista fue Austria.  En medio de un clima generalizado de críticas, el Partido Demócrata Cristiano integró al Partido Liberal (FPÖ, por sus siglas en alemán) de Jörg Haider en la coalición de gobierno.

El rechazo inicial de la derecha moderada europea, dio paso a un silencio cómplice, el cual ha permitido a Haider ganar espacios en el escenario político.

Alemania, aún temerosa de revivir la pesadilla nazi, promulgó una serie de leyes para evitar que el fenómeno Haider traspasara sus fronteras.  Sin embargo, los ataques contra inmigrantes se han vuelto algo común y los grupos neo nazis buscan grietas en el sistema jurídico que les permitan acudir a las urnas.

El caso más grave, hasta ahora, en el avance neo fascista en Europa occidental, ocurrió en Francia durante la primera ronda de los recientes comicios presidenciales.

Jean Marie Le Pen, un extremista de discurso populista que se opone a la inmigración, a la integración europea y a la moneda única: el euro, alcanzó a desbancar a los socialistas de la segunda ronda electoral al convertirse en el segundo candidato más votado.

Finalmente, ante la amenaza ultra, los franceses se decantaron mayoritariamente en la segunda vuelta a favor del candidato de la derecha moderada: Jacques Chirac.

A pesar de la aplastante derrota de Le Pen, algo del discurso contra los inmigrantes y a favor de reforzar la represión policial se coló dentro de los postulados del «guarismo» de centro derecha.

La última parada del ascenso fascista, se evidenció en Holanda.  En las recientes elecciones la derecha moderada pactó con el partido de Pim Fortuyn, un líder ultra, asesinado en mayo.

Fortuyn, que paradójicamente era homosexual, abogaba por detener la creciente inmigración e imponer a la fuerza la cultura holandesa a los extranjeros residentes.

Las propuestas del desaparecido líder, han calado en diversos sectores políticos que han planteado en el parlamento de ese país una serie de leyes para que el derecho de estancia en Holanda sólo lo tengan aquellos migrantes que dominen el idioma y las costumbres del país.


ULTRADERECHA EUROPEA UNIDA


En la austriaca región de Carintia, gobernada por el polémico líder del FPÖ, Jörg Haider, el semanario Zur Zeit, conocido por su línea editorial xenófoba y antisemita, organizó el fin de semana pasado un simposio sobre política europea.

Según el diario español El País, este encuentro fue una asamblea secreta del fascismo europeo que tuvo como objetivo negociar la presentación de una lista conjunta de candidatos para las elecciones al Parlamento Europeo de 2004.

En esta peculiar cita encubierta participaron alrededor de 50 dirigentes del FPÖ, de la Liga Norte italiana, del Frente Nacional de Francia y del Vlaam Blok de Bélgica; así como representantes de otros partidos.

Aunque estas agrupaciones se oponen frontalmente a cualquier esfuerzo de unificación europea, parecen dispuestas a superar sus diferencias con el fin de utilizar el mismo sistema que atacan para alcanzar mayores cuotas de poder.

Un nuevo embrión de la Europa que alumbró a Auschwitz, parece estar gestándose en la campiña austriaca.

Según los historiadores, la historia se repite en ciclos.  Sólo conocer la barbarie del pasado podrá impedir que la esvástica ondee de nuevo sobre Europa.

Para evitar esta catástrofe, el modelo neoliberal deberá asumir que, como lo demuestra la peligrosa situación financiera de las últimas semanas, el capitalismo también se encuentra al borde del colapso, por lo que se hace necesario crear un modelo más justo y equitativo.

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