Sargento Pablo Emilio Moncayo: “La naturaleza fue mi prisión y mi refugio”

Permaneció poco más de 12 años en manos de la guerrilla colombiana. En diciembre de 1997, el sargento Pablo Emilio Moncayo tenía apenas 19

Permaneció poco más de 12 años en manos de la guerrilla colombiana. En diciembre de 1997, el sargento Pablo Emilio Moncayo tenía apenas 19 años cuando fue capturado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Estos atacaron la base de comunicaciones del ejército en el cerro de Patascoy, en el sureño departamento de Nariño. Cuando fue liberado el 30 de marzo del año pasado, tenía 32 años. No había tenido teléfono celular, Internet, ni cámara digital.

Pero volvía a la libertad con otros conocimientos, más mágicos aún que los de la era digital, como el “ver florecer una planta de noche, cuando hay un relámpago. Solo cuando hay un relámpago esa planta florece”, asegura. “La naturaleza –agrega– fue mi prisión y mi refugio”.

Los dolores de la dura vida en la selva parecen haberlos olvidado. O quizás los tiene bien guardados.
Se va a cumplir un año de su liberación. De ese año, vivió tres meses en Italia, donde fue a hacer un  curso de resolución de conflictos que lo puso en contacto con gente de todo el mundo. Hoy rehace su vida, tiene novia, ocupa un puesto administrativo en el ejército, estudia idiomas y piensa en el futuro.

Ha contado muy poco de su historia a la prensa, pero algo de esa historia la compartió con UNIVERSIDAD.

ENGAÑADOS

Pablo Emilio Moncayo asegura que, en la selva, ellos “vivían engañados”.
“Existen unos programas de radio para que los familiares se comuniquen con los secuestrados. Pero la mayoría de los familiares no nos dicen la verdad”.

Eran cinco sus compañeros de cautiverio: el coronel Duarte Valero, el mayor Elkin Hernández Rivas, el sargento Luis Alberto Erazo Maya y el intendente Álvaro Moreno– todos de la policía. Y el sargento primero José Libio Martínez, del ejército.

José Libio lleva 13 años secuestrado, cuenta Moncayo. “Aproximadamente nueve años duramos juntos. José Libio tenía su esposa. Él consiguió una mujer, una indiecita, con la que tuvo una hija. Cuando fue secuestrado, la niña tenía entre tres o cuatro añitos. La esposa después se consiguió otro hombre, con el que tiene un niño de once años, y eso no se lo cuentan. ¿Por qué? Porque la mamá se consiguió un paramilitar y se está gastando todo el dinero del sargento y cuando la abuela le reclama que le den el dinero, la mujer le manda el paramilitar para que le de una paliza”.

Moncayo recuerda que en diciembre del 2009 el hermano de José Libio vendió un ganado y en el trayecto de regreso a casa lo matan para robarle y eso “no se lo cuentan. Él, muy emocionado, en sus cartas menciona al hermano que ya está muerto”.
El papá de José Libio, un campesino, estuvo enfermo de un cáncer terminal. Él no lo sabía y el papá terminó muriendo, sin poder verlo, lamenta.

“En el caso mío, a lo largo de diez años estuve enviando mensajes, saludando a mis familiares, entre ellos a un primo que –me vengo a enterar diez años después– ya estaba muerto”.

“Uno no espera que la gente, de pronto, muera, cambie de residencia, padezca enfermedades, pero sucede”, afirma Moncayo, quien recuerda también que la hija del coronel Duarte vive en Francia, con su mamá. “Debe estar por cumplir 15 años. Escuchar decirle ‘Papito, te amo’, o ‘Estoy aprendiendo a tocar guitarra’, como lo escuchábamos por la radio, causaba una gran alegría”.

“Aunque el mensaje sea triste, uno queda lleno de alegría cuando oye a sus familiares. Es muy gratificante escuchar a una persona que lo llama, que lo menciona, que lo saluda, que nos dice que nos tiene en mente”.
Distinto es con las madres. “La mamá, por lo general, llama y llora. Es conmovedor escuchar que el ser más querido de uno está padeciendo”.

AL BORDE DE LA LOCURA

En el 2001 fueron liberados 16 soldados, que eran sus compañeros en Patascoy. “Ellos estuvieron tres años secuestrados. De esos 16, uno murió en un hecho confuso, estando libre, de un disparo en la cabeza. Todos esos muchachos tienen en particular que son campesinos muy pobres, de Nariño.  Con la excepción de dos o tres, que tienen un nivel intermedio de secundaria, el resto tiene, si acaso, primaria. Saben, escasamente, leer o escribir”, cuenta Moncayo.

“Cuando son liberados, prestan lo que les hace falta del servicio militar y luego son licenciados sin contraprestación por parte del Estado. Hasta tal punto que algunos enfrentan la mendicidad, y están al borde de la locura.
“Otros se han visto obligados a demandar al Estado para obtener algo de beneficio, porque han estado internados en hospitales psiquiátricos. Hay algunos que, en la actualidad, enfrentan graves problemas mentales, de socialización, porque no se les dio un tratamiento adecuado”, agrega.

Moncayo afirma que pretende crear una institución que ayude a todas estas personas. “No solo a estos soldados, sino a todos los que no ha recibido una atención adecuada”.

LIBERACIONES

Pero si la mayor parte de sus compañeros han sido liberados, hay todavía 17 militares en manos de las FARC.
Para Moncayo, las liberaciones son un camino, la solución más práctica. “Lo más humano que puede suceder dentro del conflicto son las liberaciones, ya sean negociadas o unilaterales. Es lo mejor para acabar con el sufrimiento de esas familias y abrir un camino hacia la paz”, asegura.

Puede presentarse una solución militar, pero sería muy sangrienta. Si lo vemos en cuanto al costo en vidas humanas, que es lo que más importa, sería altísimo. El conflicto colombiano no es de ayer. Algunos dicen que tiene 40 o 50 años pero, en realidad, llevamos casi 200 años de conflicto”.

En su opinión, las consecuencias del conflicto se pueden ver en todo el país. Es esa gente que en Bogotá, “trata de sobrevivir haciendo malabares en las esquinas, vendiendo cualquier cosa en medio del tráfico. Eso es una muestra clara de cómo afecta el conflicto. Muchos tienen que recurrir a ese método para sobrevivir.

Vienen de zonas donde el orden público es crítico, donde los distintos grupos armados los amenazan para que salgan. La gente que no pertenece a ninguno de los bandos armados corre mucho riesgo, mucho peligro. Son los principales afectados porque, de todas formas, un soldado, un guerrillero, un paramilitar, están preparados para la guerra. Un civil no”.

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